Música en la Mitología

El término música proviene de la palabra griega mousike, vocablo originalmente utilizado para designar toda disciplina artística en general, y encuentra su raíz en las nueve musas, protectoras de las ciencias y de las artes.

Las Musas son hijas de Zeus, dios supremo del Olimpo, y Mnemosyne, diosa de la memoria y fuente de inmortalidad, cuyo conocimiento de las raíces y las verdades eternas constituye  el origen de las virtudes de sus nueve hijas.

Hesíodo, poeta griego del SVII a.c. escribió:

“Nueve noches se unió con ella el prudente Zeus subiendo a su lecho sagrado, lejos de los inmortales. Y cuando ya era el momento y dieron vuelta las estaciones, con el paso de los meses, se cumplieron muchos días, nueve jóvenes de iguales pensamientos interesadas sólo por el canto y con un corazón exento de dolores en su pecho dio a luz aquella, cerca de la más alta cumbre del nevado olimpo.

De su unión nacieron Calíope, musa de la poesía épica y de la elocuencia; Clío, musa de la historia y de la poesía histórica; Talía, musa de la comedia y de la poesía pastoral; Melpómene, musa del teatro trágico; Terpsícore, musa de la danza y de los coros dramáticos; Erato, musa de la poesía amorosa y erótica; Polimnia, musa de los himnos sagrados a los dioses; Urania, protectora de los astrónomos y astrólogos; y Euterpe, musa de la poesía lírica y de la música.

“Originalmente no había más que tres musas, Melete, Mneme, Aoede: meditación, memoria y canto. Puede usted sacar mucho partido de ese pequeño hecho si lo utiliza adecuadamente”.

Euterpe

Carta de Tarot, SXV

 Tales son las palabras de Edgar Allan Poe en su cuento “Cómo escribir un artículo de Blackwood”. 

En efecto, las musas no fueron siempre nueve.  En Sicyonia se veneraba a tres musas, de las que sólo se conoce el nombre de una: Polimatheia.  En Delfos se veneraba a tres: Nete, Mese e Hypate. En algún momento se reconoció a cuatro y algunos consideraban que Pierus era padre de siete.  Con el tiempo terminaron por imponerse las nueve hijas de Zeus.

Estas nueve divinidades inferiores guardan una importante relación con la música y son protagonistas de diversos mitos relacionados con ella. Pero no sólo las musas están abocadas a este arte, o relacionadas de algún modo con él.

Cuando se habla de arte griego no se suele hablar de música.  Sin embargo es a Pitágoras a quien debemos el descubrimiento de las relaciones numéricas que regulan la música y de la escala diatónica, escala integrada por las siete notas naturales en la que no se consideran los semitonos.

La música tenía una gran importancia en Grecia, por considerársela de origen divino.  Estaba en un principio íntimamente ligada con la mitología y dotada, según la creencia, de cualidades mágicas.  Era fundamental en las ceremonias religiosas y en festividades tales como las dedicadas a Dionisio. La música griega era monofónica y consistía en la repetición sistemática de una misma estrofa, en la que el ritmo era más importante que la melodía. 

Los instrumentos de mayor protagonismo eran la flauta doble (o aulos), la lira, la siringa y la cítara.  Hay una leyenda que explica el surgimiento de cada uno de ellos, si bien muchos tienen influencias de otras culturas, como la egipcia y la mesopotámica.  Según el mito, Afrodita  descubrió la flauta doble, si bien otras versiones atribuyen su invención a Euterpe; Hermes creó la lira y Orfeo inventó la cítara.

Por otro lado, el género épico en Grecia era musical.  Los poemas épicos, si bien se ha perdido la música, eran cantados por aedos y rapsodas, recitadores que anteceden a los juglares medievales. En su Ciencia Nueva, Vico incluso argumenta que Homero no existió como persona y que los poemas de sus dos grandes obras épicas encuentran su origen en los grupos de rapsodas que vivieron durante la edad heroica griega.  Hoy día se admite la teoría unitaria que reconoce a Homero como autor de La Ilíada y La Odisea.  El hecho de que en los poemas se registren distintas voces griegas se explica por la inclusión de material preexistente en el primer texto y por las modificaciones mínimas realizadas por los cantores —aedos y rapsodas— que debían memorizar los textos para cantarlos en público.

Asimismo, vale destacar a la tragedia, en la que el coro tiene un protagonismo esencial, como ejemplo del papel de la música en el arte griego. 

Mosaico de Dionisio - Detalle

Museo Romano-germánico, Colonia

La tragedia nace de las celebraciones religiosas en honor a Dionisio.  Si bien es considerada una rama de la literatura, algunos la ven más cerca de la música.  Tal es el caso de Nietzsche, que en El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música concibe la tragedia griega como el comienzo de un camino que nos conduce hasta la ópera de Wagner.

