Las cosas lindas

(Nicaragua, Nicaragüita)

 

“María sueña que el hijo

igual que el tata sea carpintero

pero el cipotillo piensa:

mañana quiero ser guerrillero.”

El Cristo de Palacagüina, Carlos Mejía Godoy

 

 

Dije las cosas lindas, y me puse a pensar qué resultaría al derretir esa frase. O sea, escribo las cosas lindas y entonces imagino que esas tres palabras son tangibles, y desde abajo enciendo un fósforo y las tres palabras empiezan a derretirse. Se derriten como una vela de cumpleaños, y lo que cae, lo que lentamente cae desde esas palabras derretidas, va formando un paisaje, un cuadrito de colores (como esos cuadritos a los que Cortázar les sacó fotos en su cuento Apocalipsis de Solentiname). Y ese cuadrito de color es Nicaragua, y es su historia sandinista, su revolución reciente, y su arte, y su gente, y sus canciones y sus poemas y sus pinturas, y sus misas campesinas. Eso se formó al derretir las cosas lindas.

Y tal vez todo fue una excusa (lo del fósforo y las tres palabras),  porque tengo ganas de escribir sobre Nicaragua y punto. Nicaragua, a la que nunca fui pero dentro de poco. Dentro de poco, mis pies en la patria de Sandino, porque no hay manera de pensar en Nicaragua y no pensar en Sandino, claro que Managua y sus calles sin nombre, Solentiname y su lago, la selva al este y el León colonial y revolucionario a la vez, y los vestigios. Eso es Nicaragua, un vestigio de lo que se puede construir. Un vestigio de lo que tengo ganas, porque las cenizas de la revolución todavía humean, si yo tenía diez años cuando eso terminó. Diez años nomás. Y fue Sergio Ramírez, y fue Cortázar con su violentamente dulce Nicaragua, fue Ernesto Cardenal y los hermanos Mejía Godoy. Ay, los hermanos Mejía Godoy y esas canciones que escucho en tantos de mis días en el microcentro de Buenos Aires. Y los hago porteños a esos hermanos, y hago porteño el calor de Managua, y hago porteño al Cristo de Palacagüina, y a Clodomiro el ñajo y a Quincho Barrilete, y al resto de los personajes de sus canciones.  

Me quedé pensando en eso de las cosas lindas. Digo las cosas lindas y no me refiero sólo a esa cosa linda que es escuchar Jamaica Farewell recostado dentro de una hamaca paraguaya en una playa caribeña, oler el mar, tomar un trago de muchas frutas y muchos colores, y con la mano libre juguetear con la arena blanca escurriéndola entre los dedos. Esa situación es una cosa linda que atraviesa todos los sentidos, porque escuchamos a Harry Belafonte, olemos el mar, tanteamos la arena blanca, tomamos el trago y miramos el horizonte seguramente turquesa  del Caribe.

Por eso aclaro que cuando digo linda, digo otra cosa, otras cosas distintamente lindas a ese estado calypso momentáneo.  

Hay bellezas que duran más, que duran por ejemplo una década o varias. Ay, Nicaragua que te imagino violentamente linda, aunque haya habido fusiles y disparos, y muertes y gritos. Violentamente linda para mí y para muchos, y es esa unión de violencia y belleza la que prevaleció en los sueños latinoamericanos de todos los tiempos. Violencia y belleza.

No sé si fue Rodolfo Walsh quien dijo de La Habana, una vez establecida la Revolución, que era una ciudad para caminar con una flor entre los labios. Y así es la León nicaragüense, dicen.  Que León es caminar entre paredes revolucionarias, entre consignas y aires de esos ochentas, de la búsqueda de una nueva sociedad en el centro de Centroamérica. Ahí mismo, en el centro del centro. Pienso en León y me acuerdo de un corrido que dice: Por todo el oro del mundo, no cambiaría a mi León, pues lo quiero con amor profundo y es el cerebro de toda mi nación, unos versos que nos pintan ese León aguerrido, ¡Viva León Jodido!, se llama el corrido. El mismo León de Ruben Darío, el mismo León del poeta.

Nicaragua, el rojo y el negro de las camisas, León, Managua, Solentiname, Ruben Darío, los Mejía Godoy y el resto, y todos los artistas y sandinistas y campesinos. A todos, por sus cosas lindas, a todos por convertirse en cuadrito al calor de un fósforo que imagino prenderse desde este sur. Dentro de poco iré a buscar esas cosas lindas, dentro de poco desde este sur, dentro de poco a buscar los vestigios y las pintadas de alguna frase de Tomás Borge en aquella época linda: “Porque no se puede ser revolucionarios sin lágrimas en los ojos y sin dulzura en las manos…”.

A eso iré, a buscar los fuegos todavía humeantes que dejó esa revolución de poetas, ese aire de diez años colmados de guitarras y poemas. Esos diez años de pisadas con pies fuertes, siempre atentos de no destruir las flores.

  

© Martín Di Lisio

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

 

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