Los espejos y los libros

 

Si lo hubiera leído en un cuento me habría hecho gracia. Pero me pasó de verdad.

Un día volvía de la Biblioteca Nacional, donde paso muchas horas desde que me dedico a escribir, cuando me di cuenta de que, en el último libro que acababa de devolver hacía pocos minutos me había dejado olvidada una fotografía mía, de cuando aún era soltero. Inmediatamente pensé volver a recuperarla, incluso subí dos o tres escalones. El sol declinaba tras los altos edificios que a esa hora reverberan como obeliscos antiguos. En media hora la calle Espartako, y luego la Gran Vía, ya iluminadas, cambiarían de gente y de pelaje.

Me convencí de que era mejor volver a recuperarla otro día, por varias razones: primero, porque el bibliotecario ya habría apilado el libro, una rolliza y destartalada antología de cuentos de Fontanarrosa, para colocarla en su estante al día siguiente; sólo faltaba media hora para que cerrase; en segundo lugar, yo iba casi todos los días allí, me cogía cerca del trabajo y no tenía nada mejor que hacer hasta la noche, sin hijos y divorciado; por último, y no menos importante, debía apresurarme a tomar el metro junto a la gente decente que, en ese momento, abandonaba precipitadamente el centro de Madrid, antes de que apareciesen los pandilleros y degenerados de toda laya. Tras un instante de vacilación, pues, bajé la escalinata con mi Tío Vania, y me perdí en la multitud.

De todos modos, ¿qué podía valer una fotografía? En el peor de los casos, si alguien la encontraba antes que yo, lo más probable era que la dejara allí, con lo cual al cabo de unos días, de unas semanas a lo sumo, podría recuperarla. ¿Qué otra cosa podía suceder? Tal vez el desconocido lector la rompiera, fastidiado o sin darse cuenta siquiera, yo mismo no pongo la mano en el fuego por mí. Instintivamente abrí mi Tío Vania pero no había ninguna fotografía. La gente que lee no es necesariamente más bondadosa, ni más delicada con el prójimo, (siempre pienso en los alemanes, el pueblo más culto de Europa, invadiendo Polonia y Francia). En cualquier caso tampoco hubiera cambiado nada el volver de inmediato. Podían pasar años sin que a nadie se le ocurriera abrir aquel libro o, al contrario, pasar apenas unos minutos. El mismo bibliotecario podía haberla encontrado antes de volver a colocarlo en su sitio o en el carrito. ¿Qué haría entonces?

Intenté recordar la fotografía. Mi ex me tomó decenas para sus álbumes, ¿dónde estarán ahora? Y una pregunta me llevaba a otra. Ya estaba sentado en el metro, ya buscaba las llaves de mi piso en los bolsillos; ya me había tumbado ante el televisor para ver las noticias, y las preguntas seguían girando en mi cabeza. Todo por una fotografía que, ante nada mejor, se me había ocurrido utilizar de pasa páginas, que había olvidado en un libro. Peor hubiera sido dejar allí una tarjeta de visita (aunque no tengo tarjetas de visita), o un verso haiku. Por fin, hacia la media noche, se me ocurrió que, afortunadamente, los libros corrientes de la Biblioteca Nacional están ya colocados desde hace tiempo en estantes abiertos, accesibles al público, y con esta idea feliz pude al fin dormirme.

Al día siguiente, sábado, antes de las nueve ya estaba con mi Tío Vania en la puerta de la Biblioteca, entre una turba de estudiantes. De inmediato me asaltó un temor: si a alguno de aquellos energúmenos se le ocurría abrir el libro de Fontanarrosa, ya podía despedirme de mi fotografía. Sentí que me faltaba el aire. ¡Era una cuestión de principios recuperarla antes de que cayera en aquellas manos (que seguramente jamás se lavaban)! Me abrí pues, paso, a codazos hasta la puerta maciza y acristalada. En medio de los golpes, las quejas nada soterradas, las protestas soeces, despuntó el término “anciano”. De pronto me detuve, alcanzada mi meta:

“¿qué haces, Mauricio? ¿Qué te importa una fotografía más o menos? ¿Desde cuando los estudiantes leen cuentos? Sólo los niños y los hombres maduros, tristes, y fracasados, los leen”. Imaginé a mi ex animando a aquellos jóvenes, poniéndolos en mi contra: “¡dejadlo, dejadlo que pase, siempre es así!” “¿Qué quieres decir?” “¡Mírate las manos, qué lecciones de higiene vas a dar con esas manos de pordiosero!”

