El día es caluroso, las casas, bajas, sin aleros ni sombras. Y aunque los mejores escritores recomiendan no empezar un relato hablando del clima, no puedo menos que recordar aquella nevada infrecuente de unos meses atrás. No es una relación casual: imagino, a la luz difusa de aquel nueve de julio, la atmósfera bucólica en los adoquines del pasaje angosto por el que camino. Voy atento a la numeración, ¿cómo puede ser que en esta cuadra única haya una casa a la altura del 500? Esperpentos matemáticos de Buenos Aires, cortadas imposibles, avenidas de Moebius, calles proscritas.
No ha sido fácil llegar hasta aquí. Parque Centenario es el epicentro justo de un cataclismo de diagonales y callejas centrífugas. En el mapa se advierte la conspiración: es obvio que el parque oculta una arcaica cicatriz astronómica. Han simulado pasto, plantas y fuentes, puestos de chucherías o libros de viejo y carritos que venden copos de nieve de azúcar por unos pesos. Pero tanto maquillaje urbano es insuficiente, el cráter sigue siendo elíptico, el trazado de manos y contramanos está quebrado aquí y allá, terraplén evidente del impacto.
No cuento con pruebas geológicas ni quiero caer en la paranoia de Fernando Vidal Olmos que sospechaba oscuros designios bajo las losas de la Iglesia Circular de Cabildo y Juramento. Pero lo cierto es que en una zona de verde y hospitales, con árboles añejos que ocultan las estrellas y perros que aúllan su rabia a la Luna desde las entrañas del Instituto Pasteur, surge el edificio blanco —antena parabólica al tono— de la Asociación Amigos de la Astronomía. Saquen ustedes sus propias conclusiones.
Perdido en estas cavilaciones encuentro el número solitario en el muro gris. Busco la puerta —hundida, secreta— y luego toco timbre. Oigo la campanilla suave, un acomodarse de alguien que se levanta, los pasos rumbo a la puerta.
Es extraño conocer al Autor en su propia casa, la primera reunión de hace un año fue en un bar, subrepticia, me pasó órdenes en voz baja, nos despedimos en las sombras de Ciudad de la Paz. Ahora he cumplido con la tarea que me encomendó entonces, escribí con empeño acerca de sus extraños personajes, sólo me resta una última entrevista… a él.
El Autor me abre la puerta, me cede el paso, me saluda. Suena cansino a pesar de sus flamantes treinta. Balbuceo algo de lo que he estado pensando acerca del pasaje de adoquines. Él comenta: “Es bucólico, sí”. Luego me habla de vecinos que salen a la calle en fiestas o días de calor: la Buenos Aires entrañable de una dimensión paralela. Pero está la amenaza de las torres, dice. Yo imagino las torres en la Tierra Media de Tolkien. Pero él habla de la burbuja inmobiliaria y sus exageraciones: departamentos 3 amb. m/lum. amplio com. lav. dep. coch. bajas exp.. Adefesios de diez pisos que fagocitan barrio tras barrio casas de digna vejez, atardeceres de otoño, la paz del empedrado, el cielo abierto de los patiecitos.
Así subimos la escalera escarpada. Arriba me ofrece una silla cúbica de madera, él se sienta en un sillón de computadora. Supongo que escribe aquí, es un cuarto cómodo y apenas terminado, la pantalla está frente a la ventana con vista a retazos de una esquina. Seguramente ahí distrae el síndrome de la hoja en blanco.
—No he escrito mucho este año —me confiesa, como leyéndome el pensamiento—. Sospeché que no sería gratuito mudarme, que la creación es un animal de costumbres. Pero lo confirmé recién unos meses más tarde.
Me consta que ha escrito algo, pero le resta importancia con un gesto:
—Algunas notas, artículos, a veces más parecidos a un cuento que a una pieza de non-fiction —piensa un poco—. Pero le voy a contar algo: el único buen cuento de este año lo pensé de punta a punta caminando las cuadras de mi barrio viejo.
—¿Y cómo se explica eso?
—Pienso —dice, busca las palabras— que el ocio creativo germina en los resquicios de la rutina cotidiana. Sin cierta repetición, sin dos o tres certezas cómodas, la mente no puede distraerse en argumentos de cuentos chinos.
—Está como alerta, inquieta.
—Sí, es cierto, bien dicho. Está alerta a todo lo nuevo, gana el instinto, los sentidos. Uno conserva la mirada, pero se pierde el rumiar eso en el segundo plano del pensamiento, en el dejarse ir de las veredas conocidas.
—Eso es una apología del statu quo —arriesgo.
—Puede ser —asiente y sonríe—, es mi naturaleza. Pero alguna vez leí por ahí que esta sociedad nuestra hace cacería de brujas de toda rutina, se vive el minuto a minuto porque se lo considera más sano. Pero siendo sinceros: todos tenemos rutinas placenteras, remansos. La nota era algo así como “elogio de la rutina”, creo.
—¿Escribir es parte de esas rutinas placenteras?
—Sí y no —dice—, no para el que escribe cuentos... creo que es más una pulsión.
—¿Es que depende del género?
—En cierto modo sí. En una charla Mairal teorizaba acerca del esfuerzo de los lectores para “entrar y salir” de un cuento. Imagínese lo que le sucede al escritor de esos cuentos.
Imagino las horas de idas y vueltas del cursor entre líneas. Tomo aire en la brisa fresca que me trae un ventilador de pie asomado desde un rincón. Propongo:
—Será porque cada cuento es una situación nueva...
—Claro, un mecanismo único, nuevo cada vez. Por supuesto hay la rutina de sentarse a escribir, copiar un documento viejo, preparar los párrafos, teclear la primera línea, acomodar el título y aplicarle la fuente Book Antiqua doce al texto aún nonato. Esa rutina es placentera y es el punto de partida para dejarse llevar por el devenir de las acciones, que los personajes sigan su libre albedrío, que se cuelen palabras que jamás uso, como “subrepticio”.
