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Las mil y una noches de Robert Louis Stevenson |
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"El arte nos mejora" Sent. n º 009/07 Se sospecha que los cuentos de Las mil y una noches fueron compilados en el año 850, y que mucho antes ya se transmitían en forma oral. Sin embargo, aún hoy, en silencio, alguien agrega una nueva página a aquel libro infinito. Se nos cuenta que el príncipe Shahriar, engañado por una mujer e incapaz de volver a confiar en ninguna otra, ha decidido que desposará cada noche a una doncella diferente, y que por la mañana la hará ejecutar.
Scherezada, la hija mayor del visir, le pide a su padre que la lleve a ella y a su hermana menor, Dunyazad, a pasar esa noche única con el príncipe: tiene un plan para terminar con la pesadilla de todas las mujeres del reino. El padre sabe que concederle ese deseo es condenarla, pero finalmente accede. Esa noche, Scherezada le pide al príncipe que le permita despedirse de su hermana menor, a la que ama profundamente. El príncipe no puede negarse. Entonces, Dunyazad —siguiendo el plan acordado— le solicita a Scherezada que le cuente un cuento para sobrellevar esas últimas horas. Scherezada comienza a narrar una historia que de inmediato cautiva al príncipe, y la interrumpe cuando asoman las primeras luces de la mañana. Le promete al príncipe, su flamante esposo, que si consiente en dejarla vivir un día más, la noche siguiente le contará otra historia. Scherezada está llamada a contar cuentos por las noches de las noches, el príncipe nunca se cansará de escucharla. Los cuentos la rescatan de la muerte, la salvan. Acaso también salven al príncipe. En 1878 Robert Louis Stevenson publicó en el London Magazine una serie de cuentos bajo el titulo Nuevas mil y una noches (Latter-Day Arabian Nights). En inglés, Las mil y una noches son conocidas con un título menos sugerente: Arabian Nights, Noches árabes. Si bien muchos otros ya habían intentado su homenaje al libro de las noches, el camino que elige Stevenson nunca antes había sido transitado. Estas historias tardías imaginadas por Stevenson ya no tienen de escenario al Lejano Oriente, como en las “anteriores” mil y una noches, sino Londres. Un Londres sin bruma, teñido de misterio y fantasía.
Antoine Galland fue el primer occidental en deslumbrarse con Las mil y una noches, y emprendió su traducción al francés en el año 1704.
Galland consideró que era conveniente liberar el libro de algunos excesos, y en su traducción eliminó algunas orgías y mucha sangre, transformándolo en un libro infantil. A pesar de que la edición completa le insumiría doce tomos, también consideró que había lugar para más historias, y agregó algunas de su propia pluma. Entre ellas, “La historia de Aladino y la lámpara maravillosa”. Hoy es impensable una edición de Las mil y una noches sin aquella historia apócrifa, sin aquel brujo que, disfrazado de mercader, recorre la ciudad pregonando “cambio lámparas viejas por nuevas, cambio lámparas viejas por nuevas”. ¿Cómo olvidar la imagen de Halima, la mujer de Aladino, accediendo al funesto intercambio? Los traductores siguientes no tuvieron alternativa: debieron seguir los pasos de Galland. Hoy resulta difícil saber con precisión qué historias forman parte del volumen original y cuáles han sido incorporadas con posterioridad, con la sucesión de las noches, salvando otras vidas. No existe un destino mejor para un libro llamado a contener todas las noches. Hay quienes también atribuyen a Galland otra historia célebre: “Alí baba y los cuarenta ladrones”.
