No vienen a cuento

El investigador
 

Es Boedo y es otoño y son las siete de la tarde, pero una bruma infrecuente ahoga Buenos Aires. Me detengo un segundo en la puerta del Lönnrot Bar. Más allá de las penumbras flotantes al otro lado de Avenida Rivadavia puedo imaginar que se extienden los galpones desiertos de un puerto neoyorquino. Es de madrugada y las grúas se desperezan con los guinches aún vacíos de carga. En un rincón solitario hay un intercambio de sobres entre dos tipos altos de gabán oscuro y sombrero de fieltro. Allá, en las dársenas llenas de tambores de acero alguien espera apoyado contra una puerta podrida de óxido. Por un segundo su expresión se revela a la luz del cigarrillo que acaba de encender. Podría jurar que es Clark Gable.

El 132 frena ruidoso en la parada de la esquina y rompe el encanto. Incluso la niebla se disipa un poco: al otro lado de Rivadavia no hay más que un supermercado coreano. Un oriental recio que parece salido de una de Kim Ki Duk también fuma y espera apoyado contra una reja oxidada.

Entro al bar. Recorro con la vista las mesas llenas de solos y fracasados; otros, hinchas de Boca, se apiñan en un costado y siguen un partido de la Libertadores. Mi vista se detiene en el tipo que me hace señas con la mano. Es mi entrevistado, no cabe duda.

En la mesa hay un vaso a medio tomar. A su lado, uno de esos bastones ortopédicos que sujetan desde el codo. Lo había imaginado más joven o tal vez no es tan viejo como parece. Pero el bastón hace pensar en un abuelo, y el bigote prusiano le infunde aspecto de prócer. Me recuerda al pintoresco oficial forense que conduce el documental "Cuerpos que hablan" por Canal 9.

Me presento.

—Isidro Paredes —dice él, y como por reflejo agrega—: Soy de Rojas, el campo, y el menor de siete... así que llegué tarde al reparto de nombres, ¿vio?

Él pide otra ginebra Bols, yo una Fanta lima limón. Lo miro que me mira y  sospecho que se me va a reír en la cara pero no.

—¿Sabe como supe que era usted? —dice.

—¿Olfato policial?

—Pero no, hombre —dice—. De-duc-ción.

—¿Y como es eso?

—Bien: lo vi frenar antes de la entrada. Seguramente interesado en la niebla. Hoy en día, la gente se acostumbra a cualquier porquería que caiga del cielo —me mira—, pero los escritores siempre están atentos, siempre mirando.

Voy a acotar y me interrumpe con la mano.

—Además lleva un bolso medio bohemio, de escritor. Y ahí en el bolsillo de la campera le pesa un grabador nuevo, de esos alargaditos que no usan casette.

—Me sorprende, Sherlock —digo. Llega mi gaseosa y su ginebra.

—¡Las pequeñas células grises! —dice tocándose la cabeza a lo Hércules Poirot.

Me sorprendo, aunque mi informante me ha advertido de los antecedentes literarios de este extraño oficial de policía mitológico, mitad investigador de homicidios, mitad escritor aficionado.

—O bien —continúa—, usted se ha detenido en la puerta creyendo que lo siguen, lo angustia una manía compulsiva, una paranoia criminal. El bolso puede ser el de un estudiante de cine trasnochado, fanático del cine de terror. Y en su bolsillo pesa un pequeño revólver 22, suficiente para matar a un hombre.

Casi con miedo saco el grabador del bolsillo y lo apoyo cerca de mi vaso. Lamento no haber llegado a grabar su voz deduciéndome del lado del crimen.

—Así que he tenido suerte, Watson —dice, y le da un sorbo a la ginebra.

—No siempre aciertan las células grises, ¿no?

Me mira. Niega con la cabeza mientras termina de masticar un maní. Apura otro trago.

—Usted seguro me conoce, señor cronista, como yo a usted. Veinte años en Homicidios, cientos de casos, y todos, pero le digo todos, los resolví con la cabeza —de nuevo el gesto patentado por Agatha Christie—, y siempre sin salir de la seccional, ni a fumar a la calle —y le da una palmadita cariñosa al bastón ortopédico.

