Algo que contarte

 

—Tengo algo que contarte —dijo mamá.

Fue a la mañana, mientras desayunábamos, sentados a la mesa. Cuatro palabras que sonaron raras, incluso molestas. Ella jamás avisaba que quería contarme algo, simplemente lo hacía. Yo me limitaba a escuchar, a asentir con la cabeza, y cada tanto introducía algún comentario que le diera la pauta de que en verdad la escuchaba. Sus temáticas no iban más allá de los acontecimientos ocurridos en el pueblo o las particularidades propias de su trabajo de costurera. Sin embargo, a mí me agradaba conversar con ella sobre tales nimiedades; eran parte de la rutina perfecta que envolvía mi vida, y no las hubiera cambiado por nada del mundo. Además, si mamá no dialogaba conmigo, ¿con quién lo haría? Papá había muerto cuando yo aún no cumplía el mes de vida, hacía más de veintisiete años, y desde entonces nos habíamos tenido solamente el uno al otro: ella y yo.

—Y contame —dije, mientras untaba una tostada con manteca.

Mamá tenía la mirada clavada en el mate que aferraba con ambas manos. La situación, apenas iniciada, ya comenzaba a exasperarme. Su silencio, espeso, resultaba asfixiante. Todo se hizo más insoportable cuando me llevé la tostada a la boca y hundí en ella mis dientes. El crujido rompió el hechizo. Mamá alzó los ojos, entonces, y esbozó algo que quería ser una sonrisa.

—Conocí a un hombre —soltó.

Tragué el resto de la tostada sin masticar.

—¿Cómo? —pregunté, con un hilito de voz.

—Se llama Manuel.

—Pero… ¿Cómo que lo conociste?

—Sí… —Me cebó un mate—. Vino a traerme un pantalón para que se lo remendara y… —Frunció los labios—. Bueno, en realidad ya lo conocía. Fue mi novio antes de papá.

No supe qué decir. Jamás hubiese imaginado que mamá podría venirme con semejante noticia. Ayudé a bajar el trago amargo con el mate. En mi cabeza las ideas daban vueltas y vueltas y no conseguía pensar nada con claridad. Hasta que una frase hueca escapó de mi boca.

—Bueno, ma, no tenés que pedirme permiso. Es tu vida.

Ella alzó los hombros y volvió a sonreír.

—Ya sé, hijo, pero te lo quería contar. Además, esta noche viene a buscarme. Vamos a bailar a Mar del Plata.

Mi cara debió decirlo todo, porque de inmediato agregó:

—Es una buena persona, Fabricio. Como te dije, lo conozco desde hace mucho tiempo. Volvimos a vernos como consecuencia de los trabajitos que me traía. Un día se quedó a tomar unos mates, otro día se apareció con un ramo de rosas…

—¿Pero por qué recién ahora me contás todo esto?

Ella suspiró.

—Desde que papá falleció, nunca volví a estar con un hombre —Hizo una pausa, quizás esperando alguna palabra o al menos un gesto mío.

Como nada de esto  sucedió, prosiguió:

—Sólo me dediqué a criarte, a cuidar de vos, a que seas una buena persona… No sé, ahora que ya estás grande, que te valés por vos mismo, se me presenta esta oportunidad… ¿Qué va a ser de mí cuando vos te cases con Malvina y te vayas a vivir con ella?

—¿Casarme con Malvina? —dije, sonriendo—. Ni loco, mamá. ¡Tiene más pires esa mina! Estoy por estar, nomás. ¿Me entendés?

Asintió con la cabeza.

—En fin —continuó—, eso no cambia las cosas. Algún día vas a conocer a alguien con quien quieras pasar el resto de tu días, lo que es natural, y entonces vas a hacer tu propia vida, y yo, por más que digas lo que digas, me voy a quedar sola y…

—No puedo creer que pienses todas esas cosas —la interrumpí, indignado.

—¿Ves? Me imaginaba que no te lo ibas a tomar bien. Por eso no te conté antes.

Estuve a punto de protestar, pero me di cuenta de que eso sólo serviría para aumentar su desconfianza. Contuve la bronca en mi pecho. Pero, ¿bronca por qué? ¿Porque no había confiado en mí o porque había conocido a un hombre, un hombre que no era papá, un hombre que no era yo? Mi espíritu había sido sacudido de una manera insospechada, expuesto a una situación ni siquiera imaginada.

Tomé un último mate y me levanté de la mesa.

—Bueno, ma —le acaricié una mejilla—. Todo está bien, en serio. Después seguimos hablando, si querés. Ahora se me hace tarde para entrar al trabajo.

