No se podía esperar demasiado del alma convaleciente de Vega cuando entró con la dueña al departamento, antes de acercarse al balcón y verlo por primera vez. Esa mañana Vega se dejó llevar por la inevitable incomodidad producida por las habitaciones vacías, esa sensación de precariedad que tiene lo nuevo antes de ser siquiera nuevo, mientras las paredes peladas y recién pintadas y el parqué lustrado oprimían su visión de un futuro posible, ya de por sí achacoso para un hombre de cincuenta años que no tenía mucha idea de lo que había hecho en los últimos diez.
La novedad desnuda y aún sin dueño le trabajaba el ánimo. De esta manera recorrió las dos habitaciones, inspeccionó la cocina y el baño, el tamaño desproporcionadamente grande de los placares. Nunca le habían gustado las casas deshabitadas y las botellas vacías. Y en encima ese placard que parecía imposible de llenar. Cansado y entumecido, sabiendo que no tendría fuerzas para elegir otro aviso de los clasificados y ver otro departamento desmantelado mientras una vieja le hablaba sin parar desde una lejanía ensordecedora, salió al balcón de lo que pronto sería su living-comedor y observó lo que se le ofrecía. Paredes, ventanas, paredes y otra vez ventanas; no le iba a costar desalentarse con ese paisaje. Y mientras pensaba esto, casi sonriendo a pesar suyo, y la vieja hablaba de sus problemas con la administradora del edificio, sus ojos buscaron el final de la torre que se elevaba diez metros más allá. Trece pisos que culminaban en una figura oscura y delgada sobre el borde de la terraza. El sol oblicuo de las nueve de la mañana recortaba la figura haciéndola vaporosa, como si fuera a desvanecerse antes de saltar, porque desde el momento en que lo vio, Vega supo que esa persona estaba a punto de saltar, y sin embargo no dijo nada. Dejó que la dueña del departamento terminara su historia plagada de cartas documento y citaciones judiciales, puso una sonrisa aprendida en las sesiones de alcohólicos anónimos, y le dijo que sí, que lo alquilaría. Fue como si se olvidara, o como si no creyera en lo que había visto. Después, en la primer mañana como inquilino, cuando al asomarse a la ventana descubrió de nuevo la figura vaga del suicida, recordó haber pensado “si se tira ahora seguro consigo el departamento por cien pesos menos”.
*
Pero el suicida no se había tirado y por eso estaba ahí, diez días después, cuando Vega se encontró medio despierto y perdido entre sus propias cajas y bolsos aún sin abrir, mareado por el vértigo que le producía la sospecha de que esas cajas que habían respirado oscuridad durante los dos años que había durado su última internación, contenían cosas que no sólo no reconocería, sino que le hablarían como a un extraño de una vida violenta que los había manoseado hasta corromperlos, sin saber que esas manos nuevas y acaso temblorosas que con mucho cuidado los devolvían a la luz, eran las mismas. La memoria de los objetos es imparcial, y para ellos el rencor es otra cosa. Vega necesitó tomar aire y salió al balcón. Ahí estaba otra vez. En los primeros días intentó dudar de que se tratara de la misma persona, pero algo en la quietud de esa sombra que parpadeaba a la luz de la mañana, se lo impidió. Era el mismo suicida, al mismo tiempo más indeciso y más perseverante, que parecía balancearse, inclinarse hacia delante a medida que el sol subía, y que sin embargo no acababa nunca de tirarse, de caer. Ahora ya le resultaba familiar. Vega se terminó de despertar pensando que si lo que el suicida buscaba era llamar la atención, asomarse a un patio interno no era la mejor idea.
Mientras se cepillaba los dientes frente al espejo del botiquín con un fervor infantil, volvió a olvidarse del hombre de la terraza. En su cara de resucitado reflejada en el espejo se hacía visible la preocupación que le producía no encontrar excusas para comenzar a desembalar. Los pocos muebles que tenía ya estaban desparramados en las dos habitaciones del departamento, sólo quedaban esas once cajas encintadas, como una pirámide maya. A Vega nunca le gustaron los monumentos históricos, las ruinas y esas cosas. Ahora, mientras sonreía encogiendo los labios para mostrarse los dientes relucientes, recordó la alegría de su esposa en medio de la selva de Guatemala, frente a esas pirámides que conservaban aún el silencio del abandono súbito. Ella parecía estar en un parque de diversiones, era joven, recién casada y entusiasta. Él también, pero no podía compartir el entusiasmo. Lo perturbaba el silencio consciente de la piedra. Se sentía vigilado.