—¿Entonces por qué nos burlamos tan fácil del género deductivo? Uno tiende a pensar que la policía resuelve los crímenes pesquisando guías telefónicas en orden alfabético.

—Esos son los muchachos de Fraudes —dice y sonríe—. Me burlo de la cosa romántica, de la afectación de esos inspectores seriales que terminaron su época de oro con Dodó persiguiendo a la Pantera Rosa. Mande a Holmes a investigar al alemán ese que se comió a otro en rodajas y de común acuerdo, encima. O lo de la masacre de Mar Chiquita. A veces da la impresión de que algunos crímenes pueden deducirse, pero no con una lógica humana, como era antes. Hace rato que no hay mayordomos que hagan el trabajo sucio, será por eso.

Toma aire y yo simulo con el vaso y le acerco un poco más el grabador.

—Ahora sí son crímenes geométricos —dice—, como decía Sabato, ¿sabe? Es de Rojas Sabato también. Por eso mi madre tenía libros de él. Sabato y toda la serie negra de editorial Planeta. Scerbanenco, Ed Bain, John Le Carré, Chandler. Parece la formación de La Máquina de River. Y es gracioso, porque mi viejo era policía, pero policía de escritorio y rural. Un tipo bueno, recto, pero lejos de esos duros del género negro que te cortan la leche con la mirada. Creo que mi madre que se quedaba en casa, leyendo, le iba agregando a la figura de mi viejo algo del investigador privado reo y un poco perdedor. Y a la tarde caía mi viejo con los bizcochitos para el mate. Nunca tomó más que medio vaso de tinto con la cena y más bien como remedio, nunca por placer. Estaba a años luz del scotch, imagínese.

Frena para aclararse la garganta con lo que le queda de ginebra. Estoy por hacerle la pregunta, pero se me adelanta:

—Se estará preguntando qué hace un pibe con siete hermanos y un campo entero para jugar leyendo todo eso, ¿no?

—Sí, algo así.

Él señala la muleta.

—Meningitis galopante —dice—. Y Rojas sacó un científico como Sabato, pero en pediatras no le anda a la saga. Así que pasé muchos meses enroscado en la cama, del cuarto al baño. La salida más alejada era la biblioteca. Al principio patalié, me aburrí de lo lindo. Pero después me devoré las Serie Negra completa. Mi viejo a veces tenía que irse de raje hasta Pergamino o Junín para conseguir el siguiente tomo, porque venía en entregas. Es la mejor edad para leer, ¿no? Después, uno lee medio por diversión, qué sé yo, pero hasta los veinte es como si se grabaran a fuego las cosas. No sé qué hace la gente que no lee con todo ese cerebro que no usa de joven.

Asiento y sonrío, pero miro mi Fanta y llego a pensar que lo ha dicho por mí. Así que en mi defensa llamo al mozo y le indico que me traiga una ginebra, como para sumar un poco de autoridad. Ajeno, Isidro se queda mirando a uno en la barra que hojea la revista Teleclic. Es un número viejo, la rubia tetona que sale en contratapa ya pasó su cuarto de hora y no logro recordar su nombre.

—En fin —dice, suspira, otro trago, se acomoda—. El tema es que Sabato le da con un caño a los policiales. Yo me burlo del deductivo inglés y él se queja del género negro yanqui. Dice que prefiere la acción verosímil de la investigación policíaca a los milagros de un detective perdedor que sale de una oficina sucia a revolver callejones y clubes de jazz buscando indicios. Le molesta la mecánica gastada, el estilo que se pasa de seco, los personajes puro estereotipo. Y capaz tiene razón, no sé, pero la Serie Negra me la leí igual. Lo quiero ver a Sabato bostezando a Nietzsche mientras vuelve en tren a Santos Lugares, ¿no? El policial será medio cuadrado, casi un comic, parece, pero le puso levadura a la novela moderna. Que ahora cualquier porquería la hagan con estructura policial para forzarle suspenso es otra cosa, una avivada. Pero el género puro es revelador.

