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Goethe de frac azul y chaleco amarillo |
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"¡Esculpe, artista! ¡No hables!" Sent. n º 008/05
En 1774 Alemania y toda Europa se conmocionan con la aparición de una novela titulada Las penas del joven Werther (Die Leiden des jungen Werther). El responsable de la agitación es un joven de sólo veinticuatro años de edad: Johann Wolfgang von Goethe. En una pequeña nota de introducción a la novela, Goethe nos explica que todo cuanto ha podido encontrar acerca de la historia del pobre Werther lo ha reunido con esmero para nosotros. “Tú, buen alma, que sientes el mismo impulso que él —nos dice—, extrae consuelo de sus sentimientos”. Enamorado de Lotte, una mujer que no puede corresponderlo, Werther descubre que “el Mundo es más pequeño que el alma humana”. Y decide quitarse la vida. Y su determinación, trágica en la ficción, arrastra muchas otras. Ya fuera del papel y la tinta, las palabras de Werther fueron menos de consuelo que inspiradoras: los enamorados sin suerte se visten con frac azul y chaleco amarillo, igual que el desdichado Werther, suspiran por sus propias musas y se pegan un tiro en la sien.
Goethe nos permite indagar en los sentimientos de Werther, husmear en las cartas que le enviara a su querido amigo Wilhelm desde que conoció el amor por Lotte hasta que, vencido, decidió morir. Sólo tenemos acceso a la correspondencia del trágico enamorado: las reacciones de su amigo y confidente Wilhelm debemos adivinarlas a partir de las palabras del propio Werther. Pero no caben dudas de que su consejo fue en todo momento que se alejara de aquella mujer. “¿Acaso no soy el mismo que ayer flotaba en la plenitud del sentimiento, ante quien se abría un paraíso a cada paso, quien tenía un corazón capaz de abarcar lleno de amor un mundo entero?” se pregunta incrédulo Werther, mientras prepara aquel final inmortal, digno de un amor como el suyo. Acaricia la pistola que ha pasado por las manos de Lotte, suspira ruidosamente. “Tú misma les has quitado el polvo”, escribe. “Tú, Lotte, me ofreces el instrumento, ¡tú!, de cuyas manos deseaba recibir la muerte y, ¡ay!, ahora la recibo”.
El amor y la muerte son la misma aventura, dice el verso de Ronsard. La vida vale menos que el amor, declara otro poeta. El “Werther” es la obra emblemática de un romanticismo que supo ver que el Amor y la Muerte están indisolublemente ligados. Eros y Thanatos, Amor, Muerte, Oscuridad y Noche en perfecta complicidad. En tiempos de Goethe la palabra inspiraba al suicidio a algunos y rescataba de la muerte a otros: las apasionadas páginas de esa ficción, confesó Goethe, fueron su salvación. Sabiendo imposible su amor por Charlotte Buff, prometida de un amigo, contrariado en sus deseos y sueños, viéndose morir —anhelando morir— Goethe esculpe la delicada arquitectura de sus penas en forma de novela y obliga a otro a cargar con el dolor que amenazaba llevarlo a la tumba. Si Goethe hubiera seguido los pasos del joven Werther, si hubiese preferido alzar la voz y protestar ante un mundo que no se acomodaba a sus sueños en lugar de, en silencio, tomar el martillo y el cincel, nunca hubiéramos sabido de Fausto y su pacto con Mefistófeles, habríamos perdido cincuenta años de poesía inmortal y algunas de las mejores novelas que se han escrito en la historia de la humanidad. El arte fue su grito de rebelión, como corresponde a un romántico. Con la muerte de Werther, su dolor quedaba atrás. Ya podía dar vuelta la página. En 1824, con la serie de poemas Trilogía de la pasión (Trilogie der Leidenschaft), Goethe, de setenta y cuatro años, vuelve a cantarle a las penas de amor. Que en esta ocasión la amada sea Ulrike von Levetzow, de diecinueve años, no significa nada. Las penas de amor son eternas. Y son siempre las mismas. La trilogía está compuesta por “A Werther”, “Elegía de Marienbad” y “Reconciliación”. En el primero de los tres poemas, Goethe reconoce y agradece a Werther su sacrificio: “Tu destino fue irte, el mío, quedarme”.
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© Revista Axolotl, Número 8 |