En efecto, tenía las manos sucias, amarillentas, y las uñas negras. Pero no era mi culpa haberme abandonado hasta ese extremo. Ni tampoco que mi apartamento estuviese hecho una leonera, además de que así me gustaba, libre de cualquier huella, de cualquier mano femenina. Le di la espalda a mi ex imaginaria y me concentré en la puerta, ignorando olímpicamente los rostros hostiles de los estudiantes que me miraban aún. Entonces me vi reflejado en el cristal: el cráneo casi pelado; los ojos apagados, sin brillo; las ojeras azules; las orejas y el mentón protuberantes de los viejos. Tampoco era mi culpa.

De pronto la gran puerta cedió y nos precipitamos en el vestíbulo. Corrí, pasé ante el guardia, hacia un asiento libre de una de las salas laterales. Desde allí podía espiar cómodamente la estantería donde estaban los cuentos de Fontanarrosa.

Fingiendo que leía el “Tío Vania”, espié durante cerca de una hora, sin apartar la vista ni un momento de la gran librería que llega hasta el techo flanqueada de rieles para las escaleras. Tal vez una joven atractiva, elegante, lo consultase y encontrase mi fotografía, ¿por qué no? ¡Qué diablos! Esperé, esperanzado, pero nadie se acercó. Al cabo, decepcionado, con un resto vago de inquietud, fui hasta allí.

El tomo de Fontanarrosa estaba en el mismo sitio, tal y como yo lo había dejado, doblado por la misma página, la 225. El encargado no se había molestado ni siquiera en abrirlo. Yo me había ido media hora antes de que cerraran la Biblioteca, la víspera, así que nadie había tenido tiempo material de hojearlo. Ya me hacía con la fotografía, tras examinarlo con el mismo desaliento con que reconocía cada día los objetos, las caras, las circunstancias idénticas y grises de mi vida, cuando las manos empezaron a temblarme.

La fotografía no estaba.

Lo volqué, pasé con cuidado una a una las primeras doscientas páginas, sentado en una escalera; rebusqué al azar entre las restantes, pero la fotografía no estaba allí. Había desaparecido. Sin embargo, yo estaba seguro de haberla olvidado, tras utilizarla como pasa páginas. ¿Cómo se explicaba?

Perplejo, amoscado, volví a poner el tomo grueso en su hueco y me fui a devolver el Tío Vania aún a medio leer. Luego ocupé el mismo sitio, un banco corrido frente a la estantería de los cuentos, y seguí espiando el resto de la mañana por si alguien se acercaba, sin ningún resultado.

Las ideas más extravagantes giraban por mi cabeza: desde luego alguien me vigila, pensé. Si no, ¿cómo se explica semejante misterio? Y ya no sólo custodiaba el libro de Fontanarrosa, que tal vez el ladrón, movido por su mala conciencia, volviese a buscar para devolver la fotografía, sino todo el perímetro a mi alcance, con escasa discreción. Ya no me importaba la fotografía sino resolver el enigma. No sospechaba que tal enigma, si puede llamarse así, no había hecho más que empezar, ni desde luego que tomaría el curso inocente y perverso que tomó, como se verá.

Poco antes del mediodía y cuando ya estaba a punto de abandonar mi custodia, un viejecito, uno de esos jubilados ociosos y solitarios que vienen cada mañana a la Biblioteca como a un casino o un club taurino, a la caza del periódico del día, se acercó al estante de los cuentos. Pasó dos veces ante el tomo de la fotografía robada. Se detuvo, extrajo un librito dos estanterías por arriba y empezó a hojearlo a toda prisa, de pié.

