Boceto de antemano

o Uruguay, esa celeste desconocida

 

Puente de fierro sobre el pajonal,

agua sin rumbo, como en el mar,

la luna lo abandonaba

y se anegaba en el barrial.

“El loco Antonio”, Alfredo Zitarrosa.

 

Tiempo atrás, en una charla de café con Gabriel Bellomo, hablábamos de lo costoso que es describir en nuestras ficciones un lugar en el que nunca estuvimos. Él habló del Magreb. Yo mencioné a Uruguay.

Antes de viajar a cualquier sitio me propongo un ejercicio mental, especulativo.  Boceto lo que creo que voy a encontrar y después lo comparo con lo que encuentro. Es un choque entre lo concreto, lo que existe y las subjetividades de mis prejuicios. Cotejo y casi nunca coinciden. Tengo así documentos únicos: proyecciones de la puna jujeña; pareceres de la selva ecuatoriana; tormentas caribeñas del oriente cubano; el sosiego imaginado de la Colonia San Miguel en plena llanura pampeana. Son postales que me cuesta recordar, las anteriores al viaje, a las que luego se le intercalan realidades. Los personajes que creí reales, terminan perteneciendo a una postal de mi ficción, los silencios de un valle se transforman en los estruendos de los ecos de una civilización inesperada.

—¿Uruguay?—me preguntaron aquella vez—Tan cerca y nunca fuiste…

A Uruguay me une la milonga. Pulso play, empieza a escucharse la versión de Jaime Roos de El loco Antonio y pienso que sí, que en Uruguay debe haber muchos locos Antonio que piensan y fuman durante las bajantes, mirando el río al atardecer o durante las noches de luna generosa. Me imagino el Uruguay como una gran llanura; en el medio, el sonido de los ensayos de las murgas; a veces, el candombe;  las añoranzas del campo en cada esquina de cada ciudad; los silencios de los caminos; el olor a hierba húmeda; los animales pastando entre las cuchillas de Florencio Sánchez. ¿Qué de todo eso encontraré el día que cruce el charco y corrobore?

A veces pienso que Montevideo está hecho a mi medida.  Una ciudad con puerto, y es la melancolía portuaria de la bahía lo que me interesa,  el parque Rodó, la rambla y la brisa de la costa en el barrio Pocitos, la historia entre murallas cuando había portugueses, ingleses y españoles, la gente y los cafés, las charlas nostálgicas del Río de la Plata. ¿Por qué me atrae una ciudad que no conozco?  Una vez le escribí a Eduardo Galeano un correo electrónico desde Quito. Allá era un marzo tormentoso y los truenos rebotaban eternos en el valle. Recuerdo que a lo lejos yo palpaba el conflicto de las papeleras y se me ocurrió escribirle. En ese momento, lejos de Buenos Aires, extrañé el café Montevideo, supe que cualquier bar de esa ciudad podía hacerse mío. Lejano llegaba el sonido de las calles de la Ciudad Vieja, la vaguedad del canto en el estadio Centenario cuando juega la celeste. Le contaba a Galeano que sentía ganas de abrazar a un uruguayo y por eso la carta. Al día siguiente tenía su respuesta en el buzón de entrada.

A Uruguay también lo descubro en Onetti y sus novelas. La Santa María ficticia es parte de lo que considero la Banda Oriental.  Tengo mi boceto de los rincones de la ciudad: el consultorio del doctor Díaz Grey enfrentado a la plaza principal; el prostíbulo de Juntacadáveres que es una casita y tan solo una casita; la estación de trenes como una de las pocas vías de escape; el hotel oscuro y su luz amarillenta, ojerosa; el astillero gris, un degradé de grises entre grises; la hojarasca perpetua en los senderos de la plaza, porque a la Santa María de Onetti siempre me la imagino otoñal. Esas lecturas, las historias de Onetti, también me ayudan a crear un Uruguay sin recortes.

¿Y las playas de Valizas? ¿Y el Cabo Polonio? ¿Hay algo más lejos hacia el Oeste que el Cabo Polonio? Las arenas inalcanzables, agrestes, el viento que zumba sobre los médanos, el Oriente.

Termina El loco Antonio y es el turno de Guitarra Negra, la poesía con fondo musical que escribió Zitarrosa en el exilio. Un poema con milonga. Y no es tan solo lo poético lo que hace lagrimear, Guitarra Negra es un canto a la existencia, es una declaración, es la reconfiguración de —hablando de imaginaciones— todo lo imaginario. Guitarra Negra son los versos más uruguayos que conozco y eso que no conozco Uruguay: Y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales... La noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol... Y se echará en el piso como un perro... Y aguardará hasta la madrugada.

Por supuesto, para nosotros, los rioplatenses de uno u otro lado, eso también es milonga. Mi-lon-ga. Eso es Uruguay, eso es Montevideo, esa es la única guitarra negra que al escucharla hace que la melancolía se agazape, para luego obligarla a llorar.

Nunca fui a Uruguay, tengo apilados los bocetos en una carpetita celeste,  y a veces lloro por él sin siquiera conocerlo.

 

© Martín Di Lisio

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

 

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