La obra maestra

 

Lo que sigue es la confesión de un condenado a muerte. Cuando mi compañero y yo lo fuimos a buscar el día de su ejecución, lo encontramos escondido bajo la cama enrollado en sus propias sábanas, con los ojos perdidos y repitiendo para sí mismo una palabra que no deja de asustarme hasta el día de hoy a pesar de desconocer su significado. La palabra fue “Belcebú”. Le pregunté repetidas veces qué fue lo que quiso decir y el se limitó a levantar el brazo y señalarme la pared. Me volteé y lo único que pude ver fue una mosca. Cuando me volví hacia el, se abalanzo sobre mí y me dijo al oído “Volvió para verme morir”. Mi compañero me lo quitó de encima y yo me convencí a mi mismo de que el condenado se había vuelto loco. Ahora, después de haber leído esto, no estoy tan seguro.

 

Escribo esto únicamente porque encuentro de suma importancia que se entienda el móvil de mis actos y por qué no siento culpa alguna por lo que hice. En menos de una semana estaré muerto y todavía nadie sabe con certeza qué fue lo que paso. El jurado me acuso de frió, calculador e insensible entre otras calumnias, cuando no soy yo quien debería estar encarcelado en primer lugar. Tan solo quiero que se sepa la verdad antes de que sea demasiado tarde para mí. Nadie vino a visitarme desde que estoy aquí, hace medio año ya, y tampoco espero que nadie vaya a hacerlo; probablemente yo tampoco visitaría a un pariente devenido en el asesino de su propia familia.

 

Todo comenzó el seis de enero, hace exactamente un año atrás. Ese día el calor y la humedad eran asfixiantes, recuerdo todo como si hubiese sucedido ayer. Era una época dura para mi, en la que ni la inspiración ni el dinero eran parte de mi vida cotidiana; mi efímera época de gloria había quedado en el pasado y cada vez estaba volviéndose mas claro el hecho de que no podríamos continuar mucho tiempo sin que yo consiguiera un “verdadero trabajo”, como lo llamaba mi mujer. Esa mañana yo estaba en el taller tomando una cerveza y contemplando en silencio el imponente lienzo en blanco que se encontraba frente a mí. Al principio no me percate de su presencia, pues debe haber entrado silenciosamente por una de las pequeñas ventanas que rodean el techo de chapa, pero una vez que la vi no puede quitarle los ojos de encima. Jamás había imaginado que una mosca pudiera llegar a ser tan llamativa y colorida como esta. Apenas más grande que una mosca normal, sus alas eran bastante más anchas y grandes que su cuerpo, y su cola se dividía en dos franjas perpendiculares de color rojo y verde chillón.

Entusiasmado con mi nueva visitante le pedí a mi mujer que la viera y me diese su opinión, a lo que ella respondió sorprendida "Pero si es una mosca normal, querido." La mire realmente desconcertado, ¿cómo podía decir ella semejante barbaridad de una mosca tan fascinante y exótica? La cuestioné durante un rato hasta hacerla reconocer lo raro que era su color pero en ningún momento logre que se sorprendiera en lo más mínimo por la presencia de una mosca como esa en la ciudad. Creo que nunca voy a entender a las mujeres. El aspecto de la mosca podría no ser del todo agradable para el ojo común pero yo nunca tuve un ojo común, mas allá de lo que puedan decir los celosos críticos de mis obras yo nunca coincidí con los estándares de la belleza por lo que disfrute mucho de su presencia y companía. Ella no era como mi mujer o mis hijos, no señores, nada de eso. Se quedaba quietita en alguna pared de mi taller y no hacia el menor movimiento ni zumbido por horas; inmediatamente se convirtió en una fuente de inspiración para mí.

En dos días repinte un cuadro mediocre olvidado en un rincón de mi taller que retrataba unos monstruos con los que había soñado hacia pocas semanas. Lo pinte obviamente con los colores rojo y verde de la mosca y resulto ser justo lo que les faltaba, el detalle que todo ese tiempo se me había escapado a la vista y los había hecho diferir de los de mi sueño. Una vez mas llame a mi esposa y me dijo que era el cuadro mas horrible que había pintado en mi vida. ¿Realmente creen que un artista puede ser creativo e innovador teniendo tanto apoyo de su mujer? Esta vez la eche del cuarto sin derecho a réplica. Yo estaba muy conforme con mi pintura y decidí festejar emborrachándome solo en el taller. Ese fue el comienzo de mi mejor etapa creativa.

Esa misma noche tuve un sueño revelador que no puedo recordar. Lo que si se es que al día siguiente desperté con la mente despejada y una idea genial: pintar a la mosca misma. Seria un retrato gigante, y seria grandioso. Tuve la certeza de que esa visión cambiaria mi vida por completo y no me equivoque. Ese mismo día empecé a trabajar.