Dos horas más tarde, exhausto, Vega se encontró rodeado de todo tipo de objetos y de cajas abiertas con sus bocas cuadradas y exangües. Un juego incompleto de tazas de café, un juego incompleto de platos grandes y chicos, cubiertos, un velador sano y uno roto, libros y las ciento cuarenta y dos películas que componían su videoteca; había también dos ollas sin mango, un colador, un cucharón, un recipiente para azúcar y seis sartenes que le producían cierta desconfianza, como si guardadas en la oscuridad de las cajas hubieran encontrado la forma de reproducirse y, lo que era más preocupante aún, se hubieran vuelto capaces de seguir haciéndolo dentro de la alacena. Dos relojes despertadores, uno de pared, cajas dentro de cajas con copas de cristal, una hielera de vidrio, parvas de papeles, fuentes, perchas, álbumes de foto ajados, algo de ropa apolillada, toallas descoloridas, adornos de porcelana intactos, cepillos de dientes viejos y un par de latas de conserva vencidas, todo estaba ahí, salvo las botellas que, previsor, alguien había decidido no guardar. Previsor pero no tanto, porque se había olvidado un par de vasos de whisky obscenamente inútiles para cualquier otro tipo de función. Vega contemplaba todo esto desde el cansancio. Estaba intimidado por los objetos que no reconocía. Con los objetos conocidos al principio hubo una especie de reencuentro, pero luego Vega aceptó que ya no tenían nada en común, y que eso era triste. Triste de manera peligrosa. Aún no estaba dispuesto a tirar nada, no se sentía capaz de deshacerse ni siquiera de una caja de preservativos vacía.
“Al balcón” pensó, y comenzó a exiliar todas las cosas que contenían el eco de un recuerdo. Curiosamente, a medida que avanzaba en esa tarea, su memoria se fue clarificando y descubrió que los lazos con esos objetos eran más de los que pensaba. Lo que no podía recordar eran las seis sartenes, pero las exilió igual, por protección. Cuando ya no le quedaba espacio más que para estar parado sin moverse, se detuvo a admirar el rejunte. Estaba contemplando orgulloso el trabajo realizado cuando un escozor de vergüenza le recorrió el cuerpo. Podían estar observándolo. Rápidamente levantó la vista hacia la terraza de la torre de al lado, y no encontró al suicida. Por alguna razón, sólo su mirada era posible, más allá de la infinidad de ventanas alineadas alrededor suyo. Al no encontrarlo, su primera reacción fue mirar hacia abajo, para ver si se había tirado. En el patio interno no había rastros de él.
–No se preocupe. Nunca se tira.
Vega se sobresaltó al oír esa voz que sonaba tan cerca suyo. Confundido por el eco del patio interno, entró en su departamento creyendo que la voz venía de ahí. Sin darse cuenta había tomado una de las sartenes para defenderse. Revisó todas las habitaciones y luego volvió al balcón. Las ventanas de la otra torre estaban cerradas y a oscuras. Se asomó y revisó los balcones de los pisos de abajo, y luego miró hacia arriba. Sobre el balcón inmediato por encima del suyo, se encontró con el rostro sonriente de una mujer vuelto del revés.
–No está porque es de tarde, y de tarde nunca está. Sólo por las mañanas.
La mujer había esperado ser descubierta para volver a hablar. Vega torció la cabeza para verla mejor, pero la mujer giró al mismo tiempo y su rostro siguió invertido. Tenía ojos grandes y una sonrisa más grande aún; el pelo negro, recogido y tirante, la boca roja y gruesa. Llevaba al cuello una chalina negra.
