Manchuria, la seda y el fin del mundo

 

Rusos, japoneses, coreanos, tunguses, chinos, manchúes.

Guerras, conquistas, reconquistas, alteraciones de sus fronteras.

Tribus nómades, reinos, imperios, dinastías.

Manchuria parece ser uno de esos lugares del mundo donde la mayoría de las cosas ya pasaron. Por eso tal vez es que ahora imagino una Manchuria tranquila con puro pasado pero de presente suave, la utilizo como ese lugar lejos, el de la escapatoria, uso ese territorio en los momentos en los que uno no quiere estar donde le tocó estar parado: me gustaría estar en el medio de Manchuria en este mismo instante.  Allá.

Hervé Joncour, el protagonista de Seda —la novela de Alessandro Baricco—  vivía en Lavilledieu, un pequeño poblado francés. Por negocios debió irse de viaje al Japón a mediados del siglo XIX, fue en busca de gusanos de seda sanos, y los quiso encontrar en un Japón casi inexpugnable hasta ese momento. Un Japón cien por ciento misterioso que él debía abordar mediante barcos de contrabandistas.   

A poco de partir, Hervé habló con su tutor de negocios, Baldabiou:

—¿Y dónde quedaría, exactamente, ese Japón?

—Siempre recto. Hasta el fin del mundo

Y yo me pregunto ahora: ¿Dónde queda el fin del mundo? Hay un faro en nuestro sur, el faro del fin del mundo, que indicaría que allí es nomás el lugar, pero imagino que cada cual debe tener el suyo, su fin del mundo propio.

Hervé mismo, que cada vez que viajaba a Japón tardaba meses, tenía su fin del mundo en Japón. El mío está en Manchuria, no tengo ninguna duda (aunque también, lo debo reconocer, me tienta Siberia).

Los que habitamos esta especie de Occidente del planeta (y digo así porque al Occidente se le atribuyen cosas que no son: se mezcla y en definitiva la mezcla es lo que mata) tenemos nuestro fin del mundo por aquellos lados: el Oriente. En nuestros fines del mundo hay chinos, rusos o japoneses, hay nieve o desiertos o Himalayas, hay subtitulado obligatorio, hay ojos rasgados o sombreros de piel para el frío, hay vodka o té perfumado, hay mujeres en kimono que no hablan, hay aldeas de casitas circulares sin energía eléctrica ni televisión, hay otro alfabeto.

Me siento a mirar los mapas del planeta. Si combino avión hasta Moscú, tal vez una foto en la plaza Roja, el Kremlin detrás, el mausoleo de Lenin, porque sí, Lenin porque sí. Y después, para no quedarme con las ganas, abordar el Transiberiano (9288km de vías) y hacer una escala técnica en el medio de la nada. En Tarskaya subirme al Transmanchuriano porque los ramales se juntan, viajar hacia el sudeste, hacia China, hacia Manchuria.  ¿Cuántos miles de kilómetros tengo que recorrer para atravesar Asia?

Y el ferrocarril atraviesa Manchuria, ¿me bajo en Harbin o sigo a Pekín? Si me bajo en Harbin —que ya es Manchuria— habré llegado a mi fin del mundo y tardé tantos días que me siento Hervé Joncour en la novela, yendo a Japón hace ciento cincuenta años. Es que los tiempos podrán ser distintos, ahora más cortos,  pero las distancias siempre serán las mismas porque el mundo no se achica.

Miro por la ventanilla y el cartel de la estación de Harbin queda atrás, sonrío sabiendo que al fin del mundo no debe llegarse nunca.

 

© Martín Di Lisio

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

 

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