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Los tiempos que corren
Los satélites de la luna
Sólo una respiración, un resuello pausado que se agazapa para no dar sombra. Esa mezcla de rabia, deseos de llorar sobre mesas insomnes.
Sólo una bruma que nos fraterniza, el mástil de la noche confinado a su mueca, cuya virtud consiste en describirnos, guarecernos jamás, alimentarnos nunca.
Será ese dogma que es el barro nuestro, vértigo de atisbar el ojo ajeno, indicios de una sed desmesurada donde tiembla sin pan y sin origen la molicie de todas las certezas.
Sólo un mecanismo, habitud que nos induce a trasladarnos como satélites de la luna. Y somos mustios, pródigos, lascivos.
Será ese gusto a mineral en bruto, ese caballo acariciado, esa maleza siempre.
Pasajero
Te traés, pasajero, desde atrás de la lluvia. Tenés los dedos fríos de tocar los aviones, el corazón helado de invocar pura sombra. Habrá que precisar con qué ternura se te arriman al ojo sombríos ventanales, te vienen a buscar los aeropuertos para llevarte al fondo de vos mismo, volverte espejo, regresar cigarra, fraguarte en el ardor de tus pasiones y saber sonreírle a la intemperie.
Perdés todo en el viaje, pasajero: tu identidad en tránsito, tu irrevocable whisky y tu filosofía del arrabal amargo que ocasiona tremendas redundancias cuando en la visa escriben tus datos personales, cuando querés llorar y no estás solo, cuando querés reír y estás sin nadie.
Vanderley
Descarnada, procaz, Vanda venías. Hija del hambre, cínica ejecutora de tan irrespirables carcajadas. Siglos de destrucción, Vanda, de asco. Las tripas, las costillas, los excesivos ojos y sus brazos de sangre, Vanda, tu olor rodando por el cuarto, el pánico que yo desconocía, Vanderley, volvedora de la muerte, cuya ciénaga entraña la humedad de los puertos, cuyo calor arrastra la acritud de las cárceles.
Novia del miedo, Vanda, víctima de tus huesos milenarios, muerte volviendo de su propia muerte. Vanda, te escapo siempre desde entonces, el sueño es ese lecho donde jamás dormiste el amor es un cuerpo que no tocaste nunca.
Objetos varios
En cuánto ardor ardí de puro tigre cómo fui piedra cómo explosión de vos y no te odié.
¿Qué noche qué prisión no he contenido? cuánta tersura sabe la memoria del tacto cuánto ahínco la llave del deseo que me volvía perro entre los perros continuación de vos bruta herramienta.
¿Qué diente no me atina qué enemigo no he visto en cada espejo? yo talismán yo néctar yo carnada para la red voraz de tu apetito acéfalos tus labios más soplo reclamaban más huella más renuncia más prodigio cómo fui viento cómo región de vos y no te odié.
¿Qué acero qué fantasma no me hiere? yo carne yo derrumbe yo testigo del odio abandonado en su dilema del amor enterrado en su proeza.
La mala
Andás como sobrándole a la noche. Sin próxima estación ni chau suburbio, cuerpeando la vergüenza del animal domado, aferrado a una carne que no es tuya.
Y en casa tu cielito, tu callecita propia donde cada ladrillo te resulta fraterno y el sueño que estibás te reconoce.
Sos el umbral, la abdicación del tiempo, la pasión del revés, el alma rota.
Aburrida la noche de arrojarte pedradas, te concede el cansancio, te da un banco de plaza y un perro callejero que te mira a los ojos; y parece decirte huyamos juntos.
© Guillermo Mario Bianchi Guillermo Mario Bianchi fue finalista en el I Certamen Literario Revista Axolotl. |
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