Crucé el bolso en mi espalda y me fui.

 

En el trabajo no tuve tiempo para pensar en lo que mamá me contara durante el desayuno. En parte por la actividad y en parte por las charlas con los compañeros sobre los temas banales de siempre. Sin embargo, al subirme al 720, el colectivo que recorre los doce kilómetros que separan Mar del Plata de Batán, las cuatro palabras que habían iniciado todo —“tengo algo que contarte”— sobrevolaban mi mente, aunque no conseguía profundizar en el asunto; sólo me quedaba analizando la frase, que sonaba tan corriente pero que amenazaba con cambiarlo todo.

Me bajé del colectivo, crucé la ruta y caminé los pocos metros que me separaban de mi casa. Lo hice completamente abstraído, ensimismado, y de manera automática, observando el desplazamiento de mis pies sobre la calle de tierra. Cuando al fin estuve frente a la puerta, algo extraño sucedió. Sentí un cambio, ínfimo, pero cambio al fin. Fue como una leve disonancia; como si todo el tiempo estuviésemos escuchando la misma secuencia de acordes, una y otra vez, a tal punto que casi se nos vuelve imperceptible, y, de súbito, alguno de los acordes tiene una única nota que varía: esto que parece ser una nimiedad, modifica la totalidad de la secuencia y la resignifica, la convierte en otra cosa. Una sensación semejante me embargó en el momento que mi mano quedaba suspendida sobre el picaporte de la puerta. Entonces, aún no sé bien por qué, miré hacia atrás y pude ver lo que antes se me pasara por alto: una cuatro por cuatro, nueva, roja, estacionada frente a mi casa. “Él está adentro”, pensé. Retiré la mano del picaporte y retrocedí hasta la calle. No miento al decir que me sentí aturdido y, también, asustado. Decidí no entrar y caminé hasta el centro del pueblo.

En el bar “El indio” encontré una mesa libre. Los borrachos del lugar vieron en mí un desconocido y me estudiaron con detenimiento por varios segundos. Luego volvieron a sus discusiones, vasos y botellas. Pedí una cerveza. Nunca había entrado allí, ya que con apenas pasar por la puerta el olor a alcohol espantaba, pero no encontré ningún otro sitio donde hacer tiempo. Además, quería estar solo y sabía que allí no encontraría a ningún conocido.

En un televisor de catorce pulgadas colgado en la pared pasaban un partido de fútbol. Lo miré un buen rato, pero sin prestarle atención, pensando en nada. Volví a la realidad cuando llevé el vaso a mis labios y comprobé que estaba vacío. Pedí otra cerveza. Miré el reloj, preguntándome cuánto tiempo estaría ese tipo metido en mi casa. Mamá había dicho que irían a bailar, pero ¿tan temprano? Seguro que antes la llevaría a comer y por eso a las ocho se encontraba allí. Deseé profundamente que mamá no lo hubiese invitado a comer. “Capaz que la tonta quiere presentarnos”, me dije. Volví a desear que no lo hubiese invitado a comer. Tomé un trago de la nueva cerveza y traté de entender por qué mierda me costaba tanto sobrellevar la situación. Pensándolo bien, había actuado como un pendejo. Pero esa sensación antes de abrir la puerta… Era como si me hubiesen avisado, como una advertencia… “Qué boludez”, concluí, y ya no quise pensar más en eso. Ahora sí le presté atención al partido y también al que empezó a continuación.

Regresé a casa pasadas las once de la noche. No había nadie. Sólo una nota, pegada en la puerta de la heladera: “Fabricio, no me esperes, vuelvo tarde”.

 

A la mañana siguiente me extrañaron el silencio y la quietud que reinaban en casa cuando desperté. Mamá siempre se levantaba al menos una hora antes que yo y preparaba el desayuno. Esta vez las cosas fueron diferentes. Fui al baño y comprobé que ella aún dormía. Seguramente había vuelto tarde.

Mientras aguardaba a que se calentase el agua para el mate, comprendí que muchas cosas cambiarían de ahora en adelante. Aunque sospechaba que, en realidad, los cambios habían comenzado antes. Hacía dos o tres meses que mamá estaba de muy buen humor, a decir verdad, más que de costumbre. Además, elegía con cuidado qué ropa ponerse, iba más seguido a la peluquería, de nuevo usaba jeans… ¿Cómo no me había dado cuenta de tamaña metamorfosis?