Sin apartar la vista de sus manos, que pasaban rápidamente las páginas como si buscaran viñetas obscenas, chistes políticos, o ilustraciones por el estilo, sin perderlas de vista un momento como si de un espectáculo de prestidigitación se tratase, vuelto bruscamente a mi infancia, me acerqué todo lo disimuladamente que pude, y simulé a mi vez examinar otro libro, lo más cerca posible, para ver qué hojeaba, y me resultó fácil porque el hombre era bastante más bajo que yo y estaba completamente abstraído, no en la lectura sino en la contemplación de algo que eso sí, yo ya no podía ver: era, como me temía, “El Libro de Manuel” de Julio Cortázar. Si ya es raro que un jubilado nacido con el siglo, en España, lea cuentos, todavía lo es más que lea los de Cortázar. Con todo, el hombre no tenía nada en las manos, y su semblante era apacible. Seguramente había cogido aquel librito al azar, como hubiera podido escoger cualquier otro, pensando en otra cosa, con la mente distraída en alguna preocupación. En ningún momento miró hacia abajo, al tomo de Fontanarrosa. No obstante, permanecí alerta, alejándome un poco, fingiendo que leía los relatos edificantes del padre Corominas sobre el Perú. Todo aquello era por demás, sospechoso, cuando menos, extraño.

De súbito el sospechoso llevó la mano izquierda al bolsillo de su chaqueta. ¡Ajá! Casi salté como el resorte de un muelle. Cuando ya esperaba ver mi fotografía, el hombre sacó un pañuelo usado y se sonó las narices. Entonces me descubrió. Puso cara de circunstancias, dejó el Libro de Manuel no en su sitio sino, como suelen hacer muchos desaprensivos, sobre el dorso de la fila, se guardó el pañuelo y se dirigió apresuradamente a la puerta donde estaba el guardia.

Sin pensármelo dos veces, corrí a examinar el tomito del gaucho. Lo abrí, lo coloqué de canto cara al suelo y empecé a agitarlo. Pero no cayó nada más que polvo. Entonces volvieron a mi mente los días felices y alucinados en que descubrí y leí a Cortázar; paseé la mano reverente por la portada para limpiarla, fuera ya del tiempo; y lo volvía a colocar en su hueco, abandonándolo a su suerte, seguramente a un injusto olvido, manipulándolo con la misma delicadeza con que un sacerdote guarda el copón en la custodia, acabada la Misa. Toda la mañana perdida. Total, quienquiera que fuese, habría tirado la fotografía. ¿Por qué iba a hacer otra cosa? Por si las moscas, sin embargo, volví a revisar la antología de Fontanarrosa una vez más, aunque más sumariamente. Y de paso, ¿por qué no?, examiné también página a página el librito del padre Corominas, escogido al azar, al albur de las circunstancias. ¿Y si el ladrón no recordaba dónde había encontrado la fotografía exactamente, y en su precipitación, abrumado por su mala conciencia, la había devuelto a otro libro próximo? ¡Caramba! Me acerqué la escalera, y cuando me quise dar cuenta ya había anochecido. Había revisado dos estantes completos, con cientos de libros cada uno, y se me había ido el día sin darme cuenta.

Ya estaban a punto de cerrar. Mientras rebuscaba, no había dejado de acechar a todo el que se acercaba a la sección de cuentos y relatos americanos. Ambas exploraciones fueron igualmente infructuosas. Hacía rato que la turba de estudiantes se había dispersado, seguramente hacia los antros de los alrededores de La Gran Vía y la Plaza Mayor, que no abren antes de las nueve, ahora reemplazada por la cohorte más tranquila y extravagante de los estudiosos, donde yo desentonaba igualmente, como el resto de un naufragio en una playa de lujo. De pronto recordé que no tenía lectura para aquella noche: no puedo conciliar el sueño sin leer al menos una página nueva, que me atrape, algo que cada día me resulta más difícil y cuesta arriba, (compadezco a las mujeres que rebuscan durante horas en las abarrotadas tiendas de ropa femenina). Hastiado de mi búsqueda, decidí cambiar radicalmente de sección. Ya había escogido una novela de Yasunari Kawabata, “País de Nieve”, y disfrutaba por anticipado de las hermosas descripciones de la naturaleza que sin duda contendría, cuando oí el golpe y estuve a punto de desmayarme de la impresión:

