Clive Barker para niños

 

"Utiliza bien las horas,

porque habrá menos de las que tú piensas"

Sent. n º  007/05

 

Clive Barker nació en Liverpool, en 1952, y saltó a la fama con la publicación de sus Books of Blood, una colección de cuentos de terror que renovó el género fantástico. "He visto el futuro del terror, y su nombre es Clive Barker", escribió Stephen King por aquel entonces. Luego vendrían los éxitos cinematográficos de Hellraiser y Candyman, con todas sus secuelas. Y más libros. Y más historias. Clive Barker conmocionaba: se permitía llegar hasta donde nadie se había animado. 

Los Books of Blood son seis volúmenes de cuentos cortos. Los tres primeros libros de la serie fueron editados en 1984, y traducidos en España como Libros sangrientos 1, 2 y 3. Los tres siguientes aparecieron en 1986, y fueron traducidos en dos volúmenes, simplemente como Sangre 1 y 2. Los traductores no acertaron en ninguna ocasión con el título que había elegido Clive: Libros de sangre.

El primer cuento justifica el título de toda la serie, operando como una introducción y un marco para todas las historias. Simon McNeill simula comunicarse con espíritus en una casa abandonada… hasta que un día esos espíritus, que sólo eran una farsa, deciden presentarse y castigar las mentiras de Simon de un modo poco convencional: ¿qué mejor modo que escribir sobre su cuerpo esas historias del más allá que se suponía no existían? Esas historias escritas con sangre son las que nosotros leemos, del propio cuerpo de Simon McNeill.

Desfilan por su cuerpo, un auténtico libro de sangre, un asesino serial con un gran sentido de la limpieza y que sólo mata por cuenta ajena; un demonio confinado a una casa hasta tanto convierta a su morador en un lunático; una cerda hermosa y la fascinación que ejerce en el Centro de Rehabilitación para Delincuentes Juveniles; dos ciudades perdidas en las colinas y un rito de gigantes.

Primera edición en castellano, año 1993.

Pero ninguna de estas historias, tan terriblemente incómodas y perturbadoras, consigue aterrar tanto como aquello que uno apenas imagina en El ladrón de días, una siniestra fábula infantil publicada en 1992 que el propio Barker se ocupó de ilustrar.

 

Harvey Swick tiene diez años y siente que no sobrevivirá a Febrero. “¿Qué es lo que quiero?” se pregunta un día en el espejo, tras intentar contar con los dedos cuánto resta para la llegada del verano.

        

Graphic Novel publica-da a partir de enero de 2005 en tres apa- riciones bimestrales de 48 págs. color.

Pero Harvey no es bueno con las matemáticas, y se atormenta aún más. Está cansado del profesor de historia y del de ciencias, y nada lo aburre tanto como pensar en hacer algo “útil”, como le pedía su mamá. Sin hermanas ni hermanos, Harvey habla mucho consigo mismo. “¿Qué es lo que quiero? Sólo sé que quiero morir si no me divierto un poco”, se dice.

Y aparece Rictus, ofreciéndole la casa de vacaciones del Señor Hood.

 

Clive Barker se aleja de los demonios y apariciones deformes, que siempre retrata con minuciosidad salvaje, y por primera vez nos invita a deslizarnos por la interminable madriguera del conejo blanco, en la tradición de los cuentos infantiles. Asistimos al peor terror: no un mundo de monstruos sino un mundo sin tiempo. Harvey recibe un consejo sabio: “Utiliza bien las horas, porque habrá menos de las que tú piensas”. El tiempo vuela en la casa del Señor Hood y al principio parece un sueño: todas las mañanas son verano, ideales para tomar limonada a la sombra de un árbol; todas las noches son halloween, perfectas para disfrazarse y asustar con largos colmillos. Pero el sueño de alegría es sólo un espejismo, y por detrás de los días siempre soleados y las noches de maravillas hay un ladrón de días. ¿Existe algo peor acaso que sentir que nos han robado tiempo? Harvey Swick comprende que...

 

“...por cada día que pasaba allí, transcurría un año en el mundo real. Cada mañana mientras jugaba dentro de aquel clima primaveral, pasaban meses. Por la tarde, mientras holgazaneaba bajo el sol del verano, lo mismo. Y aquellos atardeceres, que parecían tan breves, eran otros tantos meses, al igual que las noches, llenas de nieve y regalos”

 

Harvey descubre, por fin, que mientras él sólo había envejecido un mes, sus padres habían vivido treinta y un años de tortura, pensando que se había marchado para siempre.

Y emprende entonces el desafío de recuperar esos años.

 

Aquí, ahora, de este lado de la ficción, un Hombre se mira en el espejo momentos antes de afeitarse. Descubre que algunos cabellos que ayer eran bien negros se han vuelto blancos quién sabe por efecto de qué extraña magia. Sabe que debe darse prisa si quiere llegar a tiempo a la oficina. Ya ha perdido minutos preciados. Espuma de afeitar, una navaja desafilada y sale. Repasa mentalmente sus obligaciones del día: no son diferentes a las de ayer… ni a las de mañana.  Tiene miedo.

 

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