He vuelto al pueblo después de muchos años. En la puerta de la vieja casa no me asombra escuchar el lúgubre silbido del tren a las tres de la mañana. Mi relación con el tren aquí siempre ha sido más bien indirecta. Nadie en mi familia ha sido ferroviario, lo que me liga al tren es su sonido, su temor, las vías que he recorrido, el puente, los durmientes.
Durante el día había buscado las orillas del Río Cruz del Eje, con la certeza de que los recuerdos me entristecerían. Regresé caminando por la vía; cuando de niño vagaba aquí junto a los amigos de la infancia, solía mirar hacia atrás, por si el tren venía, sin embargo hacía tiempo ya entonces que el tren no pasaba más que una o dos veces con alguna carga, no había trenes de pasajeros.
Cualquier poeta de este lugar recurre a las metáforas del tren, pero no por facilismo sino porque es algo inexorable. El tren, que iba haciendo nacer pueblos a su paso, al irse fue adormeciendo también algunos, como éste.
Vagando por la vía llegué a la estación vacía, muda, me inquietó un silencio persistente y un frío repentino. Algo pareció cambiar en el ambiente como si la manera de percibir el sonido cambiara en mis oídos y percibí que no estaba solo. Sentado en un banco que alguna vez la gente había usado para esperar, un hombre miraba lejos. Me iba a retirar pero me habló y a pesar de estar a varios metros escuché perfectamente, no necesitó levantar la voz ni dirigió su mirada hacia mí al hablarme.
—Estoy muy solo –me dijo.
Pensé que sería un ebrio a quien le acuciaba que alguien lo escuchara. Aunque deseaba irme algo me parecía familiar en aquel hombre extraño.
—¿Vos cómo estás? –me preguntó, como si me conociera.
—Bien...
Mi alma comenzó a deshacerse, no sentí miedo ni inquietud, sólo piedad y una leve emoción.
—Sos mi hermano –dije, y sin creer lo que veía me acerqué a él.
Me senté a su lado, y quedamos los dos en silencio durante largo rato.
—¿Por qué estás solo? —pregunté.
—Porque estoy muerto hace más de diez años —me respondió.
—Lo sé. ¿Por qué aparecés ante mí y no ante otras personas?
—Porque otras personas no me han olvidado...
—Tampoco yo.
—Vos intentás olvidarme y por cada persona que me olvida estoy un poco más solo.
Permanecimos en silencio y el tiempo estaba detenido. La soledad de aquel lugar se hacía casi material. Toqué el cabello de mi hermano muerto y acaricié su cabeza, me miró por primera vez, yo sentía una triste alegría.
— No sé si podría olvidarme de vos aunque lo intentara – le dije –. Vivís en mis sueños.
— Ya lo sé. Soy yo quien te visita en sueños para que no me olvides.
— Sí, pero vivís en mi miedo a la muerte. Aunque tratara de evitarlo, yo soy también tu muerte, soy estas calles vacías, estas vías mudas, estoy hecho de esta ciudad y de los muertos queridos que hay en ella y de los vivos y las cosas que alguna vez me han pasado aquí. Sonrió levemente.
—Te creo…
Le pregunté por mi padre, por Marta, y por vecinos y amigos que ya no estaban. Le pregunté también si en algún lugar ya estábamos nosotros también muertos.
—Tal vez eso sea un sueño tuyo. No vale la pena que indagues –me dijo.
Llegó un tren, lleno de pasajeros. Se detuvo y sin que yo notara el movimiento estábamos ya frente al vagón, mi hermano se despedía de mí.
—Estaré un poco menos solo ahora –dijo–. Y creo que vos también.
—Tal vez…
No quise mirar a las caras de los pasajeros que miraban por las ventanillas. Tuve miedo de encontrar allí a algunas personas. Tuve miedo de ver a seres que hacía mucho tiempo que no veía y que daba por vivos. Tuve respeto quizá, no quise mirar. Mi hermano tocó mi mejilla: “Quiero que estés bien, los rencores de la vida se olvidan —me dijo—. Sos mi hermano.” Iba a llorar pero no me pareció adecuado. El tren partió; mi hermano antes de desaparecer levantó su mano saludándome. Vi al tren perderse en la curva.
Un policía que pasaba por ahí me preguntó si estaba bien, le dije que sí. Me pareció que se trataba de un compañero de secundaria, no me reconoció. No le dije quién era yo, me habría notado envejecido como él. También habrá fingido.
Se esfumaron el silencio y la quietud. Los murmullos del pueblo regresaron y caminé hacia la casa. En el camino, una mujer que iba con quien imaginé que sería su esposo, me saludó desde un automóvil, no la reconocí al principio, pero me miró con insistencia y recordé un fugaz amor adolescente. Me siguió con la mirada mientras sonreía y el auto se alejaba. Seguí caminando. Alguien me recordaba después de tanto tiempo y me sentí menos solo.
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Marcelo Pezzotta