Murasaki Shikibu

del Japón de la Corte Heian a esta tarde de lluvia en Buenos Aires

 

"La novela surge porque la propia experiencia del narrador

le produjo una emoción tan arrebatadora

que no podría tenerla encerrada más tiempo"

Sent. n° 015/07

 

Alguna vez comparada con el Quijote, La novela de Genji, de Murasaki Shikibu, es una delicia de corredores imperiales y seducción cortesana.  Es un viaje al Japón resplandeciente del período Heian, entre los años 794 y 1185, y sin embargo ya la estructura y la música del comienzo de la historia arrastran a esa evocación de aventuras y parentescos literarios imposibles. ¿No me creen? Pues lean: “En la corte de cierto emperador, cuyo nombre y año en que subió al trono omitiré, vivía una dama que, aun sin pertenecer a los rangos superiores de la nobleza, había cautivado a su señor hasta el extremo de convertirse en su favorita indiscutida”.

Luego sabremos que esa dama es la madre del príncipe Genji, y que morirá de tristeza. Luego sabremos que Genji se enamorará de la nueva favorita del emperador, que todos ven tan hermosa como era su madre. Se trata de Fujitsubo, llamada así porque fue instalada en el pabellón del jardín de las glicinas, las fuji. Aunque las conquistas amorosas de Genji se suceden sin interrupción, siente que precisamente aquella mujer que no puede apartar de su cabeza, nunca será suya.

Desde aquel Japón, Murasaki Shikibu consigna una auténtica teoría de la novela que podría haberse escrito ayer. Sentencia: “La novela surge porque la propia experiencia del narrador acerca de hombres y cosas le produjo una emoción tan arrebatadora que no podría tenerla encerrada más tiempo en su corazón”.

 A partir del siglo XIV, debido a la evolución del idioma, La novela... se volvió incomprensible para los propios japoneses, y fue relegada a las vitrinas de coleccionistas y filólogos. Por varios cientos de años permaneció cautiva, alejada de los lectores entusiastas y hedónicos que merecía. Recién en 1914 alguien se atrevió a rescatarla del japonés medieval: la poeta Akiko Yosano.

Numerosas versiones sucedieron a esa primera. Notables escritores japoneses  emprendieron su traducción, devolviéndole el esplendor que merecía y que no se había apagado con la pátina del tiempo. Tanizaki fue uno de ellos. El propio Kawabata, primer Premio Nobel de Japón, preparaba una edición que interrumpió su muerte. “La novela de Genji es la cima de la literatura japonesa” escribió. “Hasta nuestros días no ha aparecido una obra de ficción que se le acerque”.

La traducción completa al español recién comienza en el año 2005. Hasta entonces sólo existían traducciones parciales, recortes caprichosos de algunos fragmentos. Y como suele suceder en estos casos, no una sino dos traducciones irrumpieron de manera simultánea. De golpe, de manera absolutamente insospechada, había que elegir entre la edición de Destino, que incorpora entre cada capítulo una nota monográfica con referencias históricas, literarias y pictóricas; y la edición de Atalanta, que es ilustrada. ¿Cuál elegir? ¿Es más sensato privilegiar las notas o las ilustraciones? El Japón del príncipe Genji es tan misterioso y deslumbrante como la historia del propio Genji. Me llevé los dos tomos de Ediciones Destino, “Esplendor” y “Catástrofe”, la historia del príncipe Genji y su descendencia. Una estética propia de oriente: contar historias que no tienen fin, aventuras que se prolongan más allá del tiempo en el que sus protagonistas ya han salido de escena y le han dejado su lugar a otros nuevos.

Las fuentes consultadas por Ediciones Destino no serían las traducciones al japonés moderno. Ni la inaugural de Akiko Yosano, ni la de Tanizaki, ni las de Fumiko Enji (acusada de haberse tomado excesivas libertades), ni la de la monja budista Jakucho Setouchi, la más popular y leída en Japón.