¡Mi fotografía, sí, mi fotografía, acababa de resbalar y caer al suelo, de aquella novela del infortunado escritor japonés! Juro que era la primera vez en mi vida que tenía aquel libro en las manos. Temblando, recogí mi efigie del suelo y me quedé un buen rato contemplándola, como si ella me pudiese dar alguna explicación del enigma.

Los guardias ya estaban apagando las luces y revisando los lavabos, las oficinas y el archivo de incunables, y la Biblioteca empezaba a quedarse desierta. Me cercioré muy bien de estar solo. Volví a esconder mi fotografía, esta vez en un tomo de Las Mil y Una Noches, la traducción de Pierre Vinerdeu, y me alejé con el libro de Kawabata en la mano, temblando por aquel descubrimiento inexplicable e inesperado.

El lunes a las ocho en punto telefoneé a mi trabajo anunciando que estaba enfermo. A las nueve menos cuarto ya estaba en la escalinata de la Biblioteca Nacional, con el País de Nieve en la mano (que no me decepcionó, dicho sea de paso), y abriéndome camino a codazo limpio entre los estudiantes que abarrotaban de malos modos la entrada. Mi ex me señalaba, sonriendo con ese aire de suficiencia insufrible que la caracteriza: “ya lo veis, otra vez aquí, está enfermo”. Pero esta vez no me digné a responderla, ni la miré, ni tampoco me entretuve contemplándome en el cristal de la puerta. Al fin, ésta se abrió como si cediera a nuestro peso, y nos precipitamos en tromba en el vestíbulo, el amplio pasillo y las primeras salas de lectura, ya iluminadas. Ocupé un banco discreto, cerca de la librería que contenía la traducción de Vinerdeu, y me dispuse a hojear mi País de Nieve sin apartar la vista de allí. Con un ojo leía y con el otro vigilaba. Esta vez, estaba convencido, era materialmente imposible que nadie hubiese robado mi fotografía. Primero, porque yo no había devuelto el libro sino que lo había dejado en su sitio. Esto descartaba a encargados y bibliotecarios. Segundo, porque ningún usuario había tenido tiempo material, ni en la noche del sábado, ni en el minuto de aquella mañana del lunes que yo había tardado en apostarme allí, de acercarse ni siquiera a las Mil y una Noches de Vinerdeu donde yo la había guardado. Estaba pues, seguro, de encontrar la fotografía allí, pero con todo esperé aún una hora, por si alguien se acercaba todavía. Nadie se acercó.

Iba ya a recuperarla cuando un grupo de monjas irrumpió en la sala. Retrocedí, cauto, tras coger al azar un tomo que resultó ser Las Ruinas de Palmira, y volví a mi banca. Al cabo las hermanas salieron entre la horda de estudiantes. Temblando, ¿por qué tiemblas, Mauricio?, saqué del estante el libro de Vinerdeu, apoyé en la mesa la lujosa encuadernación, y lo abrí.

La fotografía no estaba. ¡Díos mío, voy a volverme loco! ¡Mi ex, mi ex! Empecé a registrar sin ton ni son todos los libros de aquel estante y los del siguiente, como hiciera la víspera en la sección de cuentos iberoamericanos, con idéntico infructuoso resultado. ¡No era posible, la fotografía no estaba!

En un arrebato de desesperación, tomé el ascensor y bajé al sótano. Aquí están, entre otros, los ejemplares únicos, raros, o deteriorados; los originales y aún los manuscritos no impresos, incunables contemporáneos, y otras rarezas que incluyen dibujos, acuarelas y fotografías. Todos tienen en común que no se prestan al público, y la mayoría de ellos ni siquiera pueden consultarse en la sala sin un permiso especial de la Dirección de la Biblioteca o del Ministerio, y con un guardia jurado al lado. Sí pueden admirarse, en cambio, los expuestos en las vitrinas, y puede curiosearse, también con vigilancia, en los cajones, los archivos de referencia. No sé por qué bajé exactamente a esta cava siniestra. Allí al menos, no había estudiantes.

