Las vueltas
En unos días vuelvo a La Habana.
Esa futura vuelta me recordó el patio de varones de mi escuela —porque mi escuela primaria se dividía por género en dos patios—, el patio como una plaza seca majestuosa, de paredes altas, las galerías de aulas rodeándolo por abajo y por arriba, el nido del hornero que se veía en lo alto del techo de la casa del vecino, la campana, las escaleras, las chicas más allá en el otro patio de la palmera, el director alto, flaco y viejo, las maestras conversando entre ellas y vigilándonos. El patio como el lugar donde pasan todas las cosas juntas, las importantes.
Sin embargo, entré a la escuela muchos años después, pasaba por la puerta y decidí entrar, y el patio era un patiecito, no pasaba nada, era un silencio de biblioteca, no era el bullicio de un patio de recreo. Caminarlo fue como caminar por una ensoñación, el recuerdo majestuoso se fusionaba con cada paso que dí de nuevo sobre esos baldosones, donde ahora era todo tan distinto, tan diminuto. Con dos zancadas pude cruzar el patio en diagonal, tocar la campana sin que nadie la escuchara, mirar el nido del hornero que todavía estaba ahí. El nido del hornero como señal inequívoca de que pese a todo, pese a las diferencias de tamaño y de contextos, ese patiecito era el mismo gran patio de la infancia.
Con Claromecó no fue igual, en un principio.
Claromecó, ese balneario remoto pero bonaerense al que volví tantas veces, mantuvo siempre ese aire extraño, la soledad triste de la siesta, el viento que nunca se muere en esos recovecos de la costa. Claromecó mantuvo también la arena remoloneando en las calles vacías, conservó las dunas a lo lejos, el faro y el follaje debajo del faro. Conservó como un museo la costanera amplia, la zona de bares, el bosque. En cada una de mis vueltas a Claromecó todo parecía igual, era lo mismo que había sido años atrás. Pero una vez volví a ese bosque que de afuera era el de siempre, los bosques desde afuera son todos así, volví a caminarlo y a recorrerlo en bicicleta, un paseo de tardecita, y de pronto el suelo se volvió gris. Eran cenizas de un incendio que había convertido ese sector del bosque en un paisaje distópico. Era una postal lunar, los árboles negros, quebrados, desparramados, como si hubieran caído muchas bombas, un ataque sin sentido. Un sinsentido era ese bosque la última vez, tan gris, que lo recorrí.
Y así pensé en las vueltas, en que todo parecía lo mismo que antes pero ese suelo de cenizas, esas cenizas moviéndose entre los árboles secos y danzando (porque las cenizas danzan con el viento), me marcaban la diferencia. No era lo mismo; en mi vuelta, algo en Claromecó había cambiado.
Entonces, vuelvo a La Habana. Vuelo en unos días, pisaré suelo cubano y volveré a caminar el malecón, la Habana Vieja, el Vedado, la Plaza de la Revolución, el barrio de Miramar. Voy a experimentar otra vez ese sentimiento raro, eso de ir soñando mientras se camina y que los ruidos lleguen de lejos, las bocinas de los autos del cincuenta, los gritos de los vendedores, el son que suena siempre, las partidas de ajedrez de las plazas, el movimiento de las piezas, las discusiones sobre baseball y el aleteo de todas las gaviotas juntas por encima del mar.
La vuelta a La Habana, como todas las vueltas, pasará a formar parte de un sueño. Uno más, entre tantas vueltas.
© Martín Di Lisio
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