Tiempo atrás, en una charla de café con Gabriel Bellomo, hablábamos de lo costoso que es describir en nuestras ficciones un lugar en el que nunca estuvimos. Él habló del Magreb. Yo mencioné a Uruguay.
Desde hace ya cuatro años, trabajo a dos cuadras de la calle Corrientes, ese Paraíso de librerías de viejo, polvo y volúmenes perdidos entre volúmenes, libros de tiempos pretéritos que esperan pacientes.
Hay infinitas maneras de armar un relato, pero el autor elige una sola. Tomará sendas muy diferentes si piensa el relato en un momento o en otro de su vida. Y nunca será posible repetirlo aunque se intente narrar lo mismo.
Una carcajada con interferencia me hace prestarle atención a la radio que suena en una oficinita interna. No la he notado antes porque ese sonido atemporal de la AM se mezcla íntimamente en la atmósfera del local tanto como la puertaventana de rejas, el almanaque con sus santos, el perfume del lavado en seco, la libreta de almacenero y la bic azul, los potus y sus macetas, el bigote de Raúl y hasta Raúl mismo.
No sólo estaba por adentrarme en prácticas rituales llevadas a cabo en una discreta casa de los suburbios, sino también en el mito de la reencarnación y, tangencialmente, en el de la inmortalidad. Debo admitir que yo deseaba superar el escepticismo. El mundo es bastante más pobre para el que no cree.
Manuel Puig nos invita a crear existencia a través de la palabra. Nos invita a enredarnos entre las hebras de los discursos, a convertirnos en verdaderos productores de texto. Me pregunto, entonces: ¿qué textos aceptaría escribir? ¿qué textos deseo, propongo, como una fuerza en este mundo tan mío?
¿De verdad alguien piensa que todo es arte? ¿Existe tal muestra de ignorancia, de noche tan oscura? Noche impuesta en cuotas que el marketing, la propaganda comercial y el deseo de sobresalir a toda costa, han logrado meter como pequeñas dosis de veneno en la mente de las masas e incluso en el mundo cultural.
Sin embargo, ni los estereotipos y el humor que me trasladaban a otras historias, ni el sentimiento de camaradería ni el acercamiento a la vida diaria eran el nudo de la cuestión. El punto es que la historia me hizo reír, pensar y, lo que más le agradezco, rememorar.
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Una noche fría de mayo —el 27 de mayo, para ser exactos— un axolotl se aventuró a la superficie para asistir a la inauguración de una exposición de pintura.