—Pero en eso el cuento no se diferencia de otras formas de la literatura.
—Seguramente, la rutina de “sentarse a” es universal. Pero creo que la novela es distinta, que uno puede entrar y salir en cualquier momento, es un territorio para sentirse cómodo. No tengo mayor experiencia, soy un acérrimo cuentista, pero la ecuación es conocida: se puede escribir una novela de doscientas páginas en un año, pero no se puede escribir una antología de cien cuentos en un año.
—Uno publicaría enseguida sus Cuentos Completos.
El autor sonríe:
—Sería aburrido —dice—. Es como eso del Tema Único que promulga Sabato.
—¿Y eso?
—Dice que un escritor no debería desviarse un párrafo del Tema Único que le ha sido dado tratar, una obsesión profunda y, si es dolorosa, mejor todavía.
—¿Eso es lo aburrido?
—Desconfío de los humoristas que se ríen de sus propios chistes y de los escritores que dicen que sufren una agonía lenta párrafo a párrafo. Es como dijimos antes: uno disfruta el sentarse a escribir. Por más kafkiano que sea el resultado, uno escribe porque le gusta. Lo otro es pose.
—Pero Sabato cubre sus pasos, habla de las contradicciones del escritor.
—Como las contradicciones que constituyen una novela, puede ser. Dicen que la novela es un diálogo interior del escritor. Ya que nombramos a Sabato, en Sobre héroes y tumbas, él se auto-discute acerca de Borges. Después, en Abbadón El Exterminador probó incluirse a sí mismo como personaje en tercera persona, pero eso ya es más dudoso.
—¿Dudoso el recurso o el resultado?
—Snob el recurso y dudoso el resultado, porque será una caricatura, una aproximación. Uno no puede plasmarse a sí mismo sin dobleces en la propia obra, para eso están los personajes, que a la larga terminan siendo más francos. Es como cuando Maradona le hizo una entrevista a Maradona en su programa de TV. Más allá de los artificios técnicos también es un artificio la entrevista. ¿Qué preguntarse a uno mismo?
—No podría responderle —digo, sonrío—, yo sólo hago las preguntas.
—Touché.
Pienso que tal vez he cometido una imprudencia. El autor pierde su mirada en la esquina más allá de la ventana. En pleno anochecer subtropical alguien pasea un siberiano blanco digno de Jack London. En el silencio y la luz sepia que baja del cielo súbitamente nublado me siento en confianza para preguntarle qué opina del trabajo hecho. ¿Le han gustado mis entrevistas a sus personajes que no vienen a cuento?
—Ha sido una buena experiencia —contesta—. Han terminado “viniendo a cuento” después de todo. Hasta Fernando Sorrentino ha dudado del género cierto de “El cazador de ojos”. ¿Artículo de crítica, reescritura borgesiana o cuento sin-querer-queriendo?
—No estoy seguro.
—Ni yo. Era una pregunta retórica.
—Ah.
—Por otro lado me gustaría dejar claro que lo de la entrevista a Víctor Egan fue error mío. Lo mandé a entrevistar a ese personaje sin saber que estábamos robándoselo a Gabriel Bellomo.
—No estoy seguro de que fuera el mismo Egan, es una familia dispersa.
El Autor asiente, distraído.
—¿No siente a veces que usted mismo es un personaje de ficción? —me pregunta, o se pregunta, sin mirarme—. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza...
—... de polvo y tiempo y sueño y agonía? —completo y se me ocurre aprovechar el momento para hacer la pregunta postergada—. Tal vez usted, que es El Autor, sepa decirme si no soy yo también uno de esos personajes suyos que no vienen a cuento.
El Autor me mira, duda.
—¿Y qué autoridad tengo yo para determinar si usted es o no un personaje?
—¡Usted es El Autor! —digo, suena a queja, me arrepiento.
Él me mira, niega con la cabeza, pero como si negara para sí. Se pasa la mano abierta por la barba abandonada de una semana y dice:
—El año que viene planeo escribir sobre la magia de ciertos lugares comunes, en apariencia ordinarios. La tintorería de acá a dos cuadras, mi escuela primaria. Que yo sea el autor de esos artículos no significa que puedo decir hasta qué punto son reales los sitios que describo. ¿Cómo puedo saber si un personaje existe o no? ¿Acaso puedo saber si yo mismo soy un personaje que no viene a cuento?
“Ciertamente no”, pienso, pero lo admito en silencio. En esa duda, acaso también retórica, se extingue la entrevista con El Autor. Él se excusa: “No le he ofrecido nada para tomar, ¡qué descortés!”. Le digo que no se moleste, que ya me tengo que ir, aunque tengo la garganta reseca. Pienso si mentirle al autor será prueba suficiente de no ser un personaje suyo.
Nos despedimos abajo, en la puerta disimulada. Afuera, la calma previa a la tormenta ha aplacado un poco los calores de diciembre. Percibo la alegría de El Autor en el último cruce de miradas, supongo que en parte por a la tarea cumplida y en parte por librarse de mí y mis entrevistas. Diga lo que diga, contradictorio, prefiere no repetirse de un año a otro.
Me alejo por el pasaje empedrado rumbo al Parque Centenario. Voy barruntando las entrevistas que no fueron, las preguntas pendientes, mis próximos pasos. Decido cambiar el rumbo, no me tomaré el colectivo que El Autor me ha recomendado. A riesgo de terminar en el extremo equivocado de Avenida Rivadavia, prefiero actuar por mi cuenta, después de todo: ¿quién es él para mandarme?
© Luis Cattenazzi
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