¿Y ahora qué? Di una vuelta, distraído, resuelto a encontrar un libro que no contuviese mi fotografía. Entre millones de ejemplares esto debía ser precisamente lo normal. Sin embargo ya estaba convencido de no lograrlo. Allí, al menos, los manuscritos descansaban ajenos, inaccesibles a aquel juego. Dejé vagar mis pensamientos mientras recorría, sin mirar ni a derecha ni a izquierda aquel dédalo de corredores dispuestos como un museo. Y de nuevo volví al ascensor.

En la sala que acababa de dejar ya no había asientos libres. Con todo, me acerqué, me planté ante las estanterías atiborradas hasta el techo, flanqueadas de rieles, y allí permanecí indeciso.

Con un sudor frío, escogí un tomo al azar y ya iba a hojearlo, convencido de encontrar de nuevo la fotografía dichosa, cuando con un movimiento rápido, lo volví a poner en su sitio sin abrirlo siquiera, y cogí otro al azar. Repetí esta operación varias veces, ¿cinco, diez? Y sin percatarme de ello al principio, mis elecciones eran cada vez más deliberadas: de volúmenes ya leídos o que no me interesaban, iba pasando poco a poco a otros que sí eran de mi interés, pero siempre con idéntico temor. Al fin me decidí por una antología de cuentos de Mauppassant, que deslicé furtivamente a mi mano izquierda. El corazón me galopaba. Sudaba, temblaba, sentía las piernas débiles y remotas.

La fotografía estaba en la página 27. Cayó al suelo. La recogí, y esta vez la volví a poner en el mismo lugar, como si a él perteneciera. Que ese fuera su sitio definitivo. Busqué la página 27, la coloqué allí con cuidado (mi rostro me miró, burlón y maligno), lo cerré con fuerza, lo devolví a su estante, y corrí a la calle.

Una vez fuera, aspiré profundamente como si acabase de realizar un enorme esfuerzo físico. Sentí mi cuerpo envuelto en una especie de ligereza. Me senté en un parque, no recuerdo cuál. Luego fui a cierto bar de la Plaza de España, que frecuentaba en otra época. Pasé el resto del día vagando por los alrededores, sin rumbo.

De una forma u otra siempre acababa en el mismo sitio: aquel edificio neoclásico, la arboleda decimonónica, la escalinata, el portón macizo, acristalado, flanqueado de columnas; ya no era la Biblioteca Nacional sino una de las entradas del Infierno (de hecho, en mi delirio, recuerdo haberme acercado más de una vez a uno de los ventanales traseros, haber pegado el oído al muro espeso, y haber escuchado durante un minuto como un rumor lejano, un murmullo quejumbroso, débil, de voces y de máquinas.

Las descripciones de las Sagas Islandesas, de Dante, de Blacke, de Poe, de Borges, acuden aún hoy a mi mente para confirmar mis sospechas: el Infierno, cuya entrada se situaba ingenuamente en la Edad Media en un volcán de Islandia, es en realidad un no lugar, un espejo que se replica a sí mismo en otro y en otro, desesperadamente hasta el infinito. Ahora sé de algún modo, que yo ya estoy allí.

He vuelto a la Biblioteca Nacional muchas veces; he probado todas las fórmulas y subterfugios para no encontrar mi fotografía; incluso he llegado a destruirla; pero todo ha sido inútil. He logrado pasar meses alejado de Madrid, me he internado en clínicas, he vivido fuera de España; he vuelto casi curado (mi enfermedad consiste en no creerme ya vivo sino muerto); y la sola visión de las escalinatas, de la puerta enorme, ha bastado para convencerme de que todo era inútil.

Yo ya estoy perdido.

 

© Carlos Almira Picazo