Alejandra Pizarnik,

esa ceremonia demasiado pura

 

"La rebelión consiste en mirar una rosa"

Sent. n º  004/05

 

¿Son menos nuestras algunas palabras por el sólo hecho de que alguien se nos haya adelantado a pronunciarlas? ¿Puede una voz sonarnos tan familiar, tan desgarradoramente familiar, como para confundirla con la nuestra?

Con Alejandra Pizarnik asistimos a esa comunión cósmica: la del poema que encuentra a su lector, aquel único ser en todo el mundo que padece la misma sed, que lo envuelve una oscuridad común y ríe por miedos compartidos. Aquel que, como ella, tiene miedo de no saber nombrar lo que no existe.

En “Una traición mística” (Prosa completa, “La Gaceta de Tucumán”, 1970) Alejandra confiesa los secretos de su poesía: “Voy a escribir como llora un niño, es decir: no llora porque esté triste sino que llora para informar, tranquilamente”.

Un niño que llora y descubre a cada paso, maravillándose aún por lo que lo rodea. Ver con ojos nuevos, como un niño que ve por primera vez. Ya muchos han notado que no hay nada que visto el tiempo suficiente no se vuelva interesante... y no se transforme en otra cosa. Acaso los secretos del arte y la poesía sean apenas una larga devoción.

Pero ser un niño también entraña peligros.

Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires, el 29 de abril de 1936. Pelo corto, ojos verdes y siempre adolescente. Sabía que moriría irremisiblemente de no escribir. Entonces escribió y lloró. Padeció el insomnio y la terrible limitación del lenguaje. “Te alejas de los nombres que hilan el silencio de las cosas”, repite asfixiado de imposibilidad el poema 28 de Árbol de Diana (1962).

Acompañada por el silencio y la sed, la soledad y el hambre, Alejandra se asomó al secreto del poema: “El poema que no digo, el que no merezco”. Buscando refugio en el lenguaje, debió aprender demasiado pronto que las palabras no significan nada, que son inútiles. En Los trabajos y las noches (1965) reveló que habitaba un “Verde paraíso”, se supo coleccionista de palabras muy puras destinadas a crear nuevos silencios.

Pero aquello que llamaba silencio tenía alas.

Como si se tratase de una voz en un diccionario, Octavio Paz le regala a su amiga Alejandra y a nosotros, que también nos sentimos cerca, un prólogo memorable que explica los significados ocultos del Árbol de Diana, acaso el mejor lugar para encontrar a Alejandra. Desde la química, lo refiere como la cristalización verbal por amalgama del insomnio pasional y la lucidez meridiana en una disolución de realidad. Y desde la física, apela a un observador atento: debido a la extraordinaria transparencia del Árbol de Diana, dice, pocos pueden verlo. Soledad, concentración y un afinamiento general de la sensibilidad son requisitos indispensables para la visión.

Mirar del mismo modo que mira Alejandra Pizarnik. Mirar descubriendo, dando forma, revelando y rebelándonos.

 

La rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos.

 

La mirada es siempre creadora. Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo.

Y de ese modo se puede reír también de construcciones puramente verbales, inexistentes fuera del papel y la tinta, como es el caso de “Cinabrio en Cimabue”. 

“Hace tiempo que tengo ganas de escribir una cosa importante con este título”, confiesa la autora en el cuento, apenas por debajo de aquel título que no entendemos. De inmediato alguien levanta la mano. El narrador se queja: “¿Otra vez al baño?, ya le dije que en mis cuentos no hay baño”. “No baño —le contesta el de la mano en alto—. Sólo quiero saber qué quiere decir Cinabrio en Cimabue”. 

Cuando Alejandra murió —una sobredosis intencional de seconal, dicen—, Julio Cortázar, amigo entrañable, le dedicó su poema “Aquí Alejandra”. No hay ventanas ni afuera, escribió. Aquí los juegos.

¿Cuál es la verdadera Alejandra Pizarnik? ¿La que grita imposibilidades y desgarra silencios? ¿La cronista de las atrocidades de Erzébet Báthory, la condesa sangrienta? ¿O la que ríe con un humor absurdo, parodiando diálogos a la manera de Lewis Carroll?

La respuesta es fácil: Alejandra Pizarnik es la niña que siempre juega.

La niña de los ojos pulverizados.

  

miguelsardegna@revistaaxolotl.com.ar

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