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Edgar Allan Poe, sutil inventor de la noche |
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"Todo lo que vemos no es más que un sueño en un sueño" Sent. n º 006/05
Cabello oscuro, peinado hacia el costado con una raya vistosa; los ojos grandes y luminosos; la mirada melancólica y, acaso, suplicante; el bigote cuidado; la boca, expresivamente hermosa. El retrato es de Edgar Allan Poe. Lo completa una chaqueta negra, generalmente abotonada hasta el cuello, y un encanto que se adivina, escapando del papel. El semblante trágico nunca lo abandonaría. Cambiarían las causas, la cantidad de copas, la prolijidad de su ropa, pero hasta la hora última, su mirada sería profunda, melancólica y siempre seductora. Inventó el cuento tal cual lo concebimos hoy, inventó el género policial, renovó el género fantástico, inventó la noche y las pesadillas.
En la antigüedad clásica se creía que los artistas no eran sino instrumentos de los dioses. La inteligencia y el talento de nada servían sin la complicidad de las musas. Poe, a salvo de cualquier absurda vanidad romántica, fue el primero en confesar que toda creación es un acto profundamente intelectual. El frenesí y el éxtasis, la inspiración mágica y espontánea, no son herramientas del poeta. En su Método de composición (1850) se aplicó en demostrar que en ningún punto sus propias composiciones podían atribuirse a la intuición o al azar. Invariablemente eran el resultado de la misma exactitud y de la lógica rigurosa de un problema matemático: Auguste Dupin fumando una pipa de espuma de mar en la oscuridad asfixiante de un café de París, escribiendo poemas de pérdidas y abandonos, ensayando cuentos de revanchas, locuras y castigos. Borges notó la paradoja de que la doctrina romántica de una Musa que inspira a los poetas fuera la que profesaran los clásicos, y que la doctrina clásica del poema como una operación de la inteligencia fuera enunciada por un romántico. “Lo bello es el único ámbito legítimo de la poesía”, escribirá Poe. “El placer a la vez más intenso, más elevado y más puro no se encuentra más que en la contemplación de lo bello”. ¿Y cuál es el tono más alto para la manifestación de la belleza? “Toda la experiencia humana coincide en que ese tono es el de la tristeza. La belleza, en su desarrollo supremo, inevitablemente induce a las lágrimas a las almas sensibles. Así, pues, la melancolía es el más idóneo de los tonos poéticos.” Y creó un poema eterno, “El Cuervo”, con el más sonoro y memorable de los ecos: Nevermore. Edgar A. Poe, en una ocasión, en una aguda réplica, pidió que mejor se refirieran a él como “Edgar, a poet”, y no le faltaba razón. Edgar, un poeta. El cuento es, sin embargo, el género donde puede rastrearse su contribución más importante. No obedeció a una predilección personal: tenía mayor demanda en las revistas literarias de la época y representaba su única posibilidad de afirmarse económicamente. Lo que, por otra parte, nunca consiguió. Como nadie, Poe contribuyó a definir el cuento en la teoría con el mismo genio y perfección con que lo ejecutó en la práctica, poblando nuestro sueño de imágenes inmortales. El supliciado que corre hasta el borde del pozo y mira hacia abajo. “¡Todo... todo menos eso!”, ruega. ¿Qué horrores reservó la Inquisición para el final? Los vemos con claridad, aun en esa celda descolorida y asfixiante, y también nosotros retrocedemos gritando de horror. Acaso gritando como grita Fortunato, entre risas histéricas, mientras Montresor continúa apilando hileras de mampostería, cerrando el nicho del que nunca escapará su ofensor. Tampoco consiguió escapar el príncipe Próspero. Inútil fue la altísima muralla que circundaba su abadía y los pesados cerrojos de hierro: aquel baile de máscaras, celebrado en el preciso instante en que la peste lo devastaba todo afuera, no consiguió impedir que una máscara que no había sido invitada llegara como un ladrón en la noche. Perturbadores dobles que recuerdan a la propia conciencia, un retrato hecho con pinceladas del tinte de las mejillas de la modelo, unos tablones flojos en el piso que laten con un fuerte zumbido, y la misma pregunta repetida una y otra vez en labios diferentes: ¿Por qué afirman ustedes que estoy loco? Poe supo apasionar a dos escritores de su misma estatura, que emprendieron la tarea de traducirlo: Cortázar y Baudelaire. Hoy no pueden imaginarse otras versiones de sus cuentos. Baudelaire vio en las extrañas composiciones de Poe una revelación: “Parecen haber sido creadas para demostrarnos que la singularidad es una de las partes integrantes de lo Bello”. Fue Cortázar quien debió ordenar y armonizar esos mosaicos de belleza variada y singular, haciendo de la suma de los cuentos un volumen único, tal como Poe mismo previó.
“¿Qué enfermedad es comparable al alcohol?”, se preguntó Poe proféticamente en “El gato negro”. En una carta a Virginia Clemm, su mujer, escribe: “mis enemigos atribuyeron la locura a la bebida, en vez de atribuir la bebida a la locura”. Edgar Allan Poe murió en 1849, a los cuarenta años de edad, víctima de un sueño de delirium tremens del que ya no consiguió despertar.
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© Revista Axolotl, Número 6 |