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Ray Bradbury,
ayer y mañana |
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"Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta,
saboreen la oscuridad"
Sent. nº 014/07
Lluvia, melancolía, Marte, niñez, feria, cohetes, magia, sirenas, carrusel, arena, olas, nostalgia, recuerdos del día en que conocí a Ray Bradbury. Han pasado más de diez años, fue una tarde sepia de 1997.
Ray Bradbury había sido invitado a dar una charla en la Feria del Libro de Buenos Aires, en ese entonces, en el predio de la Facultad de Derecho. Mi hermano Sebastián y yo no lo dudamos: queríamos conocerlo, queríamos verlo de cerca.
Yo ya conocía al bombero Montag, ya sabía a qué temperatura precisa el papel comienza a arder. Conocía algunas crónicas marcianas, sabía de colonización, de alienígenas, de telepatía. Años atrás, una carretera perdida en algún lugar de Wisconsin me había conducido al hombre ilustrado: esa acumulación de cohetes y fuentes y personas dibujados con tanta minuciosidad que era posible oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Fue la misma noche desolada de la confesión: “Cada ilustración es un cuento”. ¿Cómo no preguntarme ahora, apenas diez años después, por el cuento diecinueve? ¿Qué cuento me habría contado el tatuaje que vi en el omóplato derecho de ese hombre? Una serie de cuadrados eslabonados, líneas rojas, hilos de fuego que se cruzaban y se superponían en un entramado minucioso.
Pero esa carretera de Wisconsin me llevó aun más lejos: aterricé en el país de Octubre, donde siempre está haciéndose tarde, “donde el mediodía pasa rápidamente, donde se demoran la oscuridad y el crepúsculo”. Un país de lluvias y de hojas secas.
Todos esos paisajes había recorrido antes de esa tarde de 1997, conocía íntimamente las palabras de Ray —todas hermosas, todas desgarradoramente nostálgicas—, pero no conocía su voz.
“Recuerdo el momento exacto en el que supe que sería escritor” sentenció Ray Bradbury en la Feria del Libro, para mi hermano Sebastián y para mí.
Por esos tiempos, mi hermano y yo aprovechábamos cada día de nuestras vacaciones para leer. No, no cada día: cada noche. Como todos los chicos de nuestra edad, sabíamos de la magia de las noches.
Bien tarde, cuando por fin papá apagaba la tele, cuando todos dormían en casa, cerrábamos la puerta de nuestro cuarto y prendíamos la luz. Poníamos una frazada bajo la puerta para que no nos delatara la claridad que se colaba hendijas afuera, y leíamos. Recuerdo que nos escondíamos para ir a la cocina y tomar soda, procurando que nadie descubriera nuestras vigilias insensatas, ese capricho tan heroico de robarle horas a la noche. Eran veladas que terminaban demasiado tarde, o demasiado temprano: recién al amanecer deponíamos nuestra actitud. La mañana, siempre la mañana carga con la culpa. Tras cinco o seis horas, dejábamos de leer por pudor, nunca por hastío.
Pero fuimos perdiendo esas noches, creo que perdimos el coraje de repetir aquella magia. Supongo que crecimos. O envejecimos, que no es lo mismo.
Recuerdo, también, algunos años antes, otra magia apenas diferente. Toda la familia veraneaba en Mar del Plata, y esa era otra hermosa posibilidad para la lectura. Arena, sol y libros: en Mar del Plata empecé a leer novelas de adultos, lo recuerdo bien. Y con un condimento: siempre había un plazo para terminarlas.
Mi hermana Verónica leía a una velocidad increíble, envidiable. Recuerdo que en esos tiempos, en Buenos Aires, solía encerrarse en el cuarto de mis padres, en la cama grande, y no se levantaba hasta terminar de leer Mujercitas, Ocho primos o alguna otra novela de Luisa May Alcott. Debe haber leído la colección completa de Robin Hood, la de las tapas amarillas. En casa teníamos una sospecha, que nunca le confió nadie, hasta ahora: Vero, no es posible leer tan rápido. ¡Confesá! ¿No es cierto que salteabas párrafos, páginas, capítulos enteros?
