La entrevista con
Víctor Egan se fue dilatando hasta lo impostergable. El día que llamé
para confirmar la última fecha que habíamos acordado, me atendió Ana con
voz gris: Víctor había fallecido.
Decidí ir a la casa
de todos modos, guiado por algún impulso secreto. Supuse que su mujer,
atenta al universo extraño de Víctor, podría contestarme las mismas
preguntas que yo había pensado para él. Además, no quería perder la
última oportunidad de asistir a esa exposición de modelos que imaginaba
extraña.
Era, me comentó el
propio Víctor la última vez que habíamos hablado —y parecía tan vivo
entonces—, una colección de incompletos. Se había especializado en
comprar esas revistas de edición barata y rimbombante que anuncian
modelos para armar en entregas mensuales. Todos sabemos, o sospechamos,
que esas revistas sólo circulan algunos meses y luego pasan al olvido.
Entonces, el modelo que uno imaginaba terminado alguna vez, nunca
evoluciona del engendro para siempre inacabado.
—Soy —había
sentenciado Víctor— un coleccionista de naufragios.
Camino a su casa:
la mañana, la ansiedad por llegar, y al mismo tiempo la sensación de
estar a punto de cometer un sacrilegio. Una atmósfera que me recordó un
cuento de Bellomo. El protagonista de Atlántida descubre que su
taciturno compañero en la oficina técnica mantiene una pasión secreta:
construye montañas rusas armadas con piezas de Meccano.
Con esa idea de
nostalgias portuarias y sepias llegué a la puerta de la casa de Víctor.
Me atendió Ana. No esperaba la sonrisa con que me recibió, y cuando me
dejó pasar imaginé un gesto de disculpa. Faltó que lo dijera, pero yo lo
pensé: fiel a su estilo, Víctor parecía haber dejado, adrede, astuto, la
entrevista inconclusa.
Charlando del clima
como dos desconocidos me dejé llevar por los ambientes antiguos y
eclécticos. Entraba luz por todas partes pero sucia de otoño. Despacio,
Ana me condujo a las vitrinas de pared a pared en lo que parecía ser el
estudio o la biblioteca. No me dijo nada, dejó que yo mismo recorriera
los anaqueles antes de presentármelos.
—Estos son los
naufragios —me dijo—. De los más antiguos abajo a los más modernos
arriba.
Y mis ojos fueron
tratando de constatar esos modelos de madera o plástico, un poco pasados
de polvo. Un barco vikingo improvisado con una quilla y dos remos. Una
fragata Clipper reconocible sólo por la línea fina del casco, sin
mástiles ni castillo de popa.
Parecían, en
efecto, piezas rescatadas de un naufragio, retazos disecados en escala
desde el fondo del océano. Un acorazado ocupaba la posición central en
la vitrina del medio, le estaba dedicada una lámpara especial.
—Su favorito —dijo
Ana, casi sobresaltándome—: el Graf Spee.
Volví a mirar,
había sospechado bien la forma de un acorazado, por los dos cañones
triples, grises y solitarios ubicados sobre una cubierta imaginaria. En
el medio, la torre de cabina, atrás, una chimenea. Pero de ahí a
reconocer que esa elipsis prefiguraba un acorazado de bolsillo alemán…
—Víctor decía que
era como haber armado el modelo del barco ya directamente hundido en el
Río de la Plata.
En eso tenía razón.
Tal vez le había faltado cubrir los espacios vacíos con sedimento sucio
del Delta. Había más cañones, más cabinas y chimeneas, pero Ana no
volvió a hablar. Sentía su mirada siguiendo el reflejo de mi propia
mirada en la vitrina.
—Venga —me dijo, en
cuanto consideró que ya había visto suficiente.
Cruzamos una zona
con mesas angostas, llenas de lo que primero consideré cruces. Me di
cuenta de que eran aviones en escala, también incompletos. En general,
alas y fuselajes vaciados, pájaros rotos. Uno era tan solo un motor y el
piloto de plástico en posición de sentado, o dispuesto a sentarse en la
nada. Los aviones de modelismo suelen exhibirse colgados con tanza de
pesca, Victor había preferido representar en tierra sus rezagos
aeronáuticos, así de inútiles.
Pasamos rápido, Ana
no parecía interesada en los aviones. Tampoco me dejó detenerme en una
colección que prometía “Vinos del mundo”. La bodega en miniatura se
interrumpía en la decimoquinta botella, un Pinot Noir de dudosa
procedencia francesa.
No entiendo bien
con qué confianza se me ocurrió preguntar:
—¿Nunca armó una
montaña rusa?
Ana me miró, como
si esa suposición mía hubiese eclipsado lo absurdo de las colecciones
incompletas y lo absurdo de una entrevista sin entrevistado.
—No —me dijo, y me
guió hasta un placard al fondo de la sala—. Cuando… cuando falleció
estaba entusiasmado, ansioso, como un chico.
Yo también me había
vuelto ansioso y me asomé al placard abierto sin ver nada, hasta que Ana
prendió la luz.
—Apenas salía el
fascículo del mes corría a buscarlo.
