La lectora

 

Cuando volví a levantar la vista, con la baba eferveciendo al borde de los labios, jadeando después de la conquista del único espacio vacío del vagón.  Después de haberme reído de la gorda, del profesor pelado y de la nena con cara de Satán por haberme quedado con el asiento (con el único asiento, porque no había ni uno más). Cuando entendí que la soberbia era, tal vez, mucho para un lugar de subte, la vi que leía enfrente de mí.
            Con unas medias como de hilo, grises pero que habían sido blancas, sin elástico. Con una irregularidad, una caída que era seguramente lo más sexual del mundo. Más que los caseros de la hermana de Gerso; más que ese calendario de la pared, esas mediecitas discontinuas por accidente, cayéndose en su espectáculo sutil estaban un paso más allá de lo tolerable. Mientras me dejaba atacar por el juego de los tobillos, uno sobre el otro rascándose por el calor, arrastrando el hilo de las medias arriba y abajo, le veía las piernas inquietarse. El Gede hubiera dicho: Hay mejores, pero para el Gede siempre hay mejores. Casi traslúcidas, como si hubieran vivido abajo de un sótano por años, en el ártico, pintaban el camino hasta la pollera; estancaban los ojos como la nieve de las rutas demora a los autos en el norte.
               A veces pienso que esas cosas, las medias las piernas la pollera, son una especie de expresión de humildad, como si ellas no supieran que todo eso es demasiado y acaso esa ingenuidad las hiciera inmortalmente atrayentes. Las volviera tan abstraídas, tan ajenas a nuestros pensamientos que el espacio estuviera siempre ahí, disponible para los pasillos mugrientos del imaginario. Después  vuelvo a la lista de los Mejor después, de Otro día la seguimos en otra parte y pienso que no. Ese día llegue a pensar incluso que, en el hambre por esas piernecitas de leche, en el movimiento del aire en el vagón, en el calor del subte de la tarde, ella sabía. Todas saben.
             Vi a una pierna descruzarse y subirse a la otra pierna. El pegamento del verano había estirado la piel hasta despegarla, yo la había visto alargarse con la transpiración y me había reído, tal vez siniestramente, como si nadie más pudiera mirar con tal atención la escena. Me di cuenta que estaba poseído, y peor, me di cuenta que esa necesidad de posesión era mutua. Claro que, mientras ella descuajaba mi mente, cortaba en gajos mi razonamiento hasta deshacerlo, yo la miraba solamente, me concentraba en su pollera con todo el esmero de este mundo, con furia. Como si fuera suficiente para que me mirase, como si eso no me hiciera más un depravado que alguien aproximadamente digno.
            La pollera tenía una hilera de botones en el medio, dar más detalles me parece un absurdo. Sobre el último botón antes del ombligo, una camisa azul de raso se escapaba, cansada como el cuerpo, desparramada y fruncida cinco veces hasta el pecho. Obligatoriamente, el primero  y el segundo botoncito estaban desabrochados (Creo que de no haber sido así mi mente hubiera inventado esa imagen sin demasiada dificultad). Había en esta parte una cadenita de plata, tan de mal gusto, tan regalo familiar que prefiero saltearla. Simplemente estaba, con la camisa y la pollera y las medias, sobre un cuello tan limpio que tenía que haber algo insólito en eso, algo imposible.
            Por fin, y entonces, el alivio del libro. Cualquiera hubiera dicho en este punto que, incluso más que la cadenita, el libro era el elemento desechable de la escena. Muy al contrario, el volumen era el centro del problema. De haber estado ocupada con cualquier otra actividad, de haber pasado las estaciones comiéndose las uñas, la probabilidad de haberme encontrado mirándola hubiera sido demasiado alta. Si acaso hubiera estado, por ejemplo, hablando por el teléfono, la voz hubiese quebrado esa idea, ese aura de ingenuidad que tienen los cuerpos solo cuando están callados. El libro, en cambio, funcionaba como una garantía: reclusa de la lectura, condenada a las caras de otro mundo, a los diálogos de otro tiempo, era casi imposible que advirtiera cómo la comía con los ojos, cómo retenía una espuma desagradable, sarnosa en las paredes de la boca. Acaso esas páginas desconocidas eran la doble distancia entre ella y yo (además del pasillo entre mi asiento y el suyo), y por eso fuese a la vez de un alivio, una forma de alejarnos exactamente un universo (Y un universo quizás fuera demasiado).