El caso es que en Mar del Plata nos gustaba cambiar las novelas por otras. Ibamos a la Galería Moreno y por unas monedas —literalmente por algunas monedas— cambiábamos la novela que acabábamos de leer los dos por otra de la misma colección. Yo no podía rezagarme en la lectura porque la dejaba a Verónica sin nada para leer. Así, tenía que descubrir nuevos momentos para leer, instantes en los que ella no lo hiciera —cuando ella miraba la tele, jugaba a algún juego de mesa, dormía, desayunaba—, de otro modo nunca podría alcanzarla. Por aquella época debemos haber leído juntos todas las novelas de Agatha Christie editadas por El Molino, esa colección con el dibujito de un búho en la portada.
“Recuerdo el momento exacto en el que supe que sería escritor”, escucho decir una vez más a Ray Bradbury. “Lo supe el día que terminé de escribir ´El lago´”.
El lago.
Se trata de uno de los cuentos más hermosos que he leído en mi vida. Y el más triste.
Harold en el agua, en la playa. Y el recuerdo: Tally. Tally nunca había salido del agua ese lejano día de mayo. Nunca había salido, sin importar cuánto gritara su mamá. El guardavidas no había podido hacer nada, y Tally nunca había vuelto. “¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!” grita Harold ahora, en el otoño solitario.
Harold sabe que es el último día allí, su mamá le ha dicho que se mudan al oeste. Y entonces, acaso como despedida, construye un castillo de arena, hermoso y alto, como los que solía hacer con Tally. Pero no lo construye completo sino sólo hasta la mitad. “Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta”, dice.
Han pasado diez años —curioso: de nuevo se trata de diez años— y el azar conduce a Harold de regreso a Lake Bluff. “El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas las cosas que uno dejó atrás hace muchos años”. Un guardavidas acaba de encontrar el cuerpo de una niña muerta, hace mucho tiempo, diez años atrás. Y a pocos pasos, caminando al borde del agua, Harold encuentra un castillo de arena, a medio construir. Un castillo como los que solía hacer con Tally. Ella, una mitad y él, la otra mitad. Del lago proceden pequeñas huellas de pies, huellas que salen del lago y vuelven al lago.
Harold se arrodilla. “Te ayudaré a terminarlo”, dice, y hunde las manos en la arena.
“Ese día lloré”, dijo Ray Bradbury en la feria del libro, hace diez años. El día que terminé de escribir “El lago” supe que sería escritor y lloré.
Ray Bradbury será asociado por siempre con la ciencia ficción, aunque muchas de sus novelas y cuentos —“El lago” entre ellos— nada tengan que ver con el género. Y es que Ray ya es un autor clásico, ha ingresado al magnífico panteón de los autores que serán leídos por siempre, confundiéndose en una vorágine de fechas y de antecedentes falsos. Poco puede importar que naciera en Illinois, en 1920. Del mismo modo que no importa que Poe nació en Boston o Maupassant en París.
No cuesta imaginar a Montag caminando por la vieja vía ferroviaria —bombas como telón de fondo: el mundo se derrumba, colapsa—, no cuesta imaginarlo repitiendo Fahrenheit 451, palabra por palabra.
En cualquier caso, hay una cadencia que puede rastrearse en todas las páginas que ha escrito Ray Bradbury, se trate del género que sea. El eco de un perfume bien preciso: acaso la madreselva, el diente de león, la lluvia.
Pensar en Ray es volver a mi infancia, recordar a mis hermanos, a mi familia, es incurrir en largas listas de sustantivos, extensos catálogos de sensaciones y perfumes.
Leí en Zen en el arte de escribir —un librito inhallable— que en sus comienzos, para la época en que escribió “El lago”, Ray hacía extensas listas de títulos, líneas interminables de sustantivos: era su procedimiento para escribir historias.
De niño yo no quería ser astronauta, como el resto de los niños del mundo. Mis sueños siempre fueron más modestos: yo siempre soñé con ser escritor. Como Ray.
¿Será cierto que uno escribe siempre el primer libro que leyó? Ahora, ya grande —o viejo, no sé—, de noche, cuando Mariana duerme, ensayo mis propias listas, mis catálogos de maravillas personales: Lluvia, melancolía, Marte, niñez, feria, cohetes, magia, sirenas, carrusel, arena, olas, nostalgia.
© Miguel Sardegna
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