No vienen a cuento

El cronista

  Las biografías anuncian vida y obra de algún personaje. Como si al lector pudieran interesarle las rutinas diarias de un fulano que ha trascendido por sus obras. Será por eso que otros autores prefieren referirse a obra y milagro. Ahí vamos mejor, hemos limpiado páginas y más páginas de lisa y llana “vida” para tomar lo que verdaderamente importa.

En uno de sus relatos, Stendhal se disculpa del texto antiguo que está por citar: “El autor lo dice todo, lo explica todo, no deja nada que hacer a la imaginación del lector”.

Y es por eso que en las buenas historias los personajes hablan a través de sus acciones. A nadie le importa la infancia problemática de los asesinos de Hemingway, a nadie le interesa saber si el joven Jekyll era buen alumno en la facultad medicina.

Se trata de personajes —cuáles no— que llevan a cabo acciones que los exceden. Los guía el albedrío fatal del autor y hacia allá van, de cabeza a la palabra fin. En sus límites escuetos pueden vivir pequeñas vidas, indicios de existencia, pero se saben simples mecanismos de ficción.

Al margen de esa relojería existe un universo entero de personajes pintorescos. Los autores los imaginan, les dan un nombre y les insuflan vida, pero luego, cuando descubren que no hay historia para contar, los abandonan a su suerte. A veces porque el personaje no está a la altura de las circunstancias, a veces porque el personaje trasciende la propia dinámica de la historia.

Un autor de cuentos, preocupado por el destino de varias criaturas sin sentido me ha encargado un trabajo de dudoso resultado. Me ha entregado las señas particulares de varios personajes pintorescos que por alguna razón se han empantanado en el terreno de la inacción.

Hemos hablado poco, no quiere influenciarme con sus propias impresiones, pero me ha descrito un bestiario de lo más particular. Son personajes que el autor conoce a fondo, como si los hubiera visitado alguna vez. Sabe a qué se dedican, podría detallar las facciones suficientes para un identikit. Sin embargo ha preferido dirigirse a ellos por medio de un intermediario.

—Vaya y haga lo suyo —me ha dicho.

Y “lo mío” no es más que una intuición periodística, o más bien una curiosidad incurable pero metódica. De alguna manera me creo predestinado a llevar a cabo estas entrevistas. Nunca antes lo he hecho, y no sé que sucederá cuando termine.

Eso es algo que me hermana con los entrevistados. Estoy seguro de que ellos tampoco saben bien su destino en este mundo, o en esta dimensión, o lo que sea. Son —o somos— metáforas. Ellos con sus peculiaridades, yo con mi obligación de entrevistarlos, estamos representando otra cosa. O al menos representamos el capricho creativo de un autor, el que los ha creado, el que me ha convocado a develarlos.

Sé que habré de vérmelas con un extraño coleccionista de naufragios en escala, y otro coleccionista, pero de miradas, también un adorador del azar y otro fanático del orden más intrascendente. Con ellos he concertado entrevistas, o el autor me ha adelantado posibles enfoques para las notas. Pero temo que surjan más, imagino un alud de personajes con vida pero sin obra, con más descripción que acción.

“Me preocupa”, me ha confesado el autor, “que estas criaturas mías se marchiten estancadas en sus solas descripciones. No hay una historia que las saque de su sopor. Pero tal vez el describirlas las mueva de su existencia estática al borde del agujero negro del olvido”.

Antes de que le pregunte, el autor confiesa que hay algo de falta de ética en abandonar esos personajes a su suerte. Cualquier historia puede ser narrada si se pone el empeño suficiente, dice. Dice, también, que hay historias que se escriben más fáciles que otras, personajes más amenos de guiar. Para expiar sus culpas es que decide darles voz por mi intermedio.

No me animo a desafiar más al autor, en cierto modo esa culpa se le nota en el gesto reconcentrado. Vuelve una y otra vez sobre sus criaturas tullidas y sabe que no puede escribirles un comienzo-nudo-desenlace que logre satisfacerlo a él, mucho menos a un amable lector.

¿Qué puedo reprocharle yo? Soy un mero cronista que trabaja por encargo. Incluso, mientras pienso en el cierre de esta presentación, sospecho que mi destino propio está signado.

A esta altura sería inútil negarlo: yo también soy uno estos personajes que no vienen a cuento.

 © Luis Cattenazzi

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© Revista Axolotl, Número 18