            En realidad no eran tan desconocidas, las páginas, eran de una edición vieja de Las doradas manzanas del sol. Pensé que sería divertido si estuviera leyendo, justo en el centro del centro de la ciudad, El asesino.  Me intrigaba que estuvieran inflamándose sus nervios, que sus sesos estuvieran chocando adentro de ese cuerpecito quieto. Que atrás del movimiento sutil de las medias, del pegamento de pierna a pierna, hubiera un incendio, un caos, un deseo brutal de romper los relojes y las alarmas y los celulares con cámara de los otros pasajeros del subte. Me la imaginé arrancando un brazo sólo para romper un reloj de pulsera, usándolo después para destruir en el suelo un teléfono que sonara con un tema de Tiesto. 
            Cada tanto, y después de haber decidido que era ese cuento el que estaba leyendo, la página se daba vuelta y yo pensaba por qué parte estaría, me reía con complicidad del cinismo del protagonista, de nuevo la veía estrellando una calculadora, una pc portátil en la ventana. Los ojos, puedo adivinar que verdes, se movían abajo de los párpados de derecha a izquierda con una velocidad sospechosa. Tal vez fuera una lectora ávida, tal vez pudiéramos juntarnos a tomar un café, a discutir sobre Bradbury y quizás le gustara alguno más, nada de cuentos obscenos, juntarnos a hablar de Julio Verne, podríamos alguna tarde. Tal vez se hubiera dado cuenta de mi, de yo con las manos mojadas, con los ojos rojos de una perplejidad consistente, de no poder abandonar el botón desabrochado de la camisa azul siquiera unos minutos.
            Nada podía probar que hubiera mantenido la fluidez de lectura todo ese tiempo. Nada podía probar lo contrario. A través de la cortina del libro, lo que yo determinara cierto era efectivamente cierto. Tanto podía ella estar pensando en el caos, en el asesinato de las heladeras, como repasando las líneas, siquiera para no tener que mirar las otras personas del vagón. Aunque fuera para olvidarse de las caras de la ciudad y descansar en un paisaje abierto: una playa virgen del sur, la erosión de las montañas del norte. Imaginaba las páginas blancas, tal vez, como si el silencio pudiera percibirse a partir de una imagen del vacío.
             A veces veo a los ejecutivos mirar la misma foto de una playa de México por paradas enteras. De uno a otro lado de la ciudad, no duermen si no que descansan en el paisaje como si la mente la tuvieran tan fatigada, tan consumida que la imaginación necesitase material prefabricado, el producto listo para el sueño. Tal vez lo mismo pasase con ella y Bradbury,  quizás solo pasara los ojos de un lado al otro, como la rutina que permitiera imaginarse, sistemáticamente, palabras o páginas en blanco.
            Tal vez, esta es la opción que menos prefiero, estuviera leyendo como los que fuman en eventos sociales, a la salida de las facultades, en la tapa de una revista. Como una costumbre que la elevara de cierta mediocridad merodeadora, le alejara los buitres, los brutos, la hiciera interesante a los ojos de los médicos solteros y los profesores (como el pelado al que le había ganado el asiento pero no particularmente como él). 
             Y podría haber pasado que supiera de mí. Pero al final, ese libro entre salvador y condenado me dejaba pensar que no. Que no estaba riéndose de mi saliva espumosa, de mis ojos hinchados, de mis manos que hacían juegos entre ellas y se secaban en el jean, sucias, de mi cara de post-adolescente con fantasías muy de púber (Como si alguna vez las fantasías cambiaran demasiado).   El libro me dejaba que la viera como en una postal, como en un telescopio al margen del subsuelo lleno de otros… Que la viera con la camisa y sin la camisa, con la pollera de botones desabotonados, con las mediecitas que, de nuevo, una  y otra vez eran lo más verdadero y sexual del mundo. El libro me dejaba que ella leyera El asesino, que se riera conmigo del cinismo, se incendiara por dentro. Que rogara por un apagón de todos los teléfonos y después, de repente, se imaginara en el silencio más total, de sur a norte y viceversa.
            El subte fue callándose en la parada. El cartel de Florida se vio por los dos lados en las ventanas. Vi a los tobillos hacer un movimiento brusco, al cuerpo balancearse, a las manos cerrando el libro. Y fue lo último que le vi, a propósito, antes del vértigo. Acomodé los ojos rápido en la goma, en todos los ángulos contrarios a su lado del vagón. Mejor no la veía irse, mejor no la miraba mientras volvía a ser dedos entre los dedos, dos piernas entre piernas, un peatón en el infierno de peatones.


 

 

© Romina Wainberg