Desde entonces, ella pareció otra. Nuestras charlas (o sus monólogos, más bien) giraban en torno a él, todo el tiempo, no existía otra tema de conversación. A medida que su amor se incrementaba, proporcionalmente lo hacía mi rechazo. Mamá lucía como una adolescente enamorada; una imagen patética. Para colmo de males, me había convertido en su confidente y hablaba conmigo sobre todo, hasta los detalles más íntimos. Claro, la pobre no tenía amigas y su única hermana vivía en Córdoba. La situación me desbordaba.  

Varias veces intentó que Manuel y yo nos conociéramos y siempre me las arreglé para zafar. Poco a poco se fue dando cuenta de mis evasivas, hasta que me encaró:

—¿Por qué no querés conocer a Manuel?

Cenábamos, un día cualquiera, mientras mirábamos Bailando por un sueño. Me sorprendió la naturalidad con que lanzó la pregunta. Me encogí de hombros mientras terminaba de masticar el trozo de milanesa.

—No sé a qué te referísr…

—No te hagas el zonzo, Fabricio —dijo apartando la mirada de la pantalla y clavándola en mis ojos.

Suspiré. Limpié mi boca con la servilleta y esperé varios segundos para que las ideas se acomodaran en mi cabeza y poder contestar algo sensato. Lo más sensato, al fin, me pareció la verdad.

—Mamá, la situación me sobrepasa… No me siento muy cómodo con lo que sucede, no consigo asimilar el cambio.

—¿Qué cambio?

Fruncí el ceño.

—Que tenés un novio, mamá —dije—. ¿No te parece demasiado cambio? Quieras o no, me afecta, porque vos no sos la misma de antes.

—Te molesta que sea feliz.

Verdaderamente me sorprendía la velocidad con la que lanzaba sus frases, casi sin pensarlo o, más bien, como si fuesen ideas sobre las que venía reflexionando hacía bastante tiempo. 

—¿Qué? —dije subiendo el volumen de voz. Aparté la silla de la mesa y me levanté—. ¿Cómo podés pensar algo así?

—Por fin me siento una mujer plena, y mi hijo no puede aceptar eso —Meneó la cabeza y frunció los labios—. ¿Te molesta que ahora dedique más tiempo a mí misma y a otra persona, a la que amo, y que ya no seas el centro de mi vida? ¿Es eso?

¿Era eso? No lo sabía, pero sus palabras fueron como una aplanadora pasando sobre mi corazón. Se me hizo un nudo en la garganta y mi mente se nubló. Me quedé ahí, parado frente a ella, sosteniéndole la mirada por un instante que pareció no acabar nunca. Al fin, di media vuelta y caminé con largos trancos hasta mi habitación.

Conecté la guitarra al amplificador y toqué por horas. Ella ni asomó. Me dormí, vestido como estaba y con el instrumento sobre mi cuerpo. Tuve un sueño perturbador. Me encontraba recostado en la cama y mirando televisión. De pronto mamá aparecía, caminando, aunque parecía flotar. La escena transcurría como en cámara lenta. Vestía de rojo y llevaba los labios pintados del mismo color. Su cabello estaba mucho más largo que de costumbre y, también, más negro. Movía los labios, diciendo algo que yo no conseguía escuchar, pero no importaba. El movimiento parsimonioso de su boca, como el de un pez asfixiándose fuera del agua, capturaba toda mi atención; un gesto hipnotizante. Excitante. Me sobresaltó una erección. Ella no pareció notarlo. Se recostó junto a mí y, satisfaciendo en parte mis ansias, me besó. Un beso lleno de humedades y texturas. Mientras tanto, con una mano revolvía mis cabellos y con la otra bajaba el cierre de mi pantalón. Con delicadeza extrema comenzó a masturbarme. Al principio con suavidad; luego, cada vez más rápido. Yo me sentía henchido de goce y no quería otra cosa que explotar, para luego desintegrarme, morir… No interesaba. Cuando estaba a punto de acabar, en vez de un estallido de placer, me embargó un dolor agudísimo. Abrí los ojos bien grandes. Ella, con un movimiento veloz, se había apartado de mí dejándome solo en la cama. Grité horrorizado al observar mi pene mutilado y sangrante, aprisionado entre las garras de aquella bruja de labios marchitos y cubierta de harapos. La bruja sonreía, impasible, y yo no hacía más que gritar y gritar…

Desperté gritando y con la garganta dolorida. Cuando dejé de hacerlo, un silencio absoluto me enfrentó con mis pensamientos. Automáticamente encendí el televisor. No quería pensar, las sensaciones hablaban por sí solas, también la humedad en mis calzoncillos. Eran las cinco de la mañana. La guitarra yacía en el suelo, con un pequeño raspón. En la televisión, la basura de siempre. Encontré un especial de Los Simpson, una maratón de no sé cuántas horas. Me entretuve con eso hasta que se hizo la hora y me fui a trabajar.