Un pelotazo de Palacio vuela cerca de un palo y la pequeña tribuna de Boca se agita en las mesas de al lado del ventanal. Isidro mira distraído.

—Juega bien el pibe —murmura para adentro.

Aprovecho que baja la guardia y lo chicaneo:

—Sabato habla (o parlotea, dicen algunos), del crimen geométrico de la "Muerte y la brújula" de Borges. Bien lejos del género duro.

—Bueh, sí —dice, vuelve a mirarme—. Mi casa es una de esas casas que no tienen a Borges en la biblioteca. Para mi madre era un dinosaurio de derecha y a mi viejo no le interesaba la metafísica. Cuando le conté todo entusiasmado el argumento de "Ruinas circulares" me miró como cuando anduve sin manos en la bicicleta. Para él era puro juego infantil. Así que a Borges lo leí en la Biblioteca Municipal. Un "Obras completas" que me dolía en las piernas. Pero cuando llegué a sus deductivos ya venía con la advertencia de Sabato, lo de los crímenes geométricos y todo eso. Al final me pareció más interesante la teoría que el cuento en sí. Dice que el policial geométrico, como toda geometría, no dibuja algo nuevo, sólo descubre una forma eterna. Como cuando los griegos "descubrieron" el triángulo. El cuento de Borges me aburrió un poco, todas esas referencias metaliterarias y fisicomatemáticas, pero me sigue inquietando esa eternidad que sigue ahí aunque el libro esté cerrado o cuando el libro ya ni exista.

Los dos nos quedamos mirando a la nada. Ni siquiera nos acompaña el zumbar del grabador, como en las entrevistas de antaño. El bar entero parece sumarse al silencio de la bruma afuera.

Para conjurar el bache decido volver la entrevista a mi idea original. No logro imaginarme a este hombre sentado las horas en una oficina gris del Departamento Central de Policía, revisando ficheros con olor a humedad, dejando semicírculos de café en cada papel que toca. Le pregunto cómo fue, cómo logró que le permitieran usar la Remington reglamentaria para escribir ficciones.

—Es que no son ficciones ficciones—dice—. Entré a la policía por mi viejo, conocía a uno en Capital y yo ya estaba un poco cansado del pueblo. Me vino bien. Pero después de la enfermedad ya no pude caminar normal así que no pasé por patrullero ni guardias. Me mandaron a un archivo del quinto sótano y de ahí en adelante lo único que hice fue usar lo aprendido.

—¿El policial deductivo?

—Sí, con whisky y jazz, sobretodo y sombrero. Allá abajo me armé un saloncito y cada caso nuevo que bajaba al archivo me lo leía completo. Puro formalismo judicial, pero me servía para pasar el rato. Cuando me puse canchero leía algunas fojas y me ponía a adivinar la sentencia, o lo que iba a dar tal o cual peritaje. Una vez me llegó por error un caso bastante nuevo, el de la mujer del Country. El primero, bah, ahora ya uno se confunde entre tantos que hay. El de Scarlet Carrasco, digo. Me leí todo y cuando ya tenía pensado al asesino me doy cuenta de que la causa estaba abierta todavía. No me acuerdo si alguien me preguntó o yo le comenté a alguien, pero a los dos o tres días bajó el jefe de Homicidios a que le contara mi hipótesis.

—Incriminaron a uno de los hijos, pero había sido otro de la familia del marido, ¿no?

—Sí, el cuñado. Ayudamos a la Fiscalía a incriminar al pibe y al final hicimos quebrar al verdadero culpable. Estaba clarito a pesar del pacto de silencio, tal cual como lo escribí yo. Así que al final puse de buen humor al Comisario adecuado y me subieron al segundo piso. Ahí me empezaron a caer expedientes con olor a nuevo. Como cuando mi viejo me traía los libros, de Ellroy o Vázquez Montalbán, todavía con el envoltorio de plástico intacto.

—¿Y ahí ganaban las células grises o la guía telefónica?

