Enigma de la playa

Que le crean, pidió, rogó;
con llanto escarlata, hirviente, rogó:
que le crean a ella, la que desespera el viento,
la de noche en neblina;
aseguró y aseguró:
vio aquello, sin duda, en el último punto del muelle,
donde la muerte se zambulle
y comienzan las aguas de oscura boca.
Que le crean, pidió, rogó;
no mentía, dijo, no mentía;
que le crean a ella, la loca de la playa,
la amante de los peces en celo;
vio aquello, lo vio
donde los ojos alcanzan a ver pero no miran,
en el lugar donde se zambulle la finitud.
Que le crean, pidió, rogó, con llanto escarlata,
a ella, la despiadada de sí,
la que convive con serpientes debajo de la arena
y grita de espanto, furia,
en el final del muelle, dijo, al final.
Alguien le crea, pidió, rogó la desolada.
Que acepten: sus ojos abarcaron la últimas piedras
y llegaron donde nadie.
Donde se zambulle Dios.

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...a la pequeña de pestañas blancas
y amor en sus ojos de almendra...

Cae en la playa la tarde que soy
herida de faros y gaviotas nocturnas.
Un follaje de arena pasea mi cuerpo
escanciado por la brisa que lo cubre.
Cómo no recordar las noches en el muelle.
Las carreras invencibles entre luna y agua.
El camino plata sobre ondulaciones perfectas.
Recordar árboles vestidos de milagro.
Sí; cae en la tarde la playa que soy,
mi pequeña de pies blancos.
¿Dónde llevaste tu alegría de calandrias?
Juego acertijos desde aquel aciago día.
Apuesto: tus ojos me besan en este instante azul.
Mira, hay una floración de ángeles
en la mitad del cielo.
En la otra, una dulce jauría de amapolas.
Ya la noche es mayor y danza misterios sobre el mar.
Ha caído en la espuma la playa, la tarde que soy.

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Cuando ya no esté...

¿Quién pondrá el pie
sobre la marca que dejó el mío?
¿Quién mirará estos árboles
donde mis ojos dejaron huellas?
Alguien oirá cantar un pájaro
que será otro.
Alguien respirará los mismos pinos
de un verde más cansado.
La vida será un papel en blanco
y no lo podré sellar con mi palabra.

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La mujer que fui

Mi nombre entra a una lágrima

Yo te vi en mediodías ardidos de verano
cobijada en el frescor de sombras y de ramas.
Te vi tejiendo anillos con la felicidad
mientras cerrabas pactos de infinito.
Con la boca dulce, te vi, llena de verdes.
Danzabas sueños hechos de paisajes.
Eras colibrí que libaba en el amanecer más hermoso.
Bebías palabras, escribías poemas.
Te nacieron libros –¿recuerdas los años?- .
Te llenabas de pupilas tatuadas de cielo.
Yo te vi sentada junto a la alegría;
correr en grandes círculos jugando al mundo.
Regalabas frases; perseguías insectos invisibles.
El día te estallaba de luz perfumada de voces.
Ella –la pequeña de pestañas blancas
y mirada como almendras- ,
olisqueaba el aire, la vida, el pasto.
Las otras volaban, rodeaban tus libros, picoteaban arroz.
Te vi rodeada de amor en tardes que partían.
Te vi en invierno, cálida y feliz.
Recogías en otoño hojas escarlata y admirabas su belleza.
Te sentías plena con los brotes de septiembre
y con lluvias de octubre bordabas la dicha.
Te vi plácida entre árboles junto a la eternidad.
Sí; yo te vi. Eras mucho, mucho más
que esta pobre mujer que hoy esconde sus ojos.
Mucho más que esta tristeza.

 

© Susana Cattaneo

Nació en Buenos Aires. Es licenciada en psicología. En el ámbito literario tiene editados diecisiete libros, uno de cuentos, varios de poemas y de poesía en prosa.

Obtuvo primeros, segundos y terceros premios; también la Faja de Honor de Escritores Argentinos (ADEA), en el año 2000, y numerosas menciones.  Participó en muchas antologías, algunas de otros países.

Desde hace seis años coordina junto con otras personas el café literario “Lugar de decir” y acaba de dar comienzo, junto a Yadi Henao y Gustavo Tisocco, al café “Extranjera a la Intemperie”, nombre que también lleva la revista literaria que edita desde 1998.

Su obra fue parcialmente traducida al inglés, francés y portugués.