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Viaje al Hades Permítanme explicarles cómo, una vez hace tiempo, Borges compartió con Homero un palco en el Colón.
En 1933 Stravinsky compuso Persephone, un obra para orquesta, recitante, tenor y coro; mezcla de teatro, ópera y ballet; difícil de catalogar y construida sobre los cimientos argumentales de quien poco después, en 1947, ganaría el Premio Novel de Literatura: André Gide. El texto francés encuentra a su vez inspiración en el himno homérico a Deméter, considerado el más antiguo de los poemas homéricos conocidos.
“... Zeus, que amontona las nubes, se la dio a Hades, su propio hermano, para que la llamara su floreciente esposa; y Hades, raptándola, se la llevó en su carro a la oscuridad tenebrosa, mientras ella profería recios gritos…”
Stravinsky realizó el trabajo por encargo, para la bailarina Ida Rubinstein. Quizás aquella idea de que en un escenario no hay lugar para dos divas explique por qué, aun cuando la obra gira en torno a la diosa del Hades, no hay voces solistas femeninas. En la obra, al igual que en el mito clásico, la fascinación de Perséfona por la flor de un narciso es lo que le abre las puertas hacia el Infierno.
De todas las flores de la primavera, el narciso es la más hermosa. El que se inclina sobre cáliz, el que respira su olor, ve el mundo desconocido de los Infiernos.
El estreno de Persephone no fue muy bien recibido. André Gide no asistió por un conflicto con Stravinsky, dicen que por sus reiterados intentos de reemplazar el libreto. Esta rivalidad se debió quizás a las ideologías opuestas de ambos: un músico anticomunista y un escritor adherido al comunismo y profundamente antifascista.
Acaso el tiempo sepa darle un lugar destacado a esta obra, cuyas palabras llegan a nosotros de la mano de uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. Ojalá algún día, una máquina soñada por Wells nos permita presenciar desde el palco del Colón el estreno de Persephone, junto al mismísimo Borges.
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© Revista Axolotl, Número 11 |