—A mí me venía pareciendo verlo un poco cambiado a m’Ismael.
El diálogo de las dos cuarentonas, sentadas en el jardín de la casa de una de ellas, estaba impregnado de una tonada campestre imposible de trasladar al papel.
—Al principio me venía un poco má’ flaco. Medio barbudo, el pelo má’ largo.
Y hasta ahí resultaba normal. Es decir, el pobre de Ismael, alimentado durante dieciocho años por su celosa madre que no vivía más que para dedicarse a sus hijos, en su flamante etapa de independiente estudiante universitario lejos del hogar lógicamente tenía alguna que otra dificultad.
Buena parte del presupuesto se le iba en hamburguesas o diferentes cortes de la carnicería del supermercado, todo elemento pasible de ser lanzado sobre una plancha ya que el pobre no sabía siquiera encender el horno. Claro que cuando se cansaba de esas variantes a veces se salteaba alguna comida, a falta de mejores alternativas. El gran esfuerzo que hacía el peón de campo Braulio, léase su padre, por la manutención de Ismael allá en Rosario no permitía lujos como comer afuera ni proveerse platos hechos, por discretos que fuesen. Así, algún kilo menos cuando de tanto en tanto regresaba (meses, concretamente, ya que el capital no bastaba para costear esos onerosos pasajes con mayor frecuencia) era comprensible.
Doña Lorenza, su madre, le había cortado el cabello toda su vida. No podía esperar que el propio Ismael lo hiciera por su cuenta. Y las maquinitas de afeitar y esos accesorios eran una suerte de privilegio que aquel tampoco encontraba accesible. Entonces verlo barbudo y con el cabello más largo era comprensible.
Los meses siguieron transcurriendo. Entonces fueron las escamas. Toda una erupción que se extendía de punta a punta por el cuerpo del pobre hijo. La sabiduría materna le permitió arriesgar:
—Habrá sido el agua de la caniya di’ayá... O algo que comió.
La férrea sabiduría paterna también se hizo presente, en este caso en la forma de un “no, qué dotor ni dotor, que se le vaya solo como le vino”.
Y así, el pobre Ismael se volvió a Rosario cubierto de escamas.
Doña Lorenza conocía a su hijo todo lo bien que una madre puede. Por lo tanto, cuando a su siguiente venida lo notó nuevamente “algo cambiado”, su veredicto fue irrevocable.
—Me hablaba meno’ él. Hablaba poco —comentaría a su amiga.
Ciertamente Ismael nunca había sido un gran comunicador. Pero aun cuando otros no lo notaran, su madre sabía que tiempo atrás, antes de marcharse del hogar, decía más que monosílabos.
Además prestaba poca atención a su entorno: ya no jugaba con su hermano menor, José; dormía una mayor cantidad de horas; no se sentaba a la mesa con el resto de la familia en cada comida. Estaba raro, aunque otros no se percataran. Cuando lo despidió aquella vez en la ruinosa garita que oficiaba de terminal de colectivos del pueblo, doña Lorenza temió por el futuro de su hijo.
Nuevamente pasaron meses. Algo más de dos, concretamente, hasta el siguiente, esperado viaje.
—Esa vez ni me reconoció cuando le juí a’sperar —revelaría.
Y ya para aquel entonces ciertos nuevos rasgos físicos que exhibía Ismael en su porte llamaron la atención también de su padre, también de su hermano. Primeramente pensó don Braulio que su hijo menor había pegado el estirón, visto que contaba ya trece años, pero notó después que era Ismael el que, extrañamente, se había achicado. Dudó don Braulio por unos momentos; estuvo al borde de consultarlo con su señora pero finalmente deliberó por cuenta propia: perder un poco de altura no era lo mismo que perder un poco de peso. Algo no estaba bien.
La siguiente pista la proveyó José, después de que los dos hermanos estuvieran jugando a la pelota. El menor notó que Ismael, oportunamente al arco, no tenía los reflejos de antes. Pero lo que más le sorprendió fue que la última de las tantas veces que sus ahora torpes manos no habían podido detener el balón, éste había golpeado su torso y había caído al suelo, pinchado. Horas más tarde —pero esto ya no se atrevió a contar a sus padres— José espió a su hermano cuando iba a ducharse y notó que tenía el lomo cubierto de una suerte de pequeñas excrecencias redondeadas, verdosas, puntiagudas.
Y el pobre de Ismael se volvió a Rosario, para retornar a fin de año.
—Y aura de nuevo. Al yegar estaba completamente desorientau el gurí.
La otra mujer, doña Teresa, intentó consolar a su amiga diciéndole que había que ver lo que era el ritmo de vida en las grandes ciudades, y lo agotadora que podía ser la facultad, y que al fin y al cabo era esperable que el pobre cambiase un poco. Era comprensible. Claro que cuando doña Lorenza dijo “ya deben d’estar por volver; se jueron a pescar con el hermanito”, su compañera se apresuró por irse para su casa, anteponiendo alguna vaga excusa.
Pasado un rato, Ismael volvió solo. Su madre no hizo preguntas, pero sí se concentró recién entonces en corroborar lo que su hijo menor le había sugerido horas atrás:
—¿Má, eso que tiene ahí en la cabeza no son como antenas?
Tan absorta estaba imaginándose una explicación a semejante hallazgo que no notó siquiera cómo el ya bastante verdoso Ismael, con sus amplias fauces pobladas ahora de voluminosos colmillos, devoraba a su padre cuando éste se encontraba preparando el fuego para el asado de bienvenida.
Y sí, es que la gente de campo es a veces tan ingenua, tan ignorante que cómo habría de advertir que su hijo se ha ido transformando en el adelantado de una inminente invasión extraterrestre. Les falta cultura general, ¿vio?
© Pablo Bagnato
Pablo Bagnato nació en Rosario, en 1980. Publicó los cuentos "La vuelta" (Los nuevos escritores latinoamericanos, Editorial Nuevo Ser, 2002) y "El fin de las reformas" (De las sombras a la luz, Centro Editor Municipal, 2006). La revista literaria El Margen publicó en septiembre de 2007 su cuento "Paisajes urbanos". "El hombre que entregó el mundo" fue publicado por la editorial de la Universidad Nacional de Rosario, en la compilación CUENTOS VI (UNR editora, 2007).
Obtuvo numerosos premios y menciones. Es un viejo conocido de Axolotl: "Neanderthal" obtuvo el segundo premio del I Certamen Literario Revista Axolotl en la categoría cuento, y fue publicado en el Primer Anuario de la revista. Su cuento "Plataforma" también apareció en la edición virtual de Axolotl. “Miss B.” obtuvo una mención especial en el concurso Historias de Mujeres organizado en 2007 por la Biblioteca Municipal Esteban Adrogué y "El señor Gómez y lo sobrenatural" obtuvo una mención especial en el Concurso literario Revista Crepúsculo, edición 2007.