Mitología argentina
Buscamos lo mismo, encontramos lo mismo

Nacimos. Hace miles
de años, hombres y mujeres surgimos entre el cielo, la tierra, el agua
y el aire. En los avatares del principio, ante la necesidad de
encontrar respuestas, de nosotros nacieron los mitos.
En cada rincón del Mundo,
leyendas, dioses, personajes fabulosos y héroes explicaron las
lluvias, el día, la noche, el cielo y la tierra y el prodigio de
nuestro nacimiento. Y aun cuando el contacto entre culturas no haya
sido notorio y no puedan comprobarse influencias entre unas y otras,
las analogías pueden reconocerse. Muchas mitologías, como por ejemplo
la egipcia con la figura de Ra, asumen la conciencia de la existencia
de un dios creador. Según la mitología egipcia, Ra surgió de NUU (el
abismo esencial) y fue creador supremo de los dioses y de los hombres.
Los indígenas de
Argentina, hijos de la naturaleza y de los climas, también encontraron
sus respuestas. Con sus ojos oscuros y su tez mate,
descendientes del fuego o de la nieve, concibieron el cosmos y con él
sus raíces.
Para los
tehuelches,
el mundo nació de Kooch; de Elal, hijo del sol y la luna, la vida y
los hombres. En el lomo de un cisne fundó la Patagonia con sus
bosques. Enseñó a los hombres a cazar, les entregó el fuego y un
espíritu para acompañarlos en la vida y tras la muerte.
Para los mapuches
el mundo era
redondo mucho antes de que esto fuese descubierto.
El Wenumapu representaba el
bien o cielo en donde vivía el dios Ngnechen, el creador de todo y que
todo controlaba. En el Mapu vivían los hombres gobernados por Chau o
Antu, que era el sol y Antu kuche, que era la luna.
El
Minchemapu representaba al mal, a las profundidades y a la muerte.
Espíritu, vida y muerte,
creación y origen, bien y mal, resultan los temas trascendentes que
impulsan desde siempre a buscar respuestas. Y estas respuestas, en la
mayoría de los casos, se parecen. Sin embargo, acaso producto de la
individualidad procedente del hombre, hay otras cosmogonías, como la
wichí que se manifiesta distinta aunque con consabidas semejanzas.
Para los Wichí hubo un tiempo en que la tierra estaba arriba y el
cielo abajo. Tanta era la suciedad que caía de la tierra que el cielo
se quejó y pidió la inversión de los planos. Hubo otro tiempo en que
un gran árbol unía los mundos. El Gran Fuego castigó a los hombres e
hizo que todo ardiera quedando arriba los Dapitchí, los
antepasados y los hombres en la parte inferior. Estos hombres vivían
solos en la tierra hasta que descubrieron a las mujeres que
pertenecían al cielo.
Con una lluvia de
flechas trajeron a las mujeres a la tierra y notaron que ellas tenían
dos bocas dentadas, una en medio dc la cara, la otra en medio del
cuerpo que mutilaba a aquellos hombres que quisieran copular con
ellas. Con la llegada del frío, las mujeres se acercaron al fuego
encendido por los hombres. Cuando abrieron las piernas al sentarse,
les arrojaron piedras y se les cayeron todos los dientes de esa boca
inferior. Desde entonces nacieron niños y niñas, de la unión de
hombres y mujeres.
Los mitos de los
pueblos son parte integrante de sus orígenes, de sus sistemas de
pensamientos que prefiguran la realidad del mundo y del modo de
habitarlo.
En un
sentido muy amplio, el mito es el producto del contacto con la
realidad, con el fin de interpretarla. Pero este sentido de
interpretación no es preciso. En el contacto con la realidad, influye
no sólo la imaginación, sino también el lugar geográfico y el génesis
de una cultura. Estos ingredientes resultan la razón de la amplia gama
de versiones, a pesar de las similitudes, en las distintas
civilizaciones.
Pero ¿qué hace que
el mito se perpetúe a través de los tiempos? Si bien, la religión y la
ciencia se ocuparon en responder las preguntas originarias del hombre
e invalidar las creencias primarias, aún en estos tiempos la
superstición, la falta de conocimientos para justificar ciertos
sucesos o simplemente el arraigo a la tradición, alimentan al mito.
