Una aventura de Don Quijote

 

A lo largo de sus 400 años de vida, Don Quijote ha escapado en más de una ocasión de las páginas de Cervantes para colarse en el estudio de músicos y hacerse protagonista de zarzuelas y óperas de todo tipo.  Su historia ha servido de inspiración a autores de distintas épocas y estilos, desde Henry Purcell, en el barroco, hasta Cristóbal Halffter y José Luis Turina, en pleno siglo XX. La más importante y reconocida de todas estas óperas fue compuesta entre 1919 y 1923 por un compatriota del caballero de la triste figura: Manuel de Falla, creador de El amor brujo.

El compositor andaluz se basó en dos capítulos del segundo libro del Quijote, para componer lo que resultaría una de sus obras más alabadas: la ópera en un acto El retablo del maese Pedro. La ópera trata acerca del encuentro de Don Quijote con un titiritero, cuyo espectáculo consiste en un retablo que narra la fuga de Melisendra de la mano de su esposo Don Gaiferos. En la novela de Cervantes, el encuentro se da en el capítulo XXV, pero el maese Pedro de la novela trae a cuestas otro entretenimiento: un mono que adivina cosas del pasado y del presente, porque según palabras de su propio dueño “la bestezuela no responde a lo por venir”. La ópera elimina el diálogo entre Don Quijote, Sancho Panza, y maese Pedro en el que el mono hablando al oído de su amo da muestra de sus poderes, y se centra en la representación de la obra de títeres. Sancho Panza, de hecho, ni siquiera participa activamente en la ópera, no lo hace más que como espectador.

Marioneta de Don Quijote, creada por Lake Simons

para Basil Twist.

Foto de Richard Termine.

En honor al espíritu del capítulo, Manuel de Falla concibió una ópera para tenor, barítono y soprano cantando fuera de escena, para dar paso en el escenario a un grupo de marionetas.  Representaciones ha habido de todo tipo. En algunas los cantantes aparecen en escena y se reservan las marionetas para los personajes del retablo.  En otras, los personajes principales son representados por la sombra de actores tras un velo blanco. Las hay también donde todos los personajes son interpretados por marionetas, tanto los tres principales como los del retablo.

En cualquier caso, el conflicto de la ópera es el mismo que plantea Cervantes en su capítulo XXVI, cuando comienza el espectáculo ofrecido por el titiritero y narrado por un niño intérprete: el trujamán. El texto de la ópera es muy fiel al original, aunque en una versión reducida, puesto que se eliminan algunas partes del diálogo. Los pasajes conservados son transcriptos casi al pie de la letra del texto cervantino.

El trujamán comienza a narrar las desventuras de Melisendra, presa de los moros, mientras maese Pedro la representa con sus marionetas. Pero al desviarse de la historia central para hablar del castigo inferido por el rey Marsilio a un moro insolente que ha osado besarla, Don Quijote interrumpe nervioso para exigirle al niño que no se meta “en curvas y transversales”

Ya se comienza a notar la ansiedad de Don Quijote, un malestar que irá en aumento y conducirá a un nuevo e intempestivo desenlace para la obra del titiritero. 

El trujamán ha apurado la acción y ya ha saltado a la escena en que Melisendra es rescatada y el rey Marsilio, al notarlo, manda a tocar las campanas, como alarma. Don Quijote se levanta indignado.

¡Eso no, que es un gran disparate, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales y dulzainas!

No mire vuesa merced en niñerías, señor Don Quijote lo reta maese Pedro.

Y el trujamán continúa entonces con la historia, hasta que llega el momento de anunciar que acaso Melisendra y Don Gaiferos puedan ser alcanzados por sus perseguidores, los moros.

Entonces, Don Quijote, tomándose muy a pecho su condición de caballero como siempre, arremete contra las marionetas y las destruye con su espada, para liberar a los amantes de los canallas que los persiguen.

¡Viva, viva la andante caballería sobre todas las cosas que hoy viven en la tierra!

Tales son las últimas palabras de Don Quijote, con las que se cierra la ópera.

El final tiene el sabor amargo de la locura.  Pero el capítulo de Cervantes va un poco más allá y da cuenta de las consecuencias. A Don Quijote no le queda más remedio que volver a la realidad, tan distinta a la que él hace propia.  Lejos de recibir una recompensa por su acto heroico, acaba pagando, regateo mediante, por todas las marionetas destruidas.

 

marianaalonso@revistaaxolotl.com.ar

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© Revista Axolotl, Número 15