 

Desde que tuvimos aquella discusión, apenas hablé con mi madre. Nos evitábamos todo el tiempo. Ella, porque seguía enojada conmigo; yo, porque con sólo verla recordaba la pesadilla y me avergonzaba. Mi manera de verla había cambiado desde entonces y no estaba dispuesto a reconocerlo. Se había abierto entre nosotros una brecha que parecía insalvable. Lo único positivo que veía en todo eso es que no había vuelto a insistir con que conociera a Manuel.

El acercamiento máximo que tuve con él ocurrió un sábado a la tarde, alrededor de las cinco. Hacía pocos minutos que me había despertado de la siesta. Con pesadez, abandoné las sábanas dispuesto a tomar una ducha rápida. Estaba por ingresar al baño cuando, otra vez, sentí que la realidad se hacía más compleja agregando a su entramado un elemento extraño y apenas perceptible, pero suficiente como para que yo lo advirtiera. A pesar del calor mi piel se erizó, y supe lo que significaba. Escuché el motor de un vehículo deteniéndose frente a casa, los pasos presurosos de mamá yendo hasta la puerta, el chirrido de las bisagras al girar, una voz grave diciendo “hola”, y el sonido seco de un beso corto. Cuando comprendí que él atravesaba el umbral, retrocedí hasta la cama.

Allí permanecí, incluso, mucho tiempo después de que ambos se marcharan. Por más que intente, no consigo recordar cuánto tiempo estuvieron en casa, ni qué hablaron.    Fue el teléfono celular el que me arrancó del letargo. Era un mensaje de Malvina recordándome que a las nueve nos teníamos que encontrar en el centro. Ya eran las ocho y debía tomar el colectivo de y media si quería llegar a tiempo. Salté de la cama, me duché velozmente y me marché. No vendría nada mal despejar la cabeza un poco.

Malvina estaba con otros amigos nuestros en el bar de siempre. Me senté con ellos a tomar algunas cervezas. Varias, a decir verdad, que urdían nuestras conversaciones cada vez menos sensatas. Cuando las agujas del reloj dieron las doce todos nos fuimos hasta el lugar donde músicos marplatenses realizaban un homenaje a los Ramones. El boliche reventaba de gente. El sonido era muy bueno y daba gusto ver a todos esos pendejos haciendo pogo, moviéndose de aquí para allá. Años atrás me habría sumado a ellos, pero ya no tenía ganas de soportar al otro día el dolor en el cuerpo. La pasaba mejor con Malvina entre mis brazos.

Me pidió que la acompañara afuera. En el patio extrajo del bolsillo de su campera un faso. Lo fumamos. Volvimos adentro y el volumen de la música parecía más alto, aunque no molestaba. Al contrario, invitaba a sumergirse en ella o, más bien, a deslizarse sobre ella. Los versos de una conocida canción resonaron con singularidad en mi cabeza:

 

We´re a happy family

We´re a happy family

We´re a happy family

Me, mom, and daddy.

 

Y mi alegría terminó abruptamente, junto con la canción y el recital.

—¿Qué te pasa, che? —me preguntó Malvina, con una sonrisa estúpida atravesándole la cara.

—Nada —dije.

Ella persistió con la pregunta, y con la sonrisa, colgándose de mi cuello.

—Te dije que nada —y la aparté con brusquedad.

—¡Eh! ¡Calmate, gil! —dijo, trastabillando.

Me miré las manos, sorprendido. La última línea de la canción resonaba una y otra vez en mi mente —“Me, mom, and daddy”—. Todo era muy confuso. Sólo sabía una cosa: ¡estaba furioso! Volví los ojos a Malvina; me insultaba de mil maneras y todo el mundo nos observaba divertido. Sin decir nada di media vuelta y me fui. Faltaba una hora para que pasara el colectivo que viene hasta Batán. No tuve más alternativa (pues no quería esperar) que tomarme un taxi.

El viaje se hizo corto; tal vez me quedé dormido durante parte del trayecto. Recuerdo que en cierto momento, a mitad de camino donde no hay más luminarias sobre la ruta 88, sentí que nos adentrábamos en un túnel de oscuridad espesa, casi impenetrable, apenas desafiada por los faros del automóvil.

Entré a casa, aunque me costó meter la llave en la cerradura de la puerta. Tomé de la heladera una botella de cerveza y la destapé. No tenía sueño; al contrario. Me dieron ganas de orinar así que me dirigí al baño. En esa parte de la casa hacía mucho calor; el calefactor estaba el máximo. Cuando me acerqué para apagarlo comprobé que mamá se encontraba en casa.

