Prosa
poética
El
talón
Que más podrías, hija de
Aquiles, que cantar entre las pulsaciones de tu atrapado corazón,
que rogar porque el veneno se riegue entre el bamboleo de mimos y el
desfile de vidrios triturados que presientes. Herida estás, de
muerte, entregada a que los ríos de savia te desborden en la
intoxicación por sobredosis de cobalto. Febril esperas que se
extienda en tu paisaje aquella pócima que en certera puntería te ha
irrigado la saeta enviada. Goza y cántale al oportuno festín de los
perniles, que de un solo bocado te ha tragado. De nada vale retirar
el dardo que encontró tu débil punto, déjalo volver allí las veces
que prefiera; pide que lo lance otra vez, ruega porque encuentre de
nuevo esa nota que a vibrar te manda. Clave de sol, que entre
acordes te convierte en Mesalina, entrégate toda, déjate pulsar,
abre el compás de tus piernas que te convierte en melodía.
Bebe
Querida Doncella,
zambúllete a ojos cerrados bajo las aguas del Rin, acaricia el agua
con tus movimientos rítmicos, danza y canta en el borde de las olas
y espera confiada que ellas giren a tu alrededor como lo hacen los
planetas en torno al sol. Tu tristeza sólo es la sombra del
miércoles, espántala en el recuerdo de cuando fuiste hija de la
niebla; pasa cabalgando sobre ella bajo el puente del arco iris, sin
desfallecer un segundo. Empuña tu ira para guardarla en la funda de
la indulgencia. Comprende la enorme ventaja que entraña el olvido y
toma de la copa mágica que calma la sed de verdad, esa que una vez
despertada, nunca se apaga hasta que es satisfecha. Bebe.
Donación
Extiendo mi alfombra roja
a tus pies. Lanzo mi piedra al estanque para borrar la sombra del
pájaro con las ondas de mi marea. Convoco pulso y presión para
insuflarte la dosis exacta que te salve letra por letra. Me hermano
con tu yacimiento poético desde la brevedad que puedo aportarte. Me
escurro en gotas de llanto pretendiendo saciar tu sed. Vierto en tu
esencia la mía y te hago mi pariente desde este parir nostalgias. Y
en esta íntima transfusión de extracto me entrego pleno. Vivo ahora
en ti, espero no me cobres alquiler.
Temblor
volcánico
Y un Drácula en el
desierto nos perseguirá, pero detrás del oasis imaginario estaremos
a salvo, guarecidos de su mordida que seca verbos y sustantivos. Y
en el más bajo interés de nuestra deuda comenzaremos a pagarla con
letras de gratitud; agazapados entre las palabras que nos ocultan. Y
serás llamada pesimista porque dirás la verdad antes de tiempo, y
yo: ladrón, cuando encuentre las cosas antes que se le pierdan a su
dueño. Y sanará la herida en la piel de la diosa, cicatriz cerrada
tras la puerta del olvido. Y nos lanzaremos por el agujero negro, o
lo que tengamos más a mano; intentando conjugar/conjurar las
serpientes de las que manan sangre, saliva, secreciones y sudor. Y
mientras sigamos fieles al instinto, más que a la compañía,
resistiremos las agresiones de la soledad tras las partidas. ¡El
poder cicatricial; la divina facultad del olvido!. Esa quintaesencia
regeneradora que nos libera del rabo prensil del diablo. Sólo
quedarán leves indicios, mutará la estocada en pinchazo en tanto
digamos no, pero caminemos hacia la cita. Y darás los pasos para la
segunda transfusión, y dejaremos pendiente la tercera resignación
para los que se unan. Vamos pues, contagia mi menguada luz a tu
pabilo, transcríbela. Y circúlala como mecha detonante para que se
vuelque en tu torrente. Y esa llama que desprenderemos será copiada
a trasluz por quien quiera acompañarnos en el delirio de transmigrar
almas, de donar resina que fluye, de encender de nuevo este horno de
fundición azul. Regresará la caldera a su esencia de cráter que hace
erupción de roca fluida. Y emergerá de nuevo lava surgida de
hemoglobina. Y al despertar mañana quedará todo relegado a pesadilla
© Aymer W. Zuluaga |