El cazador de sombras

 

Muchas personas se habían reunido por la noche en la Plaza de España. Era fiesta.

La orquesta tocaba pasodobles desde lo alto de la tarima en el centro de la plaza. Frente a los músicos la gente bailaba despreocupada.

Ellas, discretamente maquilladas, llevaban su vestido más bonito; ellos, el mejor traje que tenían; algunos quizás el único. 

 

Las guirnaldas se extendían de farola en farola, engalanando el pueblo; algunos tenderos vendían manzanas cubiertas de caramelo, chufas, pipas, y regalices; otros, caretas de cartón, carracas, matasuegras, cohetes y petardos.

Por las calles empedradas se olía el jazmín, la hierbabuena y el romero de las terrazas regadas.

 

Cuando me crucé con Amelia yendo al mesón, supe que pasaría la noche conmigo. En cuanto la rondase un poco sería mía.

Era una mujer de cabello ondulado, rojizo y grandes ojos. Vestía falda de tubo negra, camisa clara, y zapatos de tacón. Tenía esa edad en la que el destino sorprende por última vez a las personas, y las obliga entre decidirse por la pasión y el deseo, o la resignación total de la rutina.

 Tras presentarme y mostrarle mi deseo de bailar con ella, aceptó uno con la esperada reticencia, pero al concluir la charanga continuaba junto a mí. Le pregunté por cosas del pueblo y de los aledaños, puesto que realizaba un reportaje para una revista, según le dije. Ella hablaba como una cotorra de las historias de la zona, y yo me la iba trabajando con inocentes caricias en las manos y piropillos que reía con gusto, para continuar hablando del pueblo.

Pasado un rato me la arrimé bien, y los piropos subieron de tono, pero ella ya no hablaba, sino que me observaba entre incrédula y fascinada. Notaba su vello erizado y sus pezones sobre mi camisa.

 —Me llamo Amelia —dijo.

—Tú ya sabes mi nombre —le susurré al oído.

Ante el grupito con el que estaba fingió encontrarse muy cansada: deseaba irse a su casa. Uno con pajarita se ofreció para acompañarla, pero ella declinó la oferta.

Habíamos quedado en vernos en la esquina del camino de Lezo, a tres calles de la pensión en la que me alojaba.

La casa tenía dos pisos y desván. Parecía a punto de derruirse. Una bombilla alumbraba apenas la entrada. Mi habitación era simple: había camastro, mesita, jofaina, y un espejito en la pared; en cuanto al retrete se ocultaba tras un biombo astroso.

Me contó que era viuda de guerra y que se encontraba muy nerviosa, porque no había estado con ningún hombre desde que murió su Bernardo.

 

En el cuarto, Amelia descubrió multitud de placeres, y cómo llegar hasta ellos. Mantuve a la hembra en un continuo estado de excitación; luego la dejé hacer durante un rato y comprobé divertido lo aplicada que era. Después me la follé varias veces hasta donde me permitieron sus fuerzas, y entonces se arrastró a un lado, llevándose con ella la sábana y el goce.

La mujer susurró algo, sin embargo no alcancé a oírlo.

Dejé pasar un rato, un tiempo que pareció eterno, y la llamé en la oscuridad. Me acerqué a ella, besé su espalda, y acaricié sus senos, pero Amelia dormía profundamente.

De nuevo insatisfecho y vacío.

Había dos cuerpos en la cama, un hueco entre ellos y silencio.

La oscuridad de la habitación me invadía inexorablemente, y aquel sentimiento de soledad; pero antes de que me rebasasen, me vestí y cogí mis cosas.

 

En el piso bajo había luz; la puerta del casero permanecía entornada. En su cuarto sonaba quedamente un tango. La calva del hombre asomaba por un lado del sillón. Las fotos de una mujer repartidas por el piso de la habitación, y la botella de güisqui caída hablaban de dolor en la noche, pero ahora el viejo roncaba.

 Dejé el dinero de mi estancia en el casillero de la entrada y me fui.

 

Mientras conducía, la brisa se llevaba el recuerdo de Amelia, y como siempre sucedía rememoré un rostro prohibido de cuerpo pecaminoso; los días pasados en una pensión olvidada de un pueblo perdido; el placer intenso de la carne y el olvido de una existencia marchita. Eso que trataba de capturar, pero sólo como un cazador de sombras.

 

© Gustavo Adolfo Bautista

 

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Revista Axolotl #07

Cuento: "La historia de Vittorio Ansaldo"

 

Revista Axolotl #16

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