Durante el primer mes y medio de salía del taller solo de noche para acostarme junto a mi mujer dormida. Las últimas tres semanas dormí tan poco que no necesitaba siquiera irme del taller para hacerlo. Durante la primera semana mi mujer se limito a traerme las comidas y las botellas de scotch que yo le pedía y dejármelas en un rincón sin decir una palabra, como solía hacer en las épocas de recién casados cuando me agarraban los ataques de inspiración por uno o dos días. Empezó a hablarme poco a poco, a tratar de convencerme de que saliera, que estuviera un rato con los chicos, que me extrañaban, que me haría bien, blah, blah, blah, etc. Ya que la mayoría de las veces que abría la boca era para decir alguna estupidez o comentario insulso, como todas las mujeres, yo no podía mas que responderle de manera ácida o insultándola si me interrumpía en algún momento de suma inspiración. ¿Sería posible que no entendiera por lo que estaba pasando? ¿Como podía ser tan egoísta? Después de todo lo que yo había hecho por ella y todo el tiempo que le había dedicado… gracias a dios después de dos o tres discusiones dejó de hablar y volvió al mismo papel respetuoso de la primera semana.

 

Nunca antes había experimentado tal grado de éxtasis por todo mi cuerpo. Durante el tiempo que retraté a la mosca realmente me sentí joven y vital como nunca antes, ansioso y esperanzado, pero por sobre todas las cosas, me sentí completo. Si, esa es la palabra que mejor describe como me sentía: tenía todo lo que necesitaba y eso eran mi pincel y mi inspiración; por primera vez en mucho tiempo el alcohol era algo secundario. A falta del espacio que necesitaba terminé usando juntos cuatro lienzos de largo y tres de alto. Poco a poco la mosca se fue acercando mas a mi para permitirme retratarla con el mejor detalle posible, pero aún faltaban cosas, y en ese momento fue cuando comenzaron los sueños, las últimas 3 semanas en las que casi no dormí. Cuando lo hacía, era solo de a ratos y con el sueno muy ligero, pero recuerdo una escena que se mantuvo siempre intacta y que se repitió una y otra vez: yo era pequeño como la mosca, y ella era grande como yo. Se acercaba imponente y yo podía ver todos los errores que había cometido retratarla, sabía lo que debía hacer al despertar.

No puedo explicar la alegría que sentí el día en que terminé la pintura, lo satisfecho que me sentí. En ella volqué mis esperanzas, pude vislumbrar la fama, la gloria y el respeto que siempre había deseado y que una y otra vez me había sido denegado. Pude ver mil puertas abriéndose para mí. Era mi segunda oportunidad, y no la desperdiciaría. Dejaría la bebida y me dedicaría al arte y a mi familia. Ese día vi el sol por primera vez en tres semanas y me pareció hermoso. Todo me parecía fantástico. Todos los colores tenían una nitidez increíble, los olores eran mas fuertes, el canto de los pájaros mas agradable. Finalmente comprendía al mundo y el mundo me comprendía a mí. La bauticé “Musa”. Entré corriendo a mi casa y sin quererlo asusté a mi familia con la impresión que les causé, ya que me encontraba barbudo, sucio y exhausto. Aún así se calmaron rápidamente al notarme tan jovial y amistoso. Supongo que esperaban encontrarse con aquel hombre agresivo que algún tiempo atrás solía poner a su mujer en su lugar después de pasarse de copas; pero se equivocaban, ese hombre había desaparecido. Les mostré el fruto de tantas semanas de trabajo y no pudieron ocultar sus rostros de asombro. Era demasiado perfecto, vaya si yo lo sabría. Iván, el más chico, se asustó y se largó a llorar; yo estaba demasiado extasiado por mi trabajo y no le di la menor importancia. Esa misma tarde mi mujer habló de venderlo por primera vez. Me mostré realmente ofendido y escéptico, no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Vender la mejor obra de mi vida? Discutimos. Recuerdo haber dicho que vender este cuadro seria como vender a un hijo mío, y ella respondió que si para mi un cuadro tenia el mismo valor que uno de mis hijos que pues podía quedarme con mi cuadro y ella se llevaría a mis hijos. Maldita puta. Al día siguiente llamé a mi agente para que viniera a ver la pintura. Al hacerlo se mostró sorprendido y excitado por mi trabajo y expresó que era mi mejor obra en muchos años, quizás la mejor en mi vida. Dijo conocer a alguien que amaba la temática tétrica y oscura, un tal Billinghurst creí escucharle decir. ¿Tétrico? ¿Mi cuadro? ¿De qué estaba hablando? No permitiría que alguien sin la más mínima comprensión de mi arte se llevara mi Musa, de ninguna manera. Intentó calmarme, dijo saber lo que estaba haciendo. Menos de una semana después el cuadro ya se había vendido. Vaya si sabia lo que hacia.