No le encontré la
forma enseguida, venía con el ojo atento a aristas mecánicas.
—Al final andaba
preocupado, decía que iban a terminar editando todos los fascículos. El
no podría haberlo soportado, ¿sabe?
Y supe que me
miraba esperando alguna respuesta, pero yo no podía separar la vista de
ese esqueleto recostado mansamente en el doble fondo del placard. No
parecía haber escalas, ni maderas, ni plásticos. La humedad y el olor a
encierro se me metieron en la nariz como a un profanador nocturno.
Casi retrocedí,
pero en el instante sentí la atracción de esos huesos. Con mi índice
torpe acaricié la curva de la clavícula, justo debajo de la mandíbula
suelta. Era como madera, pero no tan cálida; flexible y liviana al
tacto, pero no sintética. No podía ser hueso real, me obligué a pensar,
debía ser algún tipo de resina epoxi, alguna arcilla de moldeado en
frío. Pero después pensé que, por otra parte, tampoco conocía yo al
tacto la sensación real de una clavícula humana.
—Por suerte, al
final —dijo Ana, volviendo de alguna zona del cuarto—, dejaron de
publicar a la altura de la pierna derecha. Y faltan un par de costillas,
además.
Agradecí que ella
no hubiese estado cerca para notar mi horror. Por un segundo, sólo por
un segundo, había llegado a imaginar que.
—Víctor estaba
chocho —siguió Ana, sonrió y me alcanzó un ejemplar de la revista “El
anatomista - Modelo para armar”--. Decía que ahora él también
podía tener un esqueleto en el placard.
Y soltó una
carcajada. Una sola. Una tos aspirada y seca. Y después, su color se fue
a un lugar lejano, se puso pálida o ceniza, y por primera vez pareció
estar a tono con la casa.
—Él —empezó a
decir—. Él escribía, también. Le gustaba imaginar personajes. Y me
llamaba y me decía: “¡Mirá, Anita! Voy a escribir la historia de un tipo
que lo único que hace es tocar los platillos en una orquesta”.
Ana debe haber
notado mi interés porque antes de que pudiera preguntarle me dijo:
—Nunca terminó esas
historias. Se enojaba porque sus personajes, tan originales, al final se
le terminaban yendo a vidas así, tristes, no sé, normales. Y yo creo que
no quería terminar los cuentos por miedo a que quedaran terminados,
¿sabe? Como que no… —buscó las palabras con la mirada en el vacío—… como
si no quisiera encerrarlos... a los personajes.
Traté de
controlarme, pero igual me oí brusco:
—¿Podría leer
alguno de esos textos?
Ana negó con la
cabeza.
—En el testamento
estaba escrito, que enterraran todo con él.
Me dolió, y me
pareció injusto en cierto modo. Miré las vitrinas.
—Entonces… ¿Los
modelos…?
—Soy como Max Brod
—me dijo ella—. Si él salvó a Kafka, yo salvé a Víctor en su colección
de naufragios. Él les llamaba así, ¿sabe? Naufragios... Las hojas se
irán deshaciendo en la tierra, como si nunca hubiesen existido. En
cambio estos modelos no, porque son de plástico, o metal. Víctor, donde
esté, seguro que disfruta de lo que pensé cuando me decidí a sepultarlo
con los cuentos. ¿Sabe qué pensé? Que no hay cuento más incompleto que
el que ya no existe, como si nunca hubiese existido.
Y me pareció una
verdad tan contundente en esa casa de naufragios, de colecciones
incompletas, que volví solo a la puerta de calle. Ana a mi lado, en
silencio. Ya no podíamos entretener la incomodidad de los desconocidos
hablando de si llovería o no al día siguiente. Era necesario dejar esa
charla incompleta.
Así nos despedimos,
en la puerta, yo farfullando algo entre adiós y disculpa y ella con una
sonrisa sabia.
Ahora, mientras
paso en limpio mis notas de aquel día, vuelvo a esa atmósfera de
Bellomo. Sé que hay una conexión secreta entre Esteban Hencek, el
ingeniero taciturno de Atlántida, y Víctor Egan. Paso las hojas
resistiendo la tentación de leerlo nuevamente, hojeando en busca de
claves firmes.
Al fin, un guión de
diálogo me llama, es la voz de Hencek:
—No solo me
conmueven las grandes estructuras —dijo él—, sino también los grandes
espacios abiertos que forman parte de ellas. Creo que ambas cosas son
interesantes: el día que usted esté frente a una, observe cómo esas
inmensas arquitecturas metálicas se expanden sobre las superficies
libres, son como esculturas que modifican el paisaje. Se entiende, ¿no?
Se entiende, sí. El
punto de contacto es aquello que no existe, lo incompleto. Los espacios
vacíos que conforman la montaña rusa,
son las cubiertas imaginarias del acorazado de bolsillo.
El mejor legado de Victor Egan ha sido aquello que no ha dejado. Las
mejores páginas son esas que ya no podré revisar. La mejor entrevista
que pude haberle hecho es esta, que ha contado enteramente con su amable
ausencia.