Cada cultura cuenta
la misma historia con sus singulares ingredientes. Con sus propios
nombres describen los mismos dioses, los mismos demonios.
De la tierra nace
la vida. Vida y tierra, madre. Como
Isis para los egipcios, madre
de todas las cosas.
Demetra para los
griegos, madre de la tierra, la agricultura y la fertilidad.
Desde nuestros
antepasados se invoca a la Pachamama para que las cosechas sean
prósperas, se multiplique el ganado, haya un buen clima y los cultivos
no sean atacados por las plagas. Cada primero de agosto nuestras
raíces indígenas rinden culto a la tierra. Y ella sonríe, se entrega a
sus hijos y se vuelve más fértil.
Monstruos, duendes
y deidades susurran en los cerros del norte, en los lagos del sur, en
las llanuras del campo. Son la respuesta a desapariciones, muertes
súbitas, embarazos ilícitos, enfermedades y apariciones. Y aunque
muchos no creamos que existen y sonriamos disimuladamente ante las
declaraciones, en un rincón oculto sabemos que están ahí, ajenos al
correr de los años, para acariciarnos en la noche.
Como los sátiros de
la antigua Grecia que conquistaban a las doncellas en los bosques, en
los montes del norte argentino, entre los matorrales, asecha el
Pombero. Asalta a las
mujeres solas y con sólo tocarles el vientre quedan preñadas.
En Irlanda, leprechaun; en
Escocia, goblin; en Alemania, silfo; en México, cheneque; en Argentina
tenemos nuestros duendes. Seres traviesos o mágicos, guardianes de la
naturaleza y los animales. Se manifiestan en nuestra cultura con
muchos nombres. Por ejemplo tenemos a Coquena o Yastay y a Miquilo.
Por un lado, Coquena protege a las vicuñas y los guanacos e imparte
duros castigos a los cazadores que abusan de estos animales. El
Miquilo, en cambio, es un duende travieso que tiene una mano de lana
que golpea con fuerza y otra de hierro que acaricia.
Los mapuches, hace
más de doscientos años, describían encuentros con enormes monstruos
acuáticos. No es extraño que se hable del Nahuelito, monstruo acuático
que habita el lago Nahuel Huapi, en la ciudad de Bariloche, al sur de
Argentina. Quienes dicen haberse topado con él, lo describen como un
animal de unos diez a quince metros de largo, con dos jorobas y un
cuello muy largo. Este tipo de mitos se repiten en varios puntos del
planeta. El más conocido es “El monstruo del lago Ness” de Escocia.
Así como las sirenas de la
mitología griega atraían a los marinos hacia la muerte, la Yucumama
atrae a los jóvenes nadadores hacia lo más profundo de ríos y lagos.
El hombre lobo, licántropo,
Lobisón, considerado uno de los mitos más universales puede ser una
superstición tan antigua como la humanidad misma. En Argentina, para
frenar con la irracionalidad colectiva acerca del mito, se estableció
el padrinazgo presidencial de todo séptimo hijo varón.
Y está el basilisco
que, como las gárgolas griegas, mata
con la mirada. Y está la Umita, cabeza errante de extraordinaria
fealdad, atormentando tanto como las Larvas romanas. Y la Luz Mala que
espanta a los gauchos en las pampas, como los espectros que con
distintos nombres espantan en todas partes del mundo; está El Familiar
que devora obreros en los ingenios del norte y el Yasiyatere que rapta
a los niños y les quita el bautismo, a la hora de la siesta, mientras
las madres duermen.
¿Qué características humanas han hecho
posibles las analogías entre los mitos de distintas partes del planeta
sin evidencias de contacto o influencias de unas hacia otras? Lo
cierto es que estos seres fantásticos descendientes de nuestra
cultura, semejantes a seres de otras culturas, quizás los mismos
transformados por la naturaleza de los idiomas y de las tradiciones,
existen en alguna realidad también análoga.
Quizás sea la esencia del
hombre que desde siempre busca lo mismo y encuentra lo mismo siempre.
Texto y Pintura por Karina
Sacerdote
karinasacerdote@revistaaxolotl.com.ar