Por todo

 

Escribo por el alma muerta,

la inmerecida lágrima.

la oscuridad de la sangre,

el grito de los huesos.

 

¿Pero que suerte de caminos se llevó la noche?

¿Adónde puso fronteras? para que los cielos

se desmoronaran en las manos por el vértigo de mirar

                                                                        hacia arriba.

 

Es un pago ser feliz que se devuelve con infiernos,

caminando cada jornada con un dolor más al desafío.

                                                                       Con la vida al hombro.

Soy los ojos acribillados por el sol de la codicia.

Gigante de miel entre la gente.

Frente de hielo a desbarrancar la hiedra.

Herida que se agranda.

Luz inquieta inagotablemente.

 

Después de todo palpito a contrasoga

la venganza de miles de elefantes,

a desencadenar las cruces en un desierto

de árboles caídos.

 

Vivir una vez mas, es suficiente.

Es una dicha.

 

Sin embargo, polvareda de vidrio de los dioses,

canción de las ciénagas,

adonde empiezan a caer

a desmayarse

a desangrarse

las sombras tristes

de mi corazón cansado.

                                      Cansado como un gorrión debajo de la lluvia.

 

 

Si fuera cierto

 

Estoy sentando.

El resto se va de mí,

a la ironía del día

a frecuentar la luz.

 

Mi alma se ríe de la risa.

Se agrega a la pequeña hormiga,

se llena de bichos canastos,

y adora los silencios del domingo.

 

Dibujo con las moscas

sombras inquietas entre las hojas mojadas.

 

Cuando salgo de mí estoy vivo.

No existo entre la niebla.

No tengo que soldar ladrillos desangrados.

No debo impuestos.

No pago con insomnio.

Acaricio el hervor del agua en los infiernos.

Libero ausencias programadas.

Empalo los cadáveres de los ojos

Y no le doy de comer lágrimas al recuerdo.

 

Cuando salgo de mí no tengo rabia.

Visito pequeños charcos,

pisadas menudas de jilgueros,

al viento de octubre, cantador de lluvias pasajeras.

 

Después las voces que reconozco,

cuando cae el sol sobre los perros

regresan de los viejos corredores,

por mi sístole del miedo y del dolor.

 

¡Ah!, salir de mí.

                            Si fuera cierto.

 

 

Hombre

 

Soy un gran precipicio.

La llaga que cae desde el ojo.

La arruga del desierto.

La rosa deforme que mira desangrarme.

Soy la hebra del cielo.

Jaula ardiente entre las piedras.

La ceniza bebida por mis lágrimas.

El sol que cierra sus alas.

El amargo hombre con tristeza.

Pero hombre.

 

 

N.N.

 

¿Fue posible tanto viento?

¿Tanto río en los muertos?

¿Pero que nombres se llevó

nuestra eternidad?

 

¿Dónde la vida murmura

su mejor aleteo,

el furioso pregón que desanduvo víctimas,

que llama a las cenizas

y enciende velas con las quejas?

 

¿No vieron el cielo?

¿No vieron los pañuelos?

 

Nosotros no vimos los huesos.

 

 

El poema

 

Vengo a entrar al poema.

Con mí silencio a robar

su frenética luz,

su eternidad caída a todas las lenguas,

su avaricia en las estrellas.

 

Se hace propicio besarlo

en la lluvia cuando duerme

entre los pájaros.

Y en los árboles hacen la primavera.

 

Aparece en un instante perpetuo.

Con toda su hambre llevarlo, con toda su hambre, a una estación de aplausos.

Atraparlo es la prueba.

Es inmortal

 

Tibio de semillas con los jilgueros

golpeará las sábanas

donde la luz de mi desnudez se suena los pies.

Y traerá las curvas de los sueños,

pero también los túneles

adonde se halla la trampa para no dejarme ir jamás.

 

 

© Juan Coronel Maldonado

Juan Coronel Maldonado fue finalista

en el I Certamen Literario Revista Axolotl.