–Se lo llevaron varias veces, pero siempre vuelve. Yo casi que lo extraño cuando no está. Yo soy su vecina de arriba y mi nombre es Nadia –dijo la mujer.
Vega asintió aturdido, todavía no había abierto la boca y conservaba la sartén en la mano, gravitando por fuera del balcón.
–¿Está por cocinar algo?
Vega entonces miró la sartén y la depositó con cuidado sobre el resto de los objetos exiliados. La mujer no se amedrentó ante la falta de respuesta.
–¿Usted es mi nuevo vecino?
–Sí –dijo, creyendo que estaba diciendo muchas cosas más.
–Mire usted qué bien...
Las obviedades de la mujer invertida resbalan en su desconcierto. El blanco de sus dientes en el lugar del blanco de sus ojos y el blanco de sus ojos en el lugar del blanco de sus dientes.
Se despidió como pudo y entró en el departamento. Se sentía otra vez mareado. Fue al baño, se desnudó y a oscuras se metió bajo la ducha. Trató de dar vueltas el rostro de la mujer en su imaginación, pero la cara seguía al revés, como si del derecho no fuera una cara. Esa noche durmió con las luces encendidas.
*
Así fue como empezó a ducharse día tras día con el baño a oscuras intentando dar vuelta el rostro de la mujer, y noche tras noche durmió con la casa rabiosamente iluminada. Todas las mañanas se asomaba por la ventana de su habitación y veía la delgada silueta de la terraza, quieta y puntual, que luego lo acompañaría el resto de la jornada con la recurrencia de los recuerdos inanimados. Por la tarde salía al balcón lleno de cachivaches y se asomaba para comprobar que el suicida no estaba ahí. Y si bien sabía que cuando se asomara aparecería el rostro invertido y sonriente de su vecina, no podía evitar hacerlo. El resto de las horas era una nebulosa rutina de alimentación, higiene y descanso, en la que el único objetivo destacable era ver nuevamente las ciento cuarenta y dos películas de su videoteca, compuesta por la colección completa de las películas de la Hammer, todo Roger Corman, y lo que entre el cincuenta y fines de los setenta, filmaron Christopher Lee, Peter Cushing, John Carradine y Vincent Price.
Pero toda rutina tiene sus baches y una de esas noches de pronto se despertó sobresaltado. Pestañeo dolorido frente a la luminosidad de la habitación y busco casi a ciegas el despertador. Eran las tres y veinte de la madrugada y mientras el dibujo digital de los números se volvía nítido frente a sus ojos, comprendió que ya no se volvería a dormir. Todavía cegado, deambuló por la casa iluminada y resplandeciente. Fue de la cocina al baño y del baño a la cocina, abrió y cerró canillas, tomó varios vasos de agua, se lavó varias veces la cara y finalmente salió al balcón-depósito y respiró el aire frío de la noche. Recién entonces se dio cuenta de que las luces del departamento lo irritaban. Respirando el aire nocturno, descansando la mirada en las sombras, se sintió mejor. La sonrisa se le congeló en el rostro cuando descubrió la negra figura recortada en lo alto del edificio, la pesada y oscura presencia del suicida.
¿Desde qué hora estaba ahí? ¿Pasaría todas las noches como si fuera un monumento a la tiniebla, velando el sueño del resto de los habitantes del edificio? Ante la revelación y la duda, sintió lo que hasta el momentos nunca había sentido, la necesidad de hablar con aquel hombre. Pero cuando regresó a su pieza para cambiarse, ni bien se sacó el pijama se metió en la cama y se durmió.
Se despertó cerca del mediodía, alegre y descansado. Hacía tiempo que no dormía tan bien. Recorrió la casa apagando las luces y prometiéndose que no volvería a dejarlas encendida, y al pasar junto a la puerta del departamento se encontró con una hoja doblada que habían tirado por debajo. Al principio pensó que se trataría de una nota del consorcio, pero cuando la desdobló se encontró con una letra prolija y una frase corta. Estaba escrita con un lápiz con la punta afilada.
“¿Vas a salvarme o a empujarme?”
