Hansel y Gretel para niños y grandes

 

En las navidades de algún año, a fines del siglo XIX, una mujer llamada Adelheid Wette pensó en un regalo para sus hijos que acabaría convirtiéndose en un legado para el mundo. Se trata de una serie de canciones que escribió en base al famoso cuento “Hansel y Gretel” — recogido por los hermanos Grimm, a los que su hermano Engelbert Humperdinck puso música. La obra, integrada por canciones independientes concebidas para su representación en funciones privadas, acabó trascendiendo el ámbito familiar. Con el tiempo y con el trabajo de ambos, se transformó en una ópera en tres actos, cuya primera presentación pública fue dirigida por Richard Strauss admirador de la obra en el Hofteather de Weimar, en 1893.

Probablemente, el mayor mérito de la ópera sea su música inspirada en melodías folklóricas, presentes en muchas de las composiciones de Humperdinck.  Este homenaje a lo tradicional, no sólo desde la música sino también desde el argumento, dan a esta obra un encanto especial, tanto para niños como para aquellos adultos que crecimos acompañados de los inolvidables cuentos de los hermanos Grimm.

"Hansel y Gretel" ilustrado por Arthur Rackaham

La ópera, sin embargo, se diferencia en algunas cosas del cuento en que está inspirada.  En ambas versiones, Hansel y Gretel se pierden en el bosque y terminan en las garras de una bruja malvada que pretende comérselos. Pero mientras que en la versión tradicional su madrastra hace grandes méritos para competir en maldad con la bruja; en la ópera, si bien es culpable de sus desgracias, lejos está de ser aquella mujer insensible y odiosa descripta por los hermanos Grimm. Lo es, pero en dosis más tolerable. Devenida en madre biológica, sigue tratando mal a Hansel y a Gretel y es la responsable de su desaparición. Pero no está nunca entre sus planes buscar la manera de deshacerse de ellos, tal como ocurre en el cuento, en el que  convence a su marido de que abandone a los niños en el bosque.

En el primer acto, Hansel y Gretel juegan en una choza pobre y pequeña, intentando olvidar por un momento el hambre que sufren cada día. Cantan y bailan hasta rodar por el suelo en medio de risas.  En ese momento llega su madre, y se disgusta al no verlos trabajando.  Su enojo aumenta cuando, en medio de la discusión, se cae un jarrón de leche al suelo: la única comida que tiene para esa noche.

—¡Fuera de aquí! ¡Al bosque! —les grita—. ¡A juntar fresas! ¡Y sin holgazanear!

Y con una advertencia que recuerda más bien a “Los tres enanitos del bosque”, otro cuento de los hermanos Grimm, los echa de la cabaña.

—Y no volváis hasta que la cesta esté bien llena.

El padre de los niños, que en el cuento es un cobarde, en esta nueva versión es otra víctima inocente del mal temperamento de su esposa. El padre soñado por los Grimm cede a los pedidos de su esposa y abandona a Hansel y a Gretel en el bosque. Pero ellos logran encontrar el camino de regreso a casa. Su padre los recibe aliviado, puesto que se ha arrepentido de sus actos y siente cargo de conciencia. Sin embargo, al poco tiempo vuelve a abandonarlos… y vuelve, una vez más, a sentirse arrepentido. En la ópera, por el contrario, este pobre hombre no tiene incidencia alguna en el destino incierto de los niños. Al volver feliz del pueblo con una bolsa llena de comida, se encuentra con la noticia de que faltan sus hijos. Temeroso de que caigan en las manos de la Bruja de la Casa de Mazapán, sale a buscarlos en compañía de su esposa.

En el segundo acto, la noche sorprende a Hansel y a Gretel mientras juntan fresas, y ya no saben como regresar a la cabaña.  En la versión musical de la historia, Hansel no ha dejado rastros para encontrar el camino de retorno, tal como hace en la historia original, conciente de los planes de su padre y de su madrastra.  En el cuento, los pájaros arrasan con los rastros y los hermanos ya no pueden orientarse.  En esta ocasión el descuido es más simple: a los niños se les ha hecho tarde.  Cierra este segundo acto un personaje que no aparece en el cuento: el duende de la arena.

 
¡Pondré dos granitos de mi saco
en vuestros ojitos cansados,
se cerrarán y dormiréis tranquilos!
 
 

Con la ayuda del duende, los hermanos duermen en el bosque hasta el día siguiente, sin temor a la noche y a la oscuridad. A la mañana siguiente, y ya en el tercer acto, los despierta otro duende, también agregado por Adelheid Wette. Se trata del duende del rocío.

 

Ilumino los ojos 
con la dorada luz del sol
y con el frescor del rocío despierto 
a los que duermen en campos y pastos.

 

Cuando los últimos rastros de niebla matutina se dispersan, aparece entre los árboles una casa de mazapán.  Al verla, Hansel y Gretel corren emocionados y, tras algunos titubeos, comen de las paredes y ventanas de la casa.

Una voz desde el interior les habla.

—Knusper, knusper Knäuschen. ¿Quién está mordisqueado mi casita?

Representación de la ópera Hansel y Gretel

Es la bruja que, en silencio y mientras los niños comen distraídos, se acerca por detrás y apresa a Hansel con una soga. Luego intenta sobornarlos con dulces y golosinas, y los invita a entrar en la casa. Desconfiados, ellos se resisten.  Al intentar escapar, la bruja los inmoviliza con un hechizo y encierra a Hansel en una jaula, donde piensa alimentarlo hasta que esté lo suficientemente relleno como para asarlo en su horno mágico, que todo lo convierte en galletas de mazapán.  Mientras tanto, planea cocinar a su hermana empujándola dentro del horno.

Pero los astutos hermanos, ya libres del hechizo, se las ingenian para dar vuelta los papeles y es la bruja quien termina achicharrada. La llamas arden con fuerza y el horno explota de repente, dejando libre a un grupo de niños cubiertos de costras de mazapán. Este último acto es, hasta aquí, bastante fiel al original. Sin embargo, Adelheid Wette prefiere un final más alegre y cercano al espíritu navideño.

El cuento de los hermanos Grimm, aun con final feliz, tiene un dejo amargo. Los niños, una vez desaparecida la bruja, regresan a su casa y se reencuentran con su padre.  Su madrastra ya ha muerto, por causas desconocidas.  En la ópera, en cambio, tras la muerte de la bruja, Hansel y Gretel están bailando felices, cuando se oye la voz de su padre fuera de escena, llamándolos. Todos se abrazan y hacen las paces, incluida la madre, mientras un grupo de niños saca del horno una galleta gigante con la forma de la bruja.

Con Hansel y Gretel, una ópera con gran influencia de Wagner y de la música popular alemana, se inicia la era de las fábulas musicales postwagnerianas. El mismo Humperdinck volverá incluso a recurrir a cuentos de los hermanos Grimm, para componer Los siete cabritos y Dornröschen, inspirada en “La bella durmiente”. Hansel y Gretel, sin embargo, será siempre la ópera más entrañable del repertorio para niños.

 

marianaalonso@revistaaxolotl.com.ar

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© Revista Axolotl, Número 13