—Me venían con la guía, pero siempre preferí imaginarme los expedientes en escenas. El problema es que para resolver el caso tenía que ir escribiendo la hipótesis. Me hice traer una pizarra y fibras de colores, pero enseguida me di cuenta de que los diagramas esos no servían para nada. No me quedaba otra que sentarme a la página, pensar un título y escribir la historia como se arranca un cuento policial: "Barrio de Boedo, siete de la tarde, la niebla no lo deja ver más allá de la avenida". Algo así. Y adentro me mandaba la deducción en base a las pistas.

—¿Le aceptaban esos informes?

—Y... cuando entregué el primero pensé que me iban a mandar preso. El sargento se puso como loco. No quería pasar de la primera hoja, me dijo que era una tomadura de pelo. Que cómo me ponía a contar cuentitos con algo tan serio. Que lisiado y todo me iba a hacer rajar. En cuanto pude meter bocado le dije que leyera la página del final. Siguió insultándome, paró para leer, me insultó un poco más y después nos pusimos a discutir cuán factible era la hipótesis. Agarraron al tipo a los cinco días y confesó todo. Cuando el sargento me preguntó cómo supe que el arma la habían disimulado entre las hojas secas en la canaleta del lado norte le indiqué amablemente que leyera la página tres de mi cuentito.

—Y al final no lo echaron...

—No, y sé que me evitaron un par de casos, pero cuando no encontraban rápido el arma o el cuerpo empezaban a preguntarme cosas aisladas. A los pocos días, llegaba a la mañana y me encontraba con el expediente ordenadito en mi escritorio.

Isidro me describe los casos que resolvió en aquella época. No voy a transcribirlos, todos los leímos en los diarios. En realidad leímos la solución evidente, consumada. Él, en cambio, descubrió cada vez esos triángulos desde su oficina sepia. Casos un poco circenses al principio, como el de los monos amaestrados que robaban cajas fuertes en Recoleta o el caso del cheque desaparecido que alguien logró esconder en el lugar más seguro: a la vista de todos, en la vitrina de la propia empresa financiera que había denunciado el robo.

—Después me empezaron a caer casos grandes, asesinos seriales que se inspiraban en el Petiso Orejudo, toda clase de bichos raros. Mis colegas se habían acostumbrado a leerme los cuentos de la página uno al final para no perderse de nada. Pero cuando empezaron los crímenes esos ya no quise perder tiempo con las introducciones largas ni con la enumeración de pruebas. Los asesinos seriales no avisan. De golpe ¡pum!, uno descubre que no hay un asesinato aislado, hay una cadena que se pierde en antecedentes antes inconexos. Entonces me empezaron a quedar los cuentos empezados por el nudo en vez de arrancar por el principio. Describía el asesinato principal y de ahí iba haciendo racconto de los anteriores y deduciendo los próximos.

—In medias res.

—Tal cual. Como le decía antes. Lo otro, Poirot, Holmes, Dupin, es para explicar el robo del collar de perlas de la condesa, todo prolijo, hasta los criminales eran tipos con modales. Ahora, alguno se raya y se arma un plan siniestro en veinte días, y capaz hasta lo financian y logra armar alguna secta. En cualquier momento me tengo que pasar a la ciencia ficción.

—Como el caso del rito satánico, ¿no?

—Sí, ese lo publiqué en "Cuentos de calibre".

—El único en que no usan armas.

Piensa un poco.

—Es cierto, sí —dice—. Pero el arma más terrible son las células grises, grueso calibre. Hay cada loco... y cuando uno tiene que meterse en la piel de esos tipos se da cuenta de que la línea es muy fina y firme, como un cable de acero... pero cruzando por arriba de la catarata.

—¿Fue difícil publicar los cuentos estando aún en la fuerza? Algunos eran casos abiertos...

—A los muchachos les encantó porque los puse de personajes a ellos. El Inspector Saviola es mi compañero Gálvez, el Turco Sayd es el cabo Hugo Reyes. La gente ya no lee libros, pero le encanta reconocerse en letra de molde. Es raro, lo respetan como un tabú marcado en la piedra, algo adorable y alejado, para que no moleste en la vida diaria.

