Por allá entre los puentes y los acantilados en el borde del mundo, la ciudad de los hombres pájaro.
En una de las puntas de la torre de la intendencia, Kurt apoyaba las patas pies, las masajeaba un poco. Debajo, la plaza con miles de cabezas de hombres pájaro mirando hacia arriba, de mujeres pájaro. De Virna pájaro, su mujer, que también esperaba. Del otro lado de la plaza, el campanario. Todos venían a hacerle el aguante a Kurt, a mirarlo volar, o mejor dicho, a mirarlo no volar. A ver cómo Kurt hacía el vuelo sin Tiempo.
—¡Vamos Kurt!
Y una vez que lo hubiera logrado, Kurt tomaría al Tiempo entre sus brazos y se los arrojaría a la cara mientras todos, hombres y mujeres pájaro, su mujer pájaro Virna, revolotearían las alas brazos harían viento graznarían con risas humanas de felicidad. Serían los dueños del Tiempo.
El hombre pájaro intendente largó un disparo. Con las alas brazos extendidas, Kurt se lanzó en vuelo al campanario. En menos de lo que canta un gallo tenía las dos patas pies apoyadas en la campana de bronce.
—¡Dos segundos y un cuarto! –anunciaron desde la intendencia.
Se preparó de nuevo, ahora desde el campanario hasta la punta de la torre. Debajo de sus patas pies, la campana de bronce esperaba también, daría las campanadas más sonoras de su vida cuando Kurt hiciera el vuelo sin Tiempo.
Un nuevo disparo. Kurt pasó como un rayo por encima de las cabezas emplumadas con narices de hombre
—¡Dos segundos exactos!
que seguían el vuelo más con ojos de pájaro que con ojos humanos. Largaban sonidos guturales para alentar a Kurt y para hacerle saber que soñaban con ser los dueños. Virna cantaba un gorjeo estridente y ceremonioso, las otras mujeres pájaro le hacían los coros y los hombres pájaro reían de entusiasmo con el canto, alentaban a Virna para que cantara cada vez más fuerte y alentara a Kurt.
—¡Un segundo y tres cuartos!
El hombre pájaro intendente ya había elegido las horas de su vida que se iba a alargar, serían aquellas que pasaba con su novia en unas playas del sur, las estiraría casi para siempre y en cambio, acortaría a poco y nada las horas en que le tocaba estar detrás de su escritorio. Virna y Kurt también habían soñado con horas amasadas al sol, amadas, y reducirían al mínimo los ratos en que no pudieran estar juntos. Melt, abogado y mejor amigo de Kurt, usaría todo su Tiempo, porque el Tiempo sería todo suyo, para escribir una gran novela.
—¡Un segundo y medio!
Vulda, comerciante de profesión, estiraría el rato que le llevaba andar por la calle que la conducía al almacén, junto al juzgado. Tanto lo estiraría que no llegaría nunca, y lo haría porque sí, o porque le daba el sol sobre las alas brazos, sobre las plumas de la nuca, cuando levantaba un vuelo bajo casi caminado por las copas de los árboles. La mujer pájaro juez, en cambio, haría desaparecer el Tiempo que tardaba en volar esa misma calle, para llegar rápido al minuto en que se cruzaba con Melt en la puerta vaivén del juzgado.
—¡Un segundo y un cuarto!
La mujer pájaro del intendente también había soñado, quería muchas horas de esas en las que su marido viajaba, nunca sabía muy bien a dónde, aunque sí sabía que eran las horas más tranquilas, en las que podría armar sus castillos y laberintos en el aire, sin que nadie la anduviera picoteando por detrás.
—¡Un segundo y diez milésimas de segundo!
Todos habían soñado qué minutos dejarían colgados para siempre. Las alas brazos de Kurt comenzaron a agotarse. La distancia era corta pero habían sido muchos los intentos. Y ponía toda su energía y concentración en el movimiento del vuelo.
—¡Un segundo y cinco milésimas de segundo!
Anochecía. Las campanas seguían esperando.
—¡Un segundo! Por hoy es suficiente.
La orden había llegado desde la intendencia. Nadie la discutió. Hasta los hombres-pájaro de la plaza se habían cansado aguardando el vuelo sin Tiempo. Pero no se movieron del lugar en donde estaban. La función continuaría a la madrugada siguiente. Los hombres-pájaro cerraron los ojos y se durmieron allí mismo, suspendiendo los sueños para cuando tuvieran el Tiempo. Virna también durmió, plácida, de pie con las otras mujeres cantoras. Se habían puesto todas juntas, para acompañar a Virna en el canto y en la gloria.
Kurt, en cambio, decidió quedarse practicando durante la noche. No le importó sentirse cansado. Las alas brazos seguían respondiendo. Con vuelo silencioso siguió acercándose cada vez más a la meta.
Tres cuartos de segundo
Sentía el cuerpo más pesado pero curiosamente su vuelo era más rápido.
Medio segundo
Se lanzó antes de palpar el cansancio.
Un cuarto
Le costó mantenerse en pie, por eso, de nuevo al aire. Del campanario a la torre.
Una milésima
Apenas amaneció, los hombres-pájaro abrieron los ojos. Virna lo saludaba a Kurt con la última pluma del ala brazo. Las mujeres pájaro de alrededor también lo saludaban, se reían, envidiaban a Virna y la acompañaban. Quien pudiera abrazar entre plumas al hombre pájaro más veloz, sentir su carne conquistadora del Tiempo. Y comentaban entre ellas que el vaivén de Kurt en la punta de la torre era por la ansiedad de arrojarse de nuevo.
La voz del pájaro intendente dio la orden:
—¡Preparado, Kurt! –y lanzó un disparo.
El hombre-pájaro Kurt se arrojó al vuelo. Cayó sobre los hombres-pájaro que se encontraban en la plaza. Virna lanzó un graznido de mujer e intentó remontar vuelo para llegar a donde había caído el cuerpo. Le fue difícil moverse entre alas brazos que se abrían, muchas plumas tanto grito. Tanta mujer pájaro tanto hombre que se quería abalanzar sobre el cuerpo de Kurt.
Chillidos de lamento.
No sonaron las campanas.
© Ángeles Durini