Editorial Destino tomó la edición en inglés de Arthur Waley, publicada en 1933. Xavier Roca-Ferrer, responsable de la traducción, los comentarios y las notas, señala que “Waley amaba el Genji como no lo ha vuelto a amar nadie” y parece confiar en que aquella sentencia será suficiente para justificar no haber recurrido a los cincuenta y cuatro capítulos originales.

Casi anticipando nuestra objeción, Roca-Ferrer cuenta que Mishima se hacía traducir sus novelas al inglés, corregía personalmente la traducción y luego imponía a sus editores que partieran siempre del aquel texto para cualquier traducción posterior, evitando el original japonés que no tenía bondades para ofrecer, que consideraba fuente de obstáculos y desaciertos. De la correspondencia de Mishima descubrimos que tenía un trato constante con Ivan Morris, el más destacado de los traductores que se ocupó de su obra.

Las notas de Roca-Ferrer suelen ser atinadas, hasta que sin que nadie lo interrogue al respecto, en una alusión lateral y menor, al pie de una página perdida entre otras 886, consigna su juicio sobre la escritora Sei Shonagon, una de nuestras mayores heroínas. Nosotros le profesamos un cariño incondicional a Shonagon, contemporánea de la autora del Genji, también cortesana, también de una inteligencia refinadísima, también recientemente traducida por primera vez al castellano. Creemos conocerla bien tras haber espiado las largas listas de su cuaderno de notas, los extensos catálogos de experiencias cotidianas y no tan cotidianas titulado El libro de la almohada. Pero Sei Shonagon y Murasaki Shikibu no se llevaban bien entonces, hace ya más de mil años, y ese duelo se ha vuelto inmortal. Es el año 2005 y Xavier Roca-Ferrer decide el lugar que le corresponde ocupar a Shonagon dentro de la literatura, y la relega al papel de “deslenguada rival” de Murasaki Shikibu. Oscuras vueltas del tiempo, que confunde y hermana destinos: Ivan Morris no sólo tuvo que ver con Mishima sino también con estas dos damas. Tradujo El libro de la almohada y escribió El mundo del príncipe resplandeciente, que retrata el mismo entorno social y cultural de Genji.

En aquel Japón, una parte fundamental del cortejo amoroso correspondía al envío de cartas. En su libro de la almohada, en el primer inciso de su catálogo de cosas molestas, Sei Shonagon consignó la siguiente circunstancia: “Una ha enviado un poema (o respuesta) a alguien y, luego de que el mensajero ha partido, encuentra un par de palabras que corregir”. Por su parte, Murasaki nos cuenta que son muchas las cartas que ha recibido Genji, y muchas las que ha enviado. La señora de la casa de las flores de luna, una mujer sin rasgos excepcionalmente hermosos, pero tan delicada y atractiva que Genji teme oír su voz; una pequeña que viste un uchiki púrpura, y que por siempre le recordará a la lavanda; la mujer de una nariz larga y roja como el azafranillo, pero que tiene una deslumbrante cabellera lisa que arrastra por el suelo. Aún no lo sabemos, recién recorremos los primeros pasos con Genji, pero su interés por Fujitsubo y por cartas que reflejan amores contrariados, desaires de alguna dama que consiente en mantener una discreta correspondencia ocasional, lo muestran como ninguna de sus infinitas conquistas lo hará más adelante. La diferencia entre deseo y satisfacción, el límite preciso en el que la búsqueda se transforma en destino.

Una tarde de lluvia en la Corte de Heian, Genji despliega sobre un estante todas las cartas que posee. Es sencillo reconocer que se trata de cartas de amor: algunas aún conservan restos de perfume. Lo percibo ahora, en esta tarde de lluvia en Buenos Aires en la que Genji me susurra historias desde el anaquel más cercano de mi biblioteca.

 

© Miguel Sardegna

miguelsardegna@revistaaxolotl.com.ar

 

ilustraciones, Utagawa Kuniyoshi (1835-1900)

 

 

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