Ella dormía, en su habitación. Las frazadas y las sábanas, desplazadas a un costado, la dejaban descubierta. El camisón lo tenía recogido hasta la altura de los muslos; sus piernas lucían fuertes. Olvidándome del calefactor di unos pasos hacia ella, para verla mejor. Me excité. Algunos vellos, pocos, sobresalían de la bombacha. Me acerqué más, más y más, hasta el borde de la cama. No parecía una mujer próxima a los sesenta, juro que no. Y las imágenes de aquel sueño me incitaban a hacer algo que, muy profundamente, sabía incorrecto. Poco a poco una mano temblorosa fue descendiendo ante mi mirada absorta, como si estuviese haciendo algo que yo no le había ordenado. Acarició los muslos tibios y me estremecí. Ya no quise dar marcha atrás y comencé a subirla. Mi respiración se entrecortaba. Mamá continuaba dormida. Pasé los dedos sobre la superficie suave de la bombacha. Simultáneamente, fui desabrochando la bragueta de mi pantalón. Tomé coraje y deslicé el índice y el medio por debajo de la seda. Sentí la textura de sus vellos, la delicia de su carne. Nada me importaba. Sólo quería una cosa. Mi pantalón ya quedaba debajo de mis rodillas: iba a hacerlo. Pero entonces abrió los ojos, enormes, atónitos.    

—¿¡Qué estás haciendo!? —gritó.

Yo intenté aferrarla con fuerza para poder cumplir mi voluntad. Sin embargo, mis habilidades motrices no se hallaban en su mejor momento. No pude sujetar uno de sus brazos, que alargó hasta la mesita de luz, tomó el viejo y pesado despertador y lo rompió en mi frente. El dolor fue terrible, quedé por completo aturdido, sobre ella. Lo último que recuerdo de esa noche es que, llorando como loca, me empujó a un costado y se levantó. Luego, mi visión se fue poniendo roja, cada vez más roja… 

Cuando desperté, la luz de la tarde se filtraba por las rendijas de la persiana. La cabeza me dolía muchísimo. Con esfuerzo conseguí dejar la cama. Entonces advertí que el ropero de mamá estaba abierto… y vacío. Revisé en los cajones y sólo encontré un par de medias rotas y descoloridas. También quedaban las alpargatas viejas. Pero no había nada más. Salí de la pieza y la busqué por todos lados. Los demás objetos se hallaban en su lugar.

—¿Mamá? —llamé una vez.

Fue en vano. En el baño descubrí que también faltaban sus cosméticos. Contemplé en el espejo mi rostro, cubierto de sangre seca. Ella se había marchado, por mi culpa. Me odié con asco. Desconsolado, eché a llorar, como nunca había llorado en mi vida.

           

* * *

 

Pasaron cinco años desde aquellos acontecimientos y jamás he vuelto a saber nada sobre mamá. Ni un llamado telefónico, ni siquiera una mísera carta. Y no puedo culparla.

Ayer, mientras caminaba con Malvina (mi esposa, después de todo) por las calles céntricas de Mar del Plata, una rara sensación me embargó y reflotó mi angustia. Una rara sensación, sí, pero no por ello desconocida. Fue como si el mundo se detuviera, dejara de girar, y las personas frenaran por un instante la patética representación de sus vidas. Miré en todas direcciones buscando un rostro que nunca me había atrevido a conocer, con la esperanza de encontrar junto a él a mi madre. Divisé una cuatro por cuatro roja que pasaba frente a mí. Sólo distinguí dos sombras dentro del vehículo. Parecían ellos. Eran ellos. Quise gritar “mamá”, pero no pude. No sé si no me atreví o esa fuerza apenas perceptible me lo impedía. Impotente, comencé a llorar, ante la mirada atónita de mi mujer.

—¿Qué te pasa, Fabricio? —inquirió, tomándome por los hombros.

Sentí el miedo en su mirada. ¿Cómo contárselo si ella pensaba que mamá me había abandonado así porque sí, de un día para el otro? La abracé y no respondí. Sólo contemplé la camioneta que poco a poco se fue alejando por el extremo opuesto de la calle, hasta que por fin se perdió de mi vista y la sensación se extinguió.

—Me acordé de mamá —le dije sin dejar de abrazarla—. Cuando era chico ella siempre me traía acá.

Malvina se apretó más contra mi pecho.

—La extrañás, ¿no? —dijo, tal vez porque no se le ocurrió nada mejor.

—Sí —contesté—. Y no sabés cómo.

           

© Francisco Constantini