Fin del episodio

 

el ring del teléfono alborota los objetos levemente perfilados de una pieza

                de hotel.

Nadie contesta a la única llamada que recorre la ciudad.

La lluvia, la mansedumbre, el

        detective recostado y  tan semejante

                aun disimulando mi costilla hundida.

Y sobre el fondo negro,

la mano de una mujer desnuda se desploma del hombro

como un cuerpo que explica por sí mismo

el movimiento perpetuo.

 

 

Retrato junto al terrier encadenado

 

en la espera

el vidrio me refleja junto a él y a una columna del alumbrado.

Desde lo Otro, desde el interior del supermercado,

ella arribará con su lista de vituallas al borde de mi fastidio y partiremos.

También él, encadenado a los olores que ama.

 

 

Bajo Belgrano: la curva

 

el camino no se curva corrijo al recuerdo

sino a la altura del segundo monobloc.

El bullicio de los loros y la sombra

alertaron sobre el recuerdo: cómo erosiona

pero como siempre (o la simulación de la palabra)

truena cerca del río,

el avión que volará de los árboles.

 

 

"Pon tu cabeza sobre mi hombro"

 

adiós a los sapos, chajá, río Reconquista

cuanto os odié. Adiós

a la casilla de madera. Adiós hasta el final de los años sesenta.

El ruido en el Bajo Belgrano de un jet  suspende el tiempo

para continuar,  poco antes de partir,

en aquel estruendo del rayo sobre el pavimento.

¿Es este el fin? ¿Nada se rompió? pregunto entre el mate que sorbo

junto a la ventana observando si la lluvia cesa

sobre los techos de chapa y los escombros.

 

 

Enésimo abordaje a los árboles esfumados

 

desde mi punto de observación

el agua declinará en un techo hasta el marco negro de la ventana.

Un recuadro de este momento indicado provisoriamente como frágil.

El tema, techo mediante,

            ruido y silencio presentes, por  fin adviene:

los árboles esfumados del Bajo Belgrano,

  la luz

de la alameda, la luz pulverizada en la curva.

 

 

Leyendo "Las nieves del Kilimanjaro", de Hemingway

 

junto a los latidos del reloj

recuerdo la imagen en partes de un ciego a espaldas del mar brilloso.

Y no consigo aproximar los bordes.

“El talento consiste en cómo vive uno la vida.”

Y la otra de Hemingway que subrayo para describirme:

“Cuando despertó, anochecía.”

 

 

Escrito aún provisorio

 

mira la pared y el verso que escribo no se anima. Después

del primer aliento, el Gran Abismo.

Los versos no circulan nada, parten y retornan siempre por el mismo punto,

una lenta estela

que repentinamente oscurecen los nubarrones.

Las paredes se alzan como olas

y una chica  en el Rosedal parece Merle Oberon, la del cine

y no tanto a mi madre.

Mira la pared. Los versos  que no circulan nada poco la reflejan.

¿Y si apaga la luz que acompaña la espera? Si apaga el

miedo a la gigantesca oruga  que se abalanza hacia el andén en fuga, si

apaga el miedo a las noches del redoblante ¿la muerte continúa?

Las aguas desembocan en el Gran Abismo. “Nunca me

habla”, le comenta a mi padre.

Las aguas caen,

ensordecen.

 

 

Un paseo

 

al fin hiciste lo que pensabas:

un agujero hacia la derecha para correr el clavo y ubicar casi

    en el mismo sitio

un plato incomparable. Ese día

o el día posterior al que corriste el clavo, viajamos al centro de la ciudad.

 

Una epopeya para la recluida.

 

De regreso, próximos al Palacio de la Pizza,

llamo a tu mirada

para evitar al mendigo que exhibía un pie partido.

 

 

El horizonte inclinado

 

otra vez Fader

mientras espero que el chirrido de una puerta

                                aprenda finalmente mi nombre.

El horizonte declina hacia la derecha sosteniendo una iglesia.

Hacia abajo, la memoria insiste

 no obstante

                     la probable falsedad de lo que compone:

pedregal y arbustos.

El cuadro revela ahora, en la pared de un consultorio médico,

el error humano, el infinito tan próximo por imperfecto.

“Un eje entre materia y espíritu”, dice el tipo

      que llora frente a los noticieros por la pobre Argentina.

 

 

Espantado por una estatua viviente

 

el meteorólogo anuncia lluvias.

Las nubes avistan una vida incómoda

          regresando por la peatonal.

 Cirrus, altostratus, stratus

          entre las nubes altas, medias y bajas.

Y las nubes con desarrollo vertical,

           los cúmulumbus, las más peligrosas.

Al final de la tarde, las primeras gotas.

Pánico del pibe al moverse lo inmóvil

          densamente

 negro.

© Pedro Donangelo

Pedro Donángelo fue finalista

en el I Certamen Literario Revista Axolotl.