Los primeros pasos de la ópera de la mano de la mitología

A fines del siglo XVI, un grupo de poetas y compositores italianos de Florencia, reunidos bajo el nombre de “Camerata Florentina”, se propusieron reflotar el teatro griego, donde la música y la actuación se unían para generar lo que hoy se considera el germen remoto de la ópera.

A éste grupo —integrado, entre otros, por el poeta Ottavio Rinuccini y los músicos Vincenzo Galilei, Orazio Vecchi y Giulio Caccini— perteneció el responsable de la primera tentativa de dramma per música: Jacopo Pieri. Su obra Eurídice, compuesta para las bodas de Enrique IV y María de Médicis, si bien no es una ópera en el sentido estricto, se trata de la primera narración musical con continuidad, alejada de la sucesión de madrigales que se acostumbraba representar en ese tipo de espectáculos. Hay quienes consideran, sin embargo, que el primer intento es una obra anterior del mismo compositor, responsabilidad de un trabajo conjunto con Jacopo Corsi y Rinuccini: Dafne, basada en el mito de la ninfa convertida en Laurel para escapar del acoso de Apolo.

El afán de volver a los principios clásicos del arte ya en auge durante el Renacimiento, explican por qué en las primeras aproximaciones a la ópera se recurra a temas mitológicos como argumento, con protagonistas como Apolo, dios de la música, y Orfeo, quien puede encantar con su lira a fieras y a dioses.

La estructura musical de estas primeras obras muestra una gran influencia renacentista. La música estaba supeditada a la poesía, y pretendía representar estrictamente las ideas contenidas en ella. De hecho, hasta el siglo XVII, la ópera fue considerada una forma literaria. Tal era la importancia de la poesía que Monteverdi mismo, indiscutido padre de la ópera, justo antes del estreno de su segunda opera Ariadna, decidió reemplazar a la cantante, que había caído enferma, por una actriz.  La expresión verbal imperaba sobre el bel canto.

Aun así, en Monteverdi ya se ven indicios de la música como protagonista. Mientras que sus antecesores habían llegado al punto de reducir al mínimo el acompañamiento musical para no cubrir a los cantantes, en Monteverdi se asiste a una orquestación con gran cantidad y variedad de instrumentos, y una sonoridad nueva, si bien lo utiliza solo en algunos pasajes.

Su primera opera, L’Orfeo, favola in musica, vuelve a recoger el hermoso mito de Orfeo y Eurídice.

L’Orfeo comienza con un prólogo a cargo de La Música, quien se presenta para dejar en claro su poder sobre los hombres.   "Soy yo, la música —dice—, quien con sus dulces acentos sabe apaciguar los corazones alterados y que puede inflamar de cólera o de amor los espíritus más fríos".

Se abre entonces el primer acto con una escena pastoril, muy típica de la época, en la que Orfeo y Eurídice festejan su unión junto a ninfas y pastores.  En el segundo acto, Orfeo comparte su música con un grupo de pastores en el bosque, felices todos por el reciente matrimonio. Pero una mensajera interrumpe el encuentro con malas noticias.  Es Silvia anunciando la muerte de  su compañera Eurídice por la mordedura de una serpiente venenosa.

En un diálogo con La Esperanza, Orfeo anuncia —en el tercer acto— su intención de descender al Hades para rescatar a su esposa. Caronte, el encargado de cruzar las almas por el rió Estigia hasta el Hades, lo detiene: "No está permitido a los mortales romper estas olas, los vivientes no pueden permanecer con los muertos".

Pero Orfeo encanta al barquero con su música y cruza a la otra orilla, hasta encontrarse frente a las puertas del Tártaro. El tercer acto se cierra con un coro de voces infernales que cantan la hazaña de Orfeo.

El cuarto acto se anuncia en la voz de Proserpina, conmovida por el músico, intentando convencer a Plutón de que permita el reencuentro con Eurídice.  Y Plutón así lo hace. "Pero en tanto que sus pies no hayan cesado de pisar estos abismos, no deberá dirigir hacia ella sus ojos impacientes, pues una sola mirada le condenaría a perderla para siempre". Sin embargo, mientras se encaminan ambos hacia la puerta, Orfeo no resiste la tentación de dar la vuelta y asegurarse de su presencia.

"Has incumplido la ley, y no eres digno de gracia", anuncia un espíritu. Y Eurídice es obligada a volver a las sombras de la muerte.

Todavía sigue un último acto en el que Orfeo llora la pérdida de su amada y le canta una alabanza.

El primer libreto, de 1607, termina cuando Orfeo anuncia que su corazón permanecerá cerrado a cualquier otra mujer. Hasta aquí el libreto es fiel al mito.  Pero en la ópera primitiva eran costumbre los finales felices. Así es como en una segunda versión de 1609, la definitiva, Monteverdi agrega una escena que se aparta de la historia original. Apolo ofrece a Orfeo una vida eterna y lo conduce al Paraíso, donde podrá ver en el sol y en los astros a su amada Eurídice.

Orfeo, por Jean Deville

El final de Orfeo está lejos de ser tan esperanzador. Según el mito, eligió recluirse y tal como había prometido— se negó a tener relación con otras mujeres. Una de las tantas leyendas acerca de su muerte cuenta que fue asesinado y descuartizado por un grupo de mujeres tracias, furiosas por su rechazo. Sus restos fueron arrojados, junto a su lira, al rió; y llegaron a la isla de Lesbos, donde se les dio sepultura.  Hay una versión más romántica, recogida en una pintura de Gustave Moreau, según la cual la cabeza de Orfeo viajó sobre su lira hasta reunirse en el Hades con Eurídice.

Monteverdi escribió otras dos óperas basadas en mitos clásicos: Ariadna, de la que solo se conserva el famoso "Lamento d’Ariadna", y Il ritorno d’Ulisse in patria.

Su ópera más conocida y más representada hasta el día de hoy, L’incoronazione di Popea, es una de las primeras óperas históricas. Con ella se abre una nueva época en la que la historia invade la ópera.  Aun así, la mitología seguirá sirviendo como fuente inagotable de inspiración.  Lo hará a través de Wagner —con quien la mitología nórdica adquirirá una nueva dimensión—, Händel —que se basará en el texto de Ovidio para la creación de su Asis y Galatea—, Carl Orff —con su Prometeo—, y Stravinsky —que elegirá a Persefona como protagonista de una de sus óperas—.  Incluso Orfeo y Eurídice revivirán, casi dos siglos más tarde, en la música de Gluck.

 

 

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