El Fígaro de Beaumarchais

Durante la época clásica, a mediados del siglo XVIII, se desarrolló en Nápoles un subgénero de la ópera, de carácter jocoso y ritmo acelerado: la ópera buffa. Sus primeros antecedentes se remontan a la commedia dell’arte, un entretenimiento teatral muy popular durante el siglo XVI, donde se encuentra el germen de muchos de sus personajes más típicos. Ya en 1627, Claudio Monteverdi estrenó una ópera, hoy perdida, cuyo título “Finta pazza Licore” hace sospechar de su carácter cómico. Un siglo después, autores como Pergolesi y Galuppi comenzaron a incluir intermezzos cómicos en sus óperas, sin conexión con la trama principal, que con el tiempo ganaron en duración, complejidad y autonomía hasta llegar a ser óperas en sí mismas. La primera ópera buffa de la que se tiene conocimiento es Li Zite’n galera de Leonardo Vinci. El género se extendió luego al resto de Europa, llegó a su madurez con Mozart y se cerró con el Falstaff de Verdi a fines del siglo XIX. Plagada de personajes cómicos, la ópera buffa o commedia per musica se acerca a temas más populares y al teatro. Shakespeare ha sido fuente de inspiración para más de un compositor. Sueño de una noche de verano, La comedia de las equivocaciones, La tempestad y Las alegres viudas de Windsor son algunas de las obras que sirvieron de argumento a óperas de este tipo, algunas mejores que otras.

Pero las dos óperas buffas más famosas, y acaso las dos mejores, están basadas en obras de teatro de otro escritor, un francés. Y tienen como protagonista a un mismo personaje: Fígaro.

Las bodas de Fígaro y El barbero de Sevilla están basadas en dos obras homónimas del controvertido escritor Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais. Beaumarchais nació en París en el año 1732. Hijo de un relojero, ejerció durante un tiempo el oficio paterno. Fue dramaturgo, financiero especulador, aventurero, músico, editor de las obras completas de Voltaire, agente secreto del rey, ícono de la Revolución Francesa y defensor de la Independencia norteamericana. Tras la muerte de su primera esposa se corrió el rumor, acaso infundado, de que él la había envenenado. Fue procesado por malversación y falsificación, y encarcelado por espionaje. Estos dos episodios lo llevaron a escribir sus cuatro Memorias judiciales, una sátira de los abusos del régimen, y una novela picaresca de aventuras. Beaumarchais es un personaje digno de la pantalla grande. De hecho hay dos películas francesas que recogen su vida: Beaumarchais, l’insolent y Beaumarchais ou 60000 fusils (una película para televisión).

Escribió varios dramas y comedias, pero sus dos obras más famosas fueron El barbero de Sevilla, una comedia en cinco actos que escribió en 1775 y Las bodas de Fígaro, comedia en cinco actos y en prosa que data del año 1785.  Quienes las catapultaron a nivel mundial fueron Mozart y Rossini con sus óperas.

La segunda fue tomada por Mozart como argumento de su quinta ópera buffa, compuesta en 1791 y estrenada en Viena ese mismo año, con libreto de Lorenzo da Ponte. A da Ponte pertenecen los libretos de otras dos óperas buffas de Mozart: Cossi fan tutte y Don Giovanni, en cuyo libreto se cree que participó también el legendario seductor Giacomo Casanova.

Las bodas de Fígaro se construye en torno a la relación amorosa de dos parejas: la de Fígaro y Susana  por un lado, y el Conde Almaviva y su esposa por el otro. La Condesa, a quien su celoso esposo le es infiel, diseña un plan para ponerlo en evidencia, con la ayuda de Susana, quien se presta como señuelo. Fígaro, ajeno a las intenciones de las mujeres, cree ser víctima del engaño de su prometida. Se desencadena una serie de malos entendidos, típicos de una comedia de enredos, a la que se suman otros personajes que aportan más caos a la situación. Todo termina bien, en una famosa escena en los jardines del palacio, llena de confusiones, en la que el Conde queda expuesto y Fígaro descubre las verdaderas intenciones de Susana. El Conde, finalmente, pide disculpas a su esposa. La Condesa lo perdona y se organiza una fiesta en el palacio.

El último acto de la ópera, y probablemente el más cómico de todos, ha sufrido variaciones en el orden de las escenas con distintas interpretaciones, de acuerdo con el criterio del director. Hay quienes ven desorden en la secuencia que plantea Mozart y prefieren el orden de la obra teatral. El cambio realizado por Mozart respondió a necesidades prácticas: no era suficiente el tiempo para que una de las cantantes (que representaba dos papeles) se cambiara de vestido.

Fígaro es también el personaje principal y más entrañable de El barbero de Sevilla, una obra en la que también figuran muchos de los personajes de Las bodas de Fígaro, pero situados en un tiempo anterior. Entre los personajes se encuentra el Conde Almaviva mismo, esta vez más joven y sin esposa. El Conde, que ya por entonces es un Don Juan, pretende seducir a Rosina, una joven que vive en casa de un doctor desconfiado y cascarrabias que pretende desposarla. Fígaro ayuda con sus artimañas al Conde para evitar los controles del doctor, meterse en la casa y escapar con la joven.

La historia sirvió de inspiración a Rossini para componer su ópera buffa en dos actos, estrenada en el Teatro Argentina de Roma en el año 1816, una época en que el género ya había pasado su época de gloria. Otros compositores se basaron en esta misma historia, pero sólo la ópera de Rossini logró perdurar en el tiempo.  Su obertura (cambiada por el autor para la segunda representación, tras el fracaso rotundo del estreno) es una de las más famosas del repertorio y ha sido utilizada como banda sonora de muchas películas cómicas.

Hoy pocos desconocen a Fígaro. Aún quienes desconocen la obra de Mozart y de Rossini, han oído alguna vez la famosa cavatina de Fígaro, “Largo al factotum” de El barbero de Sevilla, o la obertura de Las bodas de Fígaro. Beaumarchais, sin embargo, no es un escritor muy difundido. ¿Qué habría sido de él y de su  pintoresco personaje si no lo hubieran elegido estos dos grandes músicos?

 

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