Borges y las infracciones al género policial

 

 

"El género policial vive de la continua

y delicada infracción de sus leyes”

Sent. n º  011/07

 

Acaso por su rigurosidad –“es como un ajedrez gobernado por leyes inevitables”–, acaso por la poca estimación que ocupaba entre sus contemporáneos, Borges siempre se interesó por el género policial. Sirven para atestiguarlo las antologías que preparó con Bioy Casares; la colección El séptimo círculo; el sinnúmero de reseñas y biografías que publicó en El Hogar a partir de 1935; los cuentos que escribió.

El examen minucioso de estos textos dispersos ofrece una auténtica teoría del género policial, con la enumeración de leyes precisas.

Sin embargo, esos minuciosos preceptos no se verifican en sus propias ficciones.

Es ley que la novela de enigma contiene dos historias: la historia del crimen y la de la pesquisa. Los personajes de la segunda historia sólo aprenden, no actúan, por lo que nada puede sucederles. Así, el detective es invulnerable, ni siquiera se mancha las manos de tinta.

O al menos así debería ser.

Isidro Parodi, el sagaz detective imaginado por Borges y Adolfo Bioy Casares, sufre una suerte muy diferente. Seis problemas para don Isidro Parodi implica una verdadera subversión y una parodia, como anticipa el propio nombre del detective: aquí, Parodi está preso por infringir la ley, como uno más de aquellos tantos que debe cazar.

Por otra parte, es sabido que uno de los subtipos de la novela policial de enigma explorados con mayor felicidad a lo largo del tiempo es aquel donde el crimen es cometido en un cuarto cerrado. Borges y Bioy plantean también el problema del cuarto cerrado, pero con una inversión sutil: en aquel cuarto cerrado no colocan al crimen que se debe investigar sino al detective que investiga.

Bioy destacó de “El jardín de senderos que se bifurcan” que “se trata de una historia policial, sin detectives, ni Watson, ni otros inconvenientes del género”.

Uno de aquellos inconvenientes menores de los que Borges se ha librado en este cuento, es que el lector ya no debe adivinar el nombre del asesino –que conoce desde la primera página–, sino el de la víctima. Se nos cuenta que el espía Yu Tsun debe cometer un crimen para cumplir con su misión. Ha descubierto dónde se asienta el nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre, y debe llevar esa información a oídos de Alemania antes de ser capturado por su perseguidor, el capitán Richard Madden.

Borges, que siempre entendió los secretos del género, sentenció en una página perdida: “El género policial, como todos los géneros, vive de la continua y delicada infracción de sus leyes”.

Y un día confiesa que lleva tiempo pensando en escribir una novela policial “un poco heterodoxa”. Dice que planea urdir una novela policial corriente, pero que en el último renglón una frase ambigua deje suponer que la solución con la que ha dado el detective es falsa. El lector revisaría los capítulos pertinentes y debería dar con otra solución, con la verdadera. Una nueva inversión del orden “natural”: en esta novela el lector sería más perspicaz que el detective.

Borges elogió de Chesterton que en cada una de las piezas de la saga del Padre Brown presentó un misterio, propuso explicaciones de tipo demoníaco o mágico y supo reemplazarlas, al fin, con otras que son de este mundo. La subversión última, aquella que Borges entrevió y hubiera escandalizado a cualquier conservador, la fusión mágica del género fantástico y el policial, aún es una deuda pendiente.  

 

© Miguel Sardegna

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