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El arte según Walter Pater |
"¿Hay algo tan real como las palabras?"
Sent. n° 013/07
Walter Pater nació en Shadwell, Inglaterra, en 1839. No fue novelista sino un estudioso del arte y escritor de artículos críticos, un profesor universitario que aprovechaba sus vacaciones para realizar viajes culturales por Europa.
Creía, como Victor Hugo, que estamos condenados a muerte, aunque desconocemos la fecha de la sentencia. Entendía que sólo disponemos de un breve intervalo antes de caer en el olvido. Nuestra única posibilidad es ensanchar ese intervalo con la pasión poética, el anhelo de belleza y el amor al arte. Erigió la teoría del arte por el arte, que alinearía en sus filas a los personajes más ilustres del siglo XIX, Oscar Wilde entre ellos. Declaró: “El arte llega a nosotros con el único fin de aportar a nuestra breve existencia una cualidad sublime, simplemente por amor a ese momento fugaz”.
Todas las pasiones de
Pater, presentes en sus ensayos, están también retratadas en Mario el
epicúreo (Marius the epicurean, 1885), la única novela que terminó.
Sus pensamientos de siempre están ahora en movimiento. Mario, un joven patricio
romano, es quien habla, quien transita dudas y certezas.
William Yeats afirmó que aquella novela fue el único libro sagrado de su generación.
Pater y Wilde se habían conocido en 1874, once años antes de la publicación de Mario el epicúreo, cuando una beca llevó a Wilde a Oxford. Pater, que ya era una de las figuras centrales de las corrientes estéticas y creadoras, inmediatamente deslumbró a Wilde.
Esa admiración nunca perdió intensidad, aunque hacia el final de sus vidas los distanciaría el modo diferente de vivir esos mismos postulados hedonistas. Wilde —de Irlanda por raza, de Oxford por cultura— llegó a decir que los ensayos de Pater constituían “The Holy Writ of beauty”, las Sagradas Escrituras de la belleza.
Con sólo volver algunas páginas de esta novela de Pater asistimos a un descubrimiento feliz: es la primera vez que leemos a Pater, pero la sensación que nos embarga es la de reencontrarnos con un viejo amigo, con un amigo de la infancia que añoramos.
Y es que a medida que
acompañamos en su camino a Mario, convocado por el mismísimo Marco Aurelio,
crece la sospecha de que muchas de sus
preocupaciones
ya las hemos vivido antes
bajo la forma de epigramas en El retrato de Dorian Gray (The Picture
of Dorian Gray,
1891).
Tanto Pater como Wilde entendieron que el modelo de todas las artes es la música. Mario ansía que su propia existencia se parezca, día a día, a una pieza musical bien ejecutada, ajustándose a un tipo de cadencia o armonía, a ese movimiento perpetuo de las cosas que había visto Heráclito.
Ambos sintieron el poder de las palabras. “¿Hay algo tan real como las palabras? ¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles son!”
Ambos sabían que el arte no tiene otro mensaje que la belleza en sí misma.
Pater sitúa su novela en el momento en que Roma ha alcanzado la perfección en la poesía y el arte. “Una perfección que seguramente sólo podría indicar que estaba próxima la decadencia”. Se nos dice que en ningún momento de su historia Roma ha sido más digna de ser contemplada que entonces, con Marco Aurelio, un filósofo, ocupando el trono.
En ese contexto, con la retórica convertida en una función del Estado, Mario descubre el placer epicúreo, que no consiste en los excesos sino en el equilibrio, en el refinamiento de los sentidos y en la aprehensión de la belleza a través del alma y del cuerpo.
Marguerite Yourcenar cuenta que una frase perdida en la correspondencia de Flaubert la impulsó a escribir Memorias de Adriano: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que el hombre estuvo solo”. Acaso el capítulo más bello de la novela de Pater sea el décimo noveno, precisamente aquel que sólo pudo existir en tiempos de Marco Aurelio, cuando la fe irrumpe. “... Y mientras la escena y las horas seguían conspirando, pasó de la fantasía de un ser que no era él mismo, pero que le acompañaba en sus idas y venidas, a adivinar a un espíritu vivo y compañero que actuaba en todas las cosas y del que había tenido conciencia de vez en cuando en sus antiguas lecturas filosóficas”.
Por las páginas de la novela de Pater, en ese tránsito del pensamiento, desfilan las más variadas personalidades. Son convocados a esta fiesta del espíritu, a la educación de Mario en la Roma del siglo II, Wordswoth y San Agustín, Dante, Jonathan Swift y Montaigne. Incluso se nos invita a nosotros al Museo del Capitolio para contemplar una de las más valiosas reliquias que quedan del arte romano, un busto de basalto oscuro, semejante al bronce.
Pater nos pide disculpas expresamente por trasladarse “desde Mario hasta sus representantes modernos”: aquella época y la nuestra —dice— tienen muchas cosas en común, numerosas dificultades y esperanzas.
Las primeras referencias anacrónicas producen incomodidad. Sin embargo, la lógica interna acaba por volverse irreprochable y agradecemos la compañía.
De pronto, vemos a
Mario exaltado, acaba de descubrir “La historia de
Cupido y de Psique” entre las páginas de Las Metamorfosis de Apuleyo.
Piensa:
“Un libro tiene su propia suerte, lo mismo que una
persona; es afortunado o desafortunado por el momento preciso en el que se pone
en nuestro camino, y a menudo, por algún feliz accidente, tiene para nosotros un
valor superior al que posee independientemente.”
Mario el epicúreo
tiene la rara virtud de resultar siempre un libro adecuado, no importa cuándo se
nos cruce en el camino: será ese el momento justo, será una invitación a un goce
que no podremos rehusar.
Se cuenta que cuando Oscar Wilde recibió la noticia de la muerte de Walter Pater, en 1894, comentó: “Ah, ¿pero alguna vez estuvo vivo?”. La vida de Pater había sido tranquila, casi vacía, agotándose en preocupaciones sedentarias y la compañía constante de dos hermanas solteras.
La muerte le impidió acabar su segunda novela, Gaston de Latour, que se publicaría inconclusa dos años más tarde.
“El pobre Pater vivió para desmentir todo cuanto había escrito”, diría Oscar Wilde, despiadado.
Sin embargo, mientras cumplía condena en la cárcel de Reading, acaso a modo de arrepentimiento y expiación, alejado ya de las poses desafiantes, ya sin un clavel verde en la solapa de su levita, pidió que le dejaran leer aquella novela inconclusa de Pater.
© Miguel Sardegna
miguelsardegna@revistaaxolotl.com.ar