Nietzsche hace referencia al desarrollo de este arte como consecuencia de la coexistencia de lo apolíneo y lo dionisíaco.  Destaca la antítesis entre el arte del escultor, apolíneo, y el arte no-escultórico de la música, dionisíaco. Los concibe como dos instintos paralelos y en abierta discordancia que “finalmente, por un milagroso acto metafísico de la <voluntad> helénica, se muestran apareados entre sí; y en ese apareamiento acaban engendrando la obra de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia ática”.

Lo cierto es que tanto Dionisio como Apolo tienen relación directa con la música, desde lugares distintos.  Apolo mismo es, de hecho, protagonista de un duelo de destreza musical con Marsias, joven músico que —en un acto de vanidad— tuvo la osadía de proclamarse más virtuoso.  Las nueve musas actuaron como jurado. 

Los contrincantes pactaron que quien resultara vencedor podría disponer de la vida del derrotado.  Y Apolo se aseguró de cumplir lo pactado: degolló a Marsias y colgó su piel de un árbol para que  sirviera de ejemplo.  Cuentan que tanto se lloró la muerte del pobre Marsias, que las lágrimas derramadas por faunos, sátiros y dríades formaron un río en Frigia que tomó su nombre.

Pero aún se puede hacer referencia a otros personajes mitológicos con aptitudes musicales, tales como el dios Pan, sátiro a quien se atribuye la invención de la siringa, y las sirenas —criaturas aladas que en su origen nada tenían que ver con los peces—, quienes utilizaban sus virtudes musicales para encantar a los marinos y hacerlos perder el sentido.

Apolo y Marsias

“Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro.  Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeños rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar, sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo”.

Homero, La Odisea.

Obra de Gustave Moreau, Musée d´Orsay

Algunos de estos seres han servido de inspiración a escritores, pintores y músicos.  Tal es el caso de Orfeo, héroe griego que, haciendo uso de su voz y su lira para encantar a Caronte, a Carcerbero y a Perséfona —diosa del reino de los muertos y de las sombras— ingresó al Hades para intentar recuperar a Euridice, su esposa.

El mito de Orfeo, uno de los más hermosos, no sólo ha inspirado obras pictóricas sino que fue tomado como argumento por músicos tales como Gluck en su “Orfeo y Euridice” y Claudio Monteverdi en su famosa “Orfeo”, considerada una de las primeras obras en la historia de la ópera.

 

 

 

No retes a las Musas

 

Las Piérides

 

“La Musa decía: unas plumas sonaron por las auras

y la voz de los que saludan llegaba de las ramas altas.

Levanta la mirada y busca de dónde unas lenguas que tan claro

hablan suenen, y un humano cree la hija de Júpiter que ha hablado.

Un ave era, y en número de nueve, de sus hados quejándose,

se habían establecido sobre las ramas, imitándolo todo, unas picazas.”

Ovidio,  Las Metamorfosis, “Las Piérides I”

Las piérides convertidas en urracas, 1676

 

Cuenta Ovidio, en su Libro 5 de las Metamorfosis, que las Piérides eran nueve doncellas muy hábiles en el arte del canto. Estaban tan orgullosas de esa virtud, que decidieron viajar hasta el Helicón y retar a las Musas a una competencia de poesía. Ellas aceptaron el desafío y las Ninfas sirvieron de jurado.

Como era de esperarse, las Piérides fueron derrotadas.  Finalizados sus doctos cantos, la musa mayor habló:

“Puesto que”, dijo, “por el certamen a vosotras

una humillación haber merecido poco es, y maldiciones a vuestra culpa

añadís, y no es la paciencia libre para nosotras,

pasaremos a los castigos y adonde la ira nos llama iremos.”

Ovidio,  Las Metamorfosis, “Las Piérides II”

Y como castigo a su arrogancia... las convirtieron en urracas.

 

 

Tamiris

 

Tamiris, hijo del músico Filamón y de la ninfa Agíope,  también intentó rivalizar con las musas.  Pidió, en el caso de vencerlas, unirse sucesivamente con las nueve. 

No tuvo mejor fortuna que las Piérides.

"...las Musas, saliéndole al camino a Tamiris el tracio, le privaron del canto cuando volvía de la casa de Eurito el ecaleo; pues jactose de que saldría vencedor, aunque cantaran las propias Musas, hijas de Zeus, que lleva la égida, y ellas irritadas le cegaron, le privaron del divino canto y le hicieron olvidar el arte de pulsar la cítara..."

Homero, La Ilíada

 

Igual suerte ha de correr todo aquel que se atreva a desafiar a estas nueve deidades. Supongo que lo mejor será contentarse con admirarlas y recibir de buen grado sus excepcionales toques de inspiración.

 

marianaalonso@revistaaxolotl.com.ar

 

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