Gustav Meyrink yla leyenda de El Golem |
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"Me encontré dentro de la narración, que me envolvió
como el trozo sin vida de un libro".
Sent. n° 012/07
La leyenda se remonta al siglo XVI. Está escrito que, con su conocimiento de la Cábala, el rabino Yehuda Löw creó un hombre del barro.
Para darle vida, colocó en su boca un papel en el que estaba escrito el nombre secreto de Dios, y en su frente grabó la palabra Emet, que en hebreo significa “verdad”.
Se ha dicho: “Ese hijo de
una palabra recibió el apodo de Golem, que vale por el polvo, que es la materia
de que Adán fue creado”.
Pero no fue un hombre auténtico lo que creó el cabalista.
Cierto día, el Golem se rebeló contra el rabino, escapó y destruyó el ghetto. El rabino lo persiguió y le borró la primera letra del Emet de la frente, donde quedó escrito Met, que significa “muerte”. Inmediatamente, el Golem perdió el soplo de vida y volvió a ser barro.
Gustav Meyrink toma la leyenda del Golem y le imprime su propia visión, corrige la historia de siglos. Y consigue perpetuar la leyenda con variantes que el paso del tiempo ya no distingue como apócrifas.
Pernath ha abierto la ventana para que salga el humo del tabaco. El aire frío de la noche entra en la pequeña habitación y mueve de un lado a otro los abrigos colgados detrás de la puerta.
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Charles Bridge (Karlův most), Praga, 2006. Conecta Old Town con el barrio de Malá Strana. |
Vrieslander, Prokop y Zwakh ríen, recuerdan noches de baile, mujeres pintarrajeadas que tocan la armónica y desafinan a gritos. “Debería venir alguna vez con nosotros a la taberna, maestro Pernath”, invita uno de ellos, acaso Vrieslander, apenas alzando la vista de una marioneta que talla con meticulosidad. O Zwakh, quizás, que parece empeñado en acabarse el ponche. Sí, alguno de ellos debió ser, el aire de ensueño confunde caras y voces. En cualquier caso, la idea no fue de Prokop, que se limitó a asentir, distraído. “Sí, sí, venga con nosotros”. Es evidente que a Prokop le preocupa otra cosa. Mira los abrigos, piensa: es extraño cómo el viento mueve cosas sin vida.
Se levanta y cierra la ventana que Pernath acaba de abrir.
Ahora hay silencio, como si acabaran de ser separados del mundo exterior.
A modo de justificación, Prokop cuenta que una vez, en una plaza, vio cómo unos trozos de papel corrían y giraban en remolinos, persiguiéndose unos a otros como si se hubiesen jurado la muerte. ¿Qué pasaría si las cosas con vida fueran algo semejante a esos trozos de papel? Apenas un viento, un viento incomprensible que nos lleva de un lado a otro...
Vrieslander es quien primero menciona lo que todos parecen pensar. “El Golem”, dice. “Me ha recordado al Golem”. Ya tallado el cuerpo de la marioneta, comienza ahora con la cabeza. La madera cruje bajo la hoja de su cuchillo.
De pronto, y cómo si se tratase de un elemento más de esa noche nebulosa y onírica, Pernath siente que se ha convertido en la marioneta que talla Vrieslander. Desde el regazo del artista, Pernath mueve la cabeza, mira para todos lados, siente cómo una extraña mano mueve su cráneo.
Sus amigos advierten que algo no está bien y se escandalizan con la marioneta. Pero no es la cara de Pernath lo que ven en ella, ven algo mucho más sorprendente: ven al propio Golem, es la cara del Golem lo que talla Vrieslander.
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Barrio Judío de Praga, 2006. |
Meyrink fue en vida un autor ampliamente reconocido. Su figura fue central en el panorama de la literatura alemana durante los primeros años del siglo XX. Comenzó publicando en la revista Simplizissimus, la más distinguida de aquellos tiempos. El propio Max Brod, primer lector de Kafka, lo consideró uno de los autores más importante de la época. El Golem (Der Golem, 1915) tuvo un éxito inmediato.
Hoy se sostiene que Meyrink se planteó como un escritor de una estatura mayor que la que finalmente tuvo. El juicio de los años a veces es despiadado. Despiadado e injusto, porque adueñarse de un mito sólo puede corresponder a un autor diferente al resto.
A la manera de Vrieslander, que ha heredado la tradición familiar de tallar marionetas, de arrastrar una desgastada caja de madera de feria en feria, Gustav Meyrink parece cincelar con cuidado su propia versión de la cara del Golem, su cuerpo de autómata, sus extremidades grotescas. Y el Golem que talla Meyrink no tiene los mismos detalles que le atribuye la tradición.
Se cree que este Golem aparece cada treinta y tres años en Praga, en una habitación con una ventana enrejada que no tiene puertas. Muchos lo han visto caminar desde la calle de la Antigua Escuela por el barrio judío, envuelto en un traje antiguo y raído, dando traspiés como si a cada rato fuese a caerse hacia delante. Lo han visto doblar la esquina en la calle Schulgasse y desaparecer por otros treinta y tres años.
La tradición relata cómo un rabino anima un cuerpo de barro. Meyrink relata cómo erra un alma que se ha corporizado.
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Old Town Square, Praga, 2006. |
Desde luego que las versiones de esta aparición no son siempre iguales, variarían según quién camine las callejas de Praga en ese preciso instante, serán diferentes dependiendo de quién tropiece con el Golem. Y a Meyrink sólo le interesa lo que Pernath tiene para contar, alternando el sueño y la vigilia. Descubrimos tarde que Meyrink nos ha engañado con el título de su novela: nunca pretendió contarnos la historia del Golem sino la de Athanasius Pernath.
Pernath es quien aparece en la marioneta de Vrieslander, aunque sus amigos aseguren que se trataba de la cara del Golem; Pernath es también quien aparece en aquella habitación sin entradas ni salidas –que sólo posee una ventana enrejada–, la antigua casa en la calle Schulgasse que todo el mundo evita. Un delicado juego de espejos y de dobles, de repeticiones y relecturas de antiguos textos.
La sensación de ser un lector más de su propia historia, como lo somos nosotros, persigue a Pernath por toda la novela. Y sentencia: “De repente, me encontré dentro de la narración, que me envolvió extrañamente como el trozo sin vida de un libro”.
Gustav Meyrink, conocedor de las tradiciones, la cábala, el tarot y la alquimia, vivió en Hamburgo, Munich y Praga. Fue en Praga, la ciudad que siempre lo fascinó, donde situó El Golem. Caminar hoy las callejas de Praga –más aún: pronunciar el nombre Praga– es evocar a Kafka y es también evocar a Meyrink. Como muy pocos han podido, Meyrink se ha adueñado de un mito y también de una ciudad. Praga es un sueño hecho de literatura, como el sueño que sueña Athanasius Pernath. Tal es el poder creador del lenguaje.
© Miguel Sardegna
© Fotos de Praga: Miguel Sardegna y Mariana Alonso
miguelsardegna@revistaaxolotl.com.ar