Richard Burton, que emprendió la tarea de traducir Las noches al
inglés
en 1850, ahora de un No es posible saber si es verdad: acaso este libro aun hoy esté inconcluso, acaso sea un derecho de todos ser parte del único libro infinito y eterno que existe. Resulta difícil no sucumbir a la tentación de anotarnos nosotros mismos en sus páginas, con alguna historia propia. Como Galland, Borges, eterno admirador de este libro eterno, también escribió una de las infinitas historias que Scherezada relató al príncipe para escapar de la muerte. El 16 de junio de 1939, en ocasión de reseñar para la revista El Hogar la traducción de Richard Burton de Las mil y una noches, señaló: “De las notas que Burton agregó a su famosa traducción del libro Las mil y una noches, traslado esta curiosa leyenda. Se titula: Historia de los dos reyes y los dos laberintos”. Y nos cuenta la historia de un rey de Babilonia que encierra en un laberinto a un rey árabe. Cuando declina la tarde, el rey cautivo implora socorro y consigue escapar con la intervención directa de Dios. No se queja, promete a su enemigo que algún día le hará conocer un laberinto mejor. Ese día llega pronto: de regreso en Arabia, declara la guerra a Babilonia y lleva preso a aquel rey al desierto. “Me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros”, le dice, “ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío”, y lo abandona en mitad del desierto. Borges nos cuenta que Galland —“el prudente Galland”, dice— había omitido en su traducción aquella historia, y nos hace creer que Burton, varios años después, la rescata. A pesar de la declaración de Borges, esa historia de reyes y laberintos no era original del libro árabe ni producto de la invención de Burton. Burton nunca conoció ni transcribió aquella historia. Borges ha preparado para nosotros una trampa, un laberinto sutil de citas y pistas falsas. Finalmente, recoge aquella historia en El Aleph, ahora bajo el título “Los dos reyes y los dos laberintos”, y estampa su firma al pie. Mediante esa estratagema, nota Ivan Almeida, Borges logró incorporar una de sus propias páginas dentro del libro que él considera el infinito literario por excelencia.
Stevenson pensó ese mismo infinito de otro modo, y urdió la historia de El Club de los Suicidas. Acaso alguna vez —a pesar de las referencias a Leicester Square y el Támesis— la historia de aquel club se confunda con las páginas originales del libro árabe, y las desventuras del Príncipe Florizel de Bohemia pueda ser leída la noche siguiente a la que corresponde a una historia de brujos y hechiceros, de alfombras mágicas y flechas que nunca fallan el blanco. Acaso una nueva traducción de Las mil y una noches sepa hacer justicia y agregar estos cuentos tardíos.
El Club de los Suicidas es una pequeña novela episódica, compuesta por varias historias independientes, relatadas en noches sucesivas. Estas noches árabes de Stevenson, con las aventuras del príncipe Florizel de Bohemia, continúan en la serie El Diamante del Rajá, también compuesta por varias historias. Ambas series de cuentos fueron compiladas en un volumen en 1882, Las nuevas mil y una noches, relegando varios otros cuentos fuera del círculo de las noches, olvidados en las páginas de algún ejemplar del London Magazine, editado hace ciento cuarenta años. Así sucedió con una historia muy llamativa, en la que el anfitrión de una tertulia literaria evita presentar su obra consagratoria luego de años sin escribir, por temor a las burlas de sus colegas, de su prometida —que acabará muerta misteriosamente— y del amante de su prometida. La acción transcurre en Londres, en tiempos de Shakespeare, pero los protagonistas tienen nombres franceses. Se cuenta que la vida de Stevenson fue una lucha contra la tuberculosis, que “lo persiguió de Edimburgo a Londres, de Londres al sur de Francia, de Francia a California, y de California a una isla del Pacífico, donde, al fin, lo alcanzó”. No es descabellado creer que también Stevenson contaba historias para escapar de la muerte. O para saberla enfrentar. “La influencia del arte es profunda y silenciosa, como la influencia de la naturaleza”, escribió una vez (“Los libros que han influido en mí”, 1887), y sentenció: “Su trato nos moldea. Bebemos el arte como el agua; nos mejora, sin que comprendamos cómo”. Stevenson acabó sus días en 1894 en Samoa, bautizado por los indígenas con el nombre de Tusitala, “hombre que cuenta cuentos”. © Miguel Sardegna |
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© Revista Axolotl, Número 18 |