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Lewis Carrollen el país de las sonrisas |
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"Sólo cuando el trabajo se convierte en juego es admisible el trabajo" Sent. n º 002/05
No es posible encontrar una sola fotografía de Lewis Carroll sonriendo, se escribió alguna vez, con ese tono solemne que tienen las declaraciones llamadas a ser inmortales. No es importante dilucidar cuánto de verdad encierra aquella afirmación tan categórica, inútil sería indagar cuán absoluto e inmutable es aquel gesto adusto y concentrado que nos rebelan todos sus retratos: aquellas palabras son tan elocuentes que perdurarán aun ante ejemplos que demuestren su error. Alguien pensó a Lewis Carroll en estos términos y es suficiente: Lewis Carroll, nacido en Inglaterra en 1838, hijo de un sacerdote puritano, fue profesor de álgebra en Oxford durante veinticinco años. Vestía siempre de negro, era extremadamente conservador. Nunca se lo vio sonreír. Charles Lutwidge Dodgson —Lewis Carroll, según eligió firmar aquellas historias que sentía menores e indignas de sus serios tratados de matemática y lógica—, prefirió sonreír de un modo más personal: a través de los libros de Alicia. Sus complicidades y guiños, sus profundas alegrías y el sinsentido que destilaba su humor absurdo, se muestran sin falsos pudores victorianos en los libros que escribió para Alicia Liddell, su amiga de once años. En un paseo en barca por el Támesis, el 4 de julio de 1862, nace Alicia en el País de las Maravillas, la conocida historia de la niña que cae dentro de la madriguera de un conejo blanco donde encuentra un mundo subterráneo de maravillas. Acompañaban a Carroll las tres hermanitas Lidell y el reverendo Robinson Duckworth, amigo de Carroll. “Cuéntenos cómo sigue la historia, señor Dodgson”, le reclaman en el bote, esa tarde dorada. “La próxima vez”, dice él, cansado de inventar. “Ya es la próxima vez”, insisten las niñas. Confesará luego que sólo la intención de “complacer a una niña a la que quería” lo llevó a emprender la versión manuscrita y la redacción final, tal cual la conocemos hoy. “El universo consta de cosas que pueden ordenarse por clases y una de éstas es la clase de cosas imposibles” escribe Carroll en su Lógica Simbólica (1892). “Dentro de este grupo está la clase de cosas que pesan más de una tonelada y que un niño es capaz de levantar”. En el prólogo que preparó para las Obras Completas de Lewis Carroll, Borges recuerda este mismo pasaje y dice: “Si no existieran, si no fuese parte de nuestra felicidad, diríamos que los libros de Alicia corresponden a esa categoría de cosas imposibles”.
El Mundo de los Sueños imaginado
en los libros de Alicia abunda en juegos filosóficos y del sinsentido y la
paradoja, juegos metafísicos y metalingüísticos.
Carroll visitaba todos los días a Alicia Lidell, que con el tiempo se había convertido en su amiguita preferida. Para entonces, tenía infinidad de niñas amigas. Le sacaba fotos a Alicia y le hacía regalos, le escribía cartas y le contaba cuentos que iba improvisando sobre la marcha. Dicen que la pidió en matrimonio a sus padres cuando Ella tenía once años. Él tenía treinta y dos. Dejaron de verse —debieron dejar de verse—y nunca volvieron a encontrarse. A través del Espejo comienza con un poema dedicatoria para Alicia: “Aunque la ley del tiempo a los dos nos separe una vida, acoge como ofrenda este mágico cuento con amable sonrisa”. Carroll vivió, según él mismo dice, "con todo ese amor sobre el vacío, con tanta imposibilidad y con tanta infinita soledad y desamparo", ofrendándole a su musa, agregamos nosotros, lo mejor que tenía para ofrecerle, como corresponde al destino de todo artista. Alicia murió mucho tiempo después que Carroll, pero, acaso desafiando una vez más la ley del tiempo, en su agonía deliraba y pedía por él: quería oír de nuevo aquellas historias. “Solamente cuando el trabajo es una experiencia creadora, es decir —sentencia Carroll—, sólo cuando el trabajo se convierte en juego, es admisible el trabajo”. ¿Qué importancia pueden tener, entonces, las fotos? ¿Qué importancia puede tener esa sonrisa que nunca veremos escapar de los labios de Carroll? Así como el Gato de Chesire era, en ocasiones, una sonrisa sin gato, su soñador era, definitivamente, una sonrisa sin foto. Una enorme sonrisa que nunca vemos pero que, cómplice, y tan real como la propia Alicia, nos señala el camino de la magia.
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© Revista Axolotl, Número 2 |