Estaba todavía en calzoncillos pero de todas maneras abrió la puerta y se asomó al pasillo. A la derecha, a uno dos metros, estaba la puerta del departamento “F”, hacia el otro lado, a unos diez metros, estaba uno de los ascensores. Al cerrar la puerta la trabó. Releyó varias veces la nota hasta entender. Salió al balcón. Era ya mediodía y el suicida había desaparecido. Volvió a buscarlo en el jardín del patio interno pero no lo encontró.
*
El día se le pasó con las versiones de Corman de El pozo y el péndulo, La caída de la casa Usher y Ligeia, que no lograron distraerlo del todo. Cada vez que pensaba en la nota intentaba convencerse de que se trataba de algún tipo de broma, pero la pregunta dejaba traslucir otro tipo de provocación. Al caer la tarde se asomó al balcón, se le había ocurrido que tal vez su vecina del piso de arriba pudiera decirle algo. A fuerza de saludos y diálogos intrascendentes, Vega había entablado una relación cordial con ella, a pesar de que su cara atravesada continuaba resistiéndose a revelarle su lado correcto.
–¿Una nota? –la mujer sonrió ante el relato de Vega. Después le quitó importancia y se la atribuyó a alguno de los hijos de la maestra del tercero “E”.
Vega aceptó la conclusión de su vecina, sin dejar de percibir en un primer momento cierto desencanto en ella. La voz le había fallado. Estaba celosa, ¿pero celosa de qué?
A pesar de que se lo había prometido, esa noche volvió a dormir con las luces encendidas. Al otro día se encontró con una nueva nota.
“¿Qué hace que una paloma sea una paloma y un cuervo un cuervo y una gárgola una gárgola?
¿Qué hace que vos seas vos y yo sea yo?”
Estaba escrita con la misma prolijidad, con el mismo lápiz afilado. Esta vez se había levantado más temprano, eran las diez de la mañana, y obviando revisar el pasillo del edificio, salió al balcón. Recortado por un sol bastante alto, estaba el muchacho al borde de la terraza.
–¿Qué, encontró otra nota?
Había en la voz un dejo burlón. En su búsqueda del suicida Vega no había reparado que su vecina también estaba asomada al balcón. Igual que por la tarde, la chalina negra le cubría el cuello. El pelo negro tirante y recogido, la boca roja. Era como si para ella siempre fuera de noche, como si siempre estuviera por asistir a una fiesta. Sin embargo, Vega la escuchaba moverse por el departamento a toda hora del día. Ella tampoco parecía salir a la calle. Ahora era el suicida el que se asomaba a verlos a ellos, a comprobar que estaban ahí.
–Sí –respondió, y sin esperar un nuevo comentario entró al living.
Esa tarde, mientras veía a un circunspecto y letal mayordomo degollar a un hombre colgado de las piernas para que la sangre cayera sobre las cenizas del Drácula de Christopher Lee, regenerándolo, Vega sintió todo el peso del desafío. Su rutina estaba rota y eso no era nada nuevo; no era lo que tenía que suceder. Se metió en la bañadera dejando la luz apagada y dejó que el agua caliente le aflojara los músculos. Se masturbó pensando en su ex mujer, y se imaginó haciéndole el amor en las ruinas mayas que habían visitado. Las piedras los miraban pero a él no le importaba. Ella le decía que estaba mal, que no podían hacerlo ahí, y eso lo excitaba más. Mientras terminaba, descubrió de pronto que la cara de su ex mujer era la cara de Nadia, su vecina. Las piedras no se rieron, siguieron siendo piedras, y Vega salió del baño sin secarse. Acababa de ver la cara de Nadia del lado correcto, y la había besado. La conciencia del frío lo golpeó inmóvil en el medio del living, pero en ese momento el frío no se parecía a sí mismo. Se vistió, salió y subió por las escaleras. La puerta del departamento de Nadia era la puerta de su departamento. Tocó el timbre. La puerta se abrió por completo y Nadia apareció de cuerpo entero. Llevaba un vestido de fiesta rojo, la chalina negra y zapatos de taco aguja. Era alta, altísima.
–¿Cuándo es la fiesta? –preguntó Vega, con un tono amistosamente irónico que la quietud de su cuerpo desmentía.