—Pero no siempre usa esas... transposiciones en sus cuentos, ¿no?

—Solamente cuando publico o cuando el caso es demasiado terrible me invento una ciudad un poco de mentira, que recuerde Buenos Aires. Aprovecho los barrios que usan Poe o Joyce. Es divertido y por un momento me olvido de que estoy resolviendo un caso real. Pero en general creo que eso es más propio del policial deductivo. Yo me inclino más por el policial negro, y en el policial negro, el detective está dolorosamente unido a su ciudad, a la mugre, los callejones, el puerto, los bajos fondos. Un policial negro "teórico" sería un aburrimiento absoluto. Describir las miserias criminales de una ciudad ideal parece bastante zonzo.

Desde las mazmorras de la cocina viene apurado el mozo con las manos vacías. Antes de llegar a la mesa nos hace el gesto de que alguien llama por teléfono. Isidro da acuse de recibo con un gesto mínimo y se levanta apenas usando su bastón.

—Discúlpeme dice—. Si me llaman acá debe ser algo urgente. Es lo bueno de no tener teléfono celular, sólo me molestan para cosas importantes.

Lo miro alejarse con un renqueo poco pronunciado y reviso el bar. La gente se ha estado yendo sin que yo lo notara. Incluso la barra improvisada del fútbol se ha ido, en la tele pasan un resumen de goles del fútbol turco de segunda división.

Pienso la próxima pregunta para cuando Isidro vuelva. Me intriga cómo hace para serle fiel al género en sus informes policiales. ¿Cómo conjuga “la historia del crimen” y “la historia de la investigación”? La trama policial funciona bien solo cuando se manejan hechos evidentes distraídos en hechos accesorios. No me imagino al Comisario mansamente convencido de una pista y que luego descubra, hacia el final, que eran todos falsos indicios para ocultar al criminal verdadero.

Pero ya no habrá tiempo de preguntas. Me doy cuenta cuando veo a Isidro volver apurado, exultante. Mientras hace un par de malabarismos para ponerse el sobretodo habla apurado.

—Tienen al Matador de Pompeya, está rodeado en una quinta de José C. Paz, justo donde yo dije que lo iban a encontrar. ¡Es fantástico! ¿Se da cuenta? Y el tipo solo quiere hablar conmigo, dice que no se entrega hasta que yo vaya a verlo. Quiere garantías.

—Entonces tengo la primicia —le digo.

—No sé si tanto —dice, me sonríe—. Los periodistas llegan siempre antes que yo. Pero si le puedo adelantar algo.

Ya con un pie apuntando a la salida rebusca en su portafolios de cuero y saca unas hojas mecanografiadas y tostadas de fotocopia.

—El caso del Matador de Pompeya, edición sin revisar, quédese con mi copia. Y tome nota: cuando esto termine habré comprobado algo de la eternidad, recuérdelo.

Le doy las gracias y él sale disparado hacia la puerta. Antes de que llegue a la vereda, un destello giratorio ilumina la calle y el patrullero que lo ha venido a buscar frena espectacularmente justo frente a la puerta del bar.

El mozo fintea entre las mesas hasta el televisor y se estira para cambiar de canal. En Crónica TV ya se acercan con su zoom desencajado al lugar de los acontecimientos. Tras las cortinas lejanas llega a verse una silueta que me recuerda a la mamá de Norman Bates en Psicosis.

Llamo al mozo y le pago mi consumición. Le pido una bolsa de plástico para que el manuscrito no se arruine con la neblina en el viaje que me espera a casa. Antes de envolverlo bien no me puedo resistir a leer los párrafos finales de la historia.

El investigador entra a la habitación de arriba de la casa. El otro lo espera armado. Toda la secuencia de sus crímenes ha seguido un solo objetivo, y ahora cerca del fin él sonríe al último, satisfecho. El investigador no se sorprende, lo ha previsto todo. Incluso sabe que los francotiradores no se han ubicado como él pidió, no quisieron hacerle caso, y ya no llegarán a tiempo.

Ahora, el asesino, aún sonriente, retrocede unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hace fuego.

 

 

© Luis Cattenazzi

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