En unos días vuelvo a La Habana, y esa futura vuelta me recordó el patio de varones de mi escuela, el patio como una plaza seca majestuosa, de paredes altas.
En un tiempo del que ya no quiere acordarse, un cazador de libros de los de brújula en mano y chaleco de quinientos bolsillos dibujó un itinerario de librerías de viejo para escapar de los lánguidos mediodías de oficina. Esas horas inciertas tan parecidas a los relojes blandos de Dalí.
El hombre siente retumbar su corazón, como si le saliera del pecho, y se ahoga en el propio jadeo. Tuvo que abandonar al caballo, compañero de tantas aventuras. Lo dejó junto a un estanque dos días atrás, ya demasiado agotado. No parece que esa libertad le fuera a durar mucho. A él tampoco.
Me pregunta: ¿No me va a negar que el espejo grande no le llama la atención? Es como estar viviendo en el reflejo, del otro lado. Porque uno no se mira mucho, hasta que está terminado el trabajo uno mira todo dado vuelta: la gente que pasa, los que leen la revista Caras esperando su turno con las piernas cruzadas.
Momo me sigue explicando las bondades de la lectura. Ella conoce el mundo gracias a la literatura. Incluso, ahora mismo está conociendo Buenos Aires, una ciudad de contrastes, algo más caótica que Baviera. Ha visitado Troya, la Tierra Media, Narnia, San Petersburgo, París. Y también ha deambulado por los círculos del Infierno en compañía de Virgilio. Yo no puedo quejarme. Mi chequera y los negocios también me han llevado lejos.
El llanto verdadero es estallido, es descarga, es liberación, es catarsis. Vemos a un tipo llorando y lo más probable es que tratemos de disimular, de ignorar la situación, aunque, seamos honestos, la desgracia ajena despierta en nosotros una curiosidad perversa.
El enamorado, sujeto a un amor sublime, ha perdido el sentido de las proporciones. Todo es demasiado solemne, todo es demasiado trágico. Quien ama no entiende de excesos, de gravedad, de simetría.
Martiniano Colombretti no fue un poeta. Deseaba serlo, es verdad, pero no por amor a la poesía. Se me acercó en una de tantas tertulias y me dijo que su meta era llegar a la inmortalidad.
En abril de 2008 se descubrieron los rezagos de dos perros en los refrigeradores de una pizzería. Los medios argentinos dedicaron al menos dos días a cubrir la noticia. Tal fue la impresión causada, que a algún panelista se le ocurrió comentar que la historia era digna de una novela de Stephen King.
En cierta reunión cometí el error de poner en la misma bolsa a Borges y a Marshall.
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Fotopaseos literarios
Noviembre fue un mes de buenas noticias en concursos literarios que nos llevaron a algunos Axolotes a recorrer rutas cordobesas y uruguayas.