Nadia sonrió torciendo su boca enorme y roja, sin mostrar los dientes.
–La fiesta es para mí sola y dura siempre –dijo. Después le cerró la puerta en la cara.
*
Las notas que siguieron apareciendo debajo de su puerta elaboraban un diálogo imposible. Durante cinco días seguidos aparecieron, para luego desaparecer por dos. Cuando las notas volvieron se hizo patente que lo estaban probando. “¿Nos extrañaste?” Algunas eran en plural, y Vega entonces se preguntaba quiénes estaban detrás del hombre de la terraza, si es que era el mismo que el hombre de las notas. Había dejado de asomarse al balcón para evitar encontrarse con Nadia; ya no necesitaba verlo para saber que estaba ahí. Pero la fragilidad de la rutina que ahora incluía al suicida y a sus notas se veía amenazada. En unos días más su videoteca se agotaría y tendría que cambiar de estrategia. Algo tenía que hacer. Por las noches intentaba permanecer despierto, atento al roce del papel deslizándose por debajo de la puerta, pero nunca lo lograba. Seguía durmiendo con todas las luces del departamento encendidas. El irritante desconsuelo que le producían siempre era mejor que la oscuridad y su poder persuasivo.
La décima nota fue una afirmación:
“Vos sos como yo, y yo soy como muchos, muchos más.”
La identificación terminó por decidirlo. Esa noche lo esperaría, esa noche ni siquiera se acostaría. Se sentaría frente a su puerta esperando que la nota se deslizara por debajo y entonces la abriría sin darle tiempo a huir. Esa noche estarían cara a cara y él le diría al suicida que entre ellos no había nada en común, y que por favor tuviera la delicadeza de tirarse de una buena vez por todas.
El día se le fue en preparativos. Como si se tratara de provisiones decidió no ver ninguna película ese día; se acercaban días extraños y él tenía que conservar algo que le permitiera subsistir. Durmió un par de horas y pasada la medianoche colocó una silla frente a la puerta y se sentó, armado con una linterna y un cuchillo. La batalla contra el sueño comenzaba, y con el pasar de las horas descubrió unas cuantas cosas. Descubrió que Nadia bailaba sin música toda la noche, incapaz de cansarse. Descubrió que erguido los ruidos nocturnos del edificio parecían más lejanos que cuando estaba acostado. Descubrió que tenía vocación de piedra.
Las horas pasaron y Vega creyó que ya no vendría, que de alguna manera el suicida había anticipado su trampa. Y tanto se convenció de su fracaso que cuando la nota se deslizó por debajo de la puerta, tardó en aceptarlo. Cuando por fin, después de segundos eternos, el papel doblado que había llegado hasta sus pies dejó de parecerle una fantasía del cansancio, saltó de la silla. Pero fue un salto en falso. Había pasado tantas horas quieto que tenía el cuerpo entumecido. A duras penas logró agacharse para agarrar el papel, y arrastrando las piernas dormidas salió al pasillo.
Parado frente al ascensor había un hombre esperando. Se miraron inmóviles por un instante. Al verlo, el otro dejó de esperar el ascensor y se perdió por el recodo que llevaba al pasillo de la torre delantera. Vega, ya más recompuesto, se lanzó en su persecución. Al doblar el recodo se detuvo. El pasillo continuaba sin bifurcaciones hacia los departamentos que daban a la calle. Aguzando el oído pudo escuchar la carrera del hombre por las escaleras. En ese momento llegó el ascensor. Vega sin dudarlo subió y marcó el último piso. El viaje se le hizo eterno y cuando por fin se detuvo, por la ventanita de la puerta exterior del ascensor pudo ver la sombra del hombre que pasaba. Habían llegado al mismo tiempo. Al salir, el hombre se encontraba subiendo el último tramo de escalera. Vega podía escuchar el esfuerzo de su respiración. Mientras abría la puerta de la terraza el hombre se volvió y esta vez Vega pudo ver algo de sus facciones bajo la insuficiente luz de un foco desnudo que colgaba a mitad de camino. Era casi un adolescente. Después se perdió en la oscuridad de la terraza.
