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Paul Auster, detective privado |
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"Mientras haya una sola persona que la crea, no hay historia que no sea cierta" Sent. n º 005/05
A la manera de un terrible jardín de senderos que se bifurcan, en Ciudad de Cristal (1985), la primera parte de La trilogía de Nueva York, el escritor norteamericano Paul Auster cuenta la historia de Quinn. Quinn escribe novelas policiales, con el seudónimo de William Wilson. No le cuesta ningún esfuerzo inventar las tramas y escribe bien, “a menudo a pesar de sí mismo”. No necesita más. De joven había sido más ambicioso: había publicado varios libros de poesía, escrito ensayos críticos y trabajado en varias traducciones. En esa extraña duermevela que precede al auténtico sueño, Quinn repasa las últimas desventuras de Max Work, el investigador privado que ha creado para sus historias. Se da cuenta de que mientras William Wilson sigue siendo una figura abstracta, una máscara, es Max Work el que ha cobrado vida. Wilson es una mera ilusión que los justifica a ambos: autor y personaje. Entonces suena el teléfono, interrumpiendo la noche, arrojando a Quinn fuera de la cama. Se apresura a atender: —¿Quién es? —¿Es usted Paul Auster? —pregunta la voz—. Quisiera hablar con el señor Paul Auster, de la Agencia de Detectives Auster. Quinn responde rápidamente con la verdad: allí no había ningún Paul Auster. Pero lamenta luego su falta de reflejos. “Habría sido interesante seguirle la corriente durante un rato”, piensa. Y tiene una nueva oportunidad que también desaprovecha. Y luego una tercera. El tres es un número con tantos significados posibles que ha acabado por no significar nada. En cualquier caso, se trata del llamado número tres, y Quinn finalmente dice: —Yo soy Paul Auster.
Cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras. Borges imaginó una novela de infinitas bifurcaciones temporales donde sus personajes optan —simultáneamente— por todas las alternativas que se presentan. Existen, así, diversos porvenires, diversos tiempos que también proliferan, se aproximan, se bifurcan, se cortan o se ignoran. El tiempo abarca todas las posibilidades. Paul Auster no existe en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe él y no existimos nosotros, sus lectores; en otros, existimos nosotros y no él. En éste, Paul Auster es escritor y nosotros desplegamos las páginas que ha escrito bajo una tenue lámpara; en otro, Paul Auster es detective, de la Agencia de Detectives Auster; en otro, es un fantasma. No es casual que el seudónimo que Auster elige para Quinn sea William Wilson, “la torva conciencia” en el cuento de Edgar Allan Poe. En esta misma línea de asociaciones y de perturbadores dobles, en el ensayo titulado El cuaderno rojo (1993) se nos cuenta una anécdota tan rigurosamente cierta como inquietante. Paul Auster encuentra en su buzón un sobre dirigido a alguien que desconoce. En el correo habían tachado el domicilio de ese destinatario desconocido y habían escrito “no vive en esa dirección, devolver al remitente”. El remitente correspondía a Paul Auster. La ortografía del nombre era correcta y también la dirección; sin embargo, él nunca había escrito esa carta. Pero no es este el único tiempo en el que los interminables senderos que se bifurcan, se encuentran: Quinn, por su parte, el escritor de la ficción que como consecuencia del azar deviene investigador bajo el nombre de Paul Auster, guarda muchas similitudes con el Auster escritor de la realidad que nosotros conocemos. Como él, Auster se inició traduciendo. Los versos de Baudelaire, Rimbaud y Verlaine lo atestiguan. Como él, fue poeta y crítico. En 1990 recopiló esas lejanas piezas de su producción en el volumen Pista de despegue. Poemas y ensayos 1970 – 1979. Y del mismo modo que Quinn, recibió un llamada misteriosa de alguien que preguntaba por un detective privado. Sólo que no tuvo tres oportunidades: cuando consideró que podría ser interesante hacerse pasar por detective, el desconocido ya no volvió a llamar. Tal vez Auster haya conseguido remediar esa injusticia en la ficción.
Azul se ha hecho pasar por vendedor de cepillos para poder estar cerca de Negro y revisar sus cosas. En la mesa, bien ordenadas alrededor de los bordes, ve pilas de papeles y no puede resistir la tentación de preguntarle por aquello que largamente sospecha, desde que le encomendaron la misión de vigilarlo. “Parece usted escritor”, dice. Y Negro contesta que sí, que efectivamente es escritor.
En un primer momento, la esposa de Fanshawe —que luego se casará con este segundo escritor, amigo y biógrafo del primero— no se resigna a que su marido haya desaparecido sin más, de un día para el otro, y contrata un investigador privado. Contrata los servicios de “un tal Quinn”, que trabajó en el caso durante cinco o seis semanas. Renunció, finalmente, ya que no quería sacarle más dinero y no había podido averiguar, siquiera, si Fanshawe estaba vivo o muerto. “Quinn no era ningún charlatán”, se nos cuenta con ironía. Sin embargo, sabremos más de Fanshawe cuando sea el narrador mismo quien investigue.
Podemos cerrar el libro y descreer de estas historias de ficción. La de Quinn, detective privado, el escritor que se hace pasar por Paul Auster. O la de Negro, el escritor que el investigador Azul descubre. O la historia del escritor convertido en aquel a quien investiga. Nos basta con creerle a Auster.
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© Revista Axolotl, Número 5 |