Mientras subía los últimos escalones Vega tomó conciencia de lo que estaba haciendo, de lo peligrosa que era su persecución. Para levantar la nota había dejado el cuchillo, y ahora sólo tenía la linterna. Tomó aire y abrió la puerta. La noche era fría y limpia. Vega recorrió la curva oscura del cielo y sintió el peso de tanta distancia. En todas direcciones la ciudad se extendía rumorosa. A paso lento comenzó a recorrer el lugar. Anduvo un buen rato antes de darse cuenta de que la linterna servía más encendida. La ropa de los inquilinos colgada se movía apenas por la brisa nocturna, y ese apenas les daba la consistencia que un golpe de viento no les hubiese dado. Vega creyó encontrarlo en varias oportunidades, pero después de recorrer tres veces el perímetro tuvo que convencerse de que el hombre, el muchacho suicida, no estaba ahí. La posibilidad de que se hubiese escapado por la misma puerta por la que habían llegado era remota. Vega sospechó que el muchacho por fin había saltado. Se dirigió al borde de la terraza que daba al patio interno y aproximadamente se ubicó donde el adolescente estaba todos los días. Allá abajo el patio desaparecía en su propia oscuridad. Era un pozo negro cortado por las luces de su propio departamento, todo lo demás estaba a oscuras. Vega intentó recordar el rostro que había alcanzado a entrever. Tenía rasgos infantiles que parecían deteriorados por las marcas de la viruela, el pelo era enredado y abundante y la totalidad de su expresión daba la idea de que no era capaz de hablar. Vega se sintió conmovido. Cansado de que la linterna no le mostrara nada, se dio cuenta de que todavía no había leído la última nota.
“Muchedumbre, caterva, multitud, bandada,
otra vez muchedumbre.”
La leyó varias veces, porque no se atrevía a entenderla. De alguna manera el muchacho le estaba diciendo que no se había tirado. Incrédulo todavía recorrió de un vistazo los alrededores, las luces de la ciudad, las moles cercanas de los edificios, el interior palpitante y ciego del centro de la manzana. “Muchedumbre...” Bajo la límpida emisión de las estrellas, Vega creyó ver las siluetas de los otros en el borde de otras terrazas, y a medida que los buscaba se iban precisando, delineando, como si sus cuerpos tuvieran la capacidad de agudizarse. Y así se quedó, mirándolos, y al mirarlos tuvo plena conciencia de que ellos lo miraban a él y le daban la bienvenida. La noche era fría, alta y bella. A Vega, de tanto esforzarse por ver, los ojos se le llenaron de lágrimas. Bajo la vista y volvió a leer la nota. “Muchedumbre...” Ahora podría dormir con las luces apagadas. En su cara escasa de gestos malgastados en las furias de antiguas y ya perdidas borracheras, las lágrimas que caían eran una caricia maravillosa y terrible. Instintivamente buscó la puerta de la terraza y lo vio. El adolescente parecía haber estado esperando esa mirada, su negra y flaca figura recortada en el débil rectángulo de luz. Luego se fue sin cerrar la puerta. Vega volvió a mirar el vacío negro del patio interno y las luces de su departamento fracturando su continuidad. En el balcón, sobre la pila de objetos exiliados, las seis sartenes restallaban en un guiño malicioso y festivo.
© Ricardo Romero
Ricardo Romero nació en Paraná, Entre Ríos, en 1976. Es Licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba y desde el 2002 vive en Buenos Aires. En el 2003 publicó su primera novela, Ninguna Parte, y desde ese mismo año dirige la revista de literatura Oliverio. En el transcurso del 2006 publicó su primer libro de cuentos, Tantas noches como sean necesarias. En el 2007 sus cuentos Visigodos y Habitación 22 fueron publicados en diversas antologías dedicadas a los nuevos narradores argentinos. Es editor de Gárgola Ediciones, donde dirige la colección “Laura Palmer no ha muerto”, y de Negro Absoluto, sello dirigido por Juan Sasturain. Es uno de los integrantes del Quinteto de la Muerte.