 

Todo fue culpa de mi esposa, yo quería conservarlo pero ella insistía en que teníamos que pagar las cuentas, enviar los chicos al colegio, todas mediocridades, todos pormenores de la gente común y pequeña que nunca llega a nada en sus vidas. La gloria se nutre de sacrificios, pero cómo hablarles a ellos de sacrificio, jamás entenderían. ¿Que son unas míseras monedas comparadas con semejante obra de arte? ¿Como se puede tazar y rematar la belleza misma? Todavía no entiendo como pudo ser tan ciega. Y como una patética marioneta yo le hice caso, la vendí. Y ese mismo día comenzaron los problemas.

Quise ponerme a trabajar de inmediato para olvidarme de todo, y comencé una nueva pintura, y otra, y otra. Continuamente me decía a mi mismo que la próxima pintura seria mejor, mucho mejor, pero de nada sirvió. La mosca ya no posaba tranquilamente para mí, estaba histérica, volaba por toda la habitación. Al principio no pude entender por qué, pero luego comprendí que estaba enojada. Decidí que no había nada que yo pudiese hacer para ayudarla e intenté continuar con mi trabajo, realmente lo hice, me esforcé por mantenerme sobrio pero no hubo caso, la inspiración no volvió y su lugar lo tomo la depresión. Días enteros pasé encerrado en mi taller fumando cigarrillos a la luz de unas pocas velas, viendo a la mosca verme con odio y rencor desde una esquina de la habitación.

 

Una noche tormentosa, una semana después de vender el cuadro, decidí recuperarlo. Llamé a mi agente, miserable escoria humana que se quejó porque lo desperté a la madrugada. ¿Acaso ya nadie era capaz de hacer un pequeño sacrificio en pos del arte? Me pidió que me calmara, me mandó a dormir y me colgó. ¡El maldito me colgó! Silencioso salí del taller, tomé algunas cosas, las llaves del auto y me fui. Afortunadamente mi esposa no escucho nada, creo que estaba tomando sedantes para dormir. Egoísta y maníaca, recuerdo haber pensado con regocijo que ojalá la culpa la estuviera carcomiendo por dentro.

Me dirigí a la oficina de mi agente, en un último intento desesperado por encontrar a ese tal Billinghurst que yo creía haberle escuchado nombrar. Entre al edificio por la puerta trasera como tantas veces lo habíamos hecho cuando el solo me manejaba a mí y a otros principiantes, antes de que mi mala racha comenzara y se olvidara de mí. Que fácil es olvidarse de aquellos a los que les debes todo... y aún así recurrí a él para vender el cuadro, ¡que estúpido fui! Rompí la cerradura con un martillo y un destornillador y entré a su oficina. Ni una sola replica de mis pinturas tenia el hijo de puta. Husmeé entre los papeles que estaban sobre el escritorio y no encontré nada. Luego me dirigí al archivero, lo abrí e intente con la B. Allí estaban: datos de la compra de mi cuadro, dirección, teléfono. Cuando estaba por irme recordé el revolver del cajón, no antes. No fue algo premeditado, eso lo puedo asegurar. Lo tome y salí de ahí. Cuando subí al auto me di cuenta que no estaba solo, la mosca estaba conmigo, había estado allí todo el tiempo, supervisando mis actos. Me pareció apropiado.

Billinghurst vivía en una mansión bastante grande y lúgubre, rodeada de un gran jardín descuidado, repleto de árboles y arbustos sin hojas. En lo alto de la mansión unas horribles gárgolas escupían el agua de la lluvia sin descanso. Las observé con disgusto e ira y salí del auto; no me costo encontrar el valor, saber que la mosca estaba conmigo me reconfortaba, era como una especia de talismán para mi, nada podía salir mal con ella cerca. Llamé a la puerta con furia; al segundo llamado se prendió la luz de una habitación, al tercero escuche el ruido de las llaves y la cerradura abriéndose. Tal como esperaba Billinghurst era un viejo y estaba solo.

 —¿Quién es usted, que quiere? ¿Es policía?

 —Tenes algo que me pertenece —dije, fingiendo calma.

 —¿Quién sos? ¡Andáte o llamo a la policía! A vos te parece jodiendo a esta hora —dijo con temor mientras cerraba la puerta. La detuve con una mano y con la otra saqué el revolver del abrigo lo suficiente como para que el viejo pudiera verlo.

—¿Ves esto? Decíme donde guardás el cuadro y dejate de joder.

El viejo se asustó e intento cerrar la puerta de nuevo, la empuje con el hombro y él se cayó al piso, no lo tiré intencionalmente. Me di media vuelta y cerré la puerta mientras el viejo empezaba a gritar. Lo callé de una patada en el estómago y le repetí mi pregunta, esta vez apuntándole con el revolver directamente a la cara.

 —Por última vez, ¿dónde carajo esta mi pintura, mi Musa?

 —Pero por favor, no se de que me habla, usted se equivoca yo no —lo interrumpí con otra patada al bajo vientre.

 —¡Calláte!, ya me tenes las bolas llenas, sabes bien de que te estoy hablando, el cuadro que compraste la semana pasada.

 —Ah sí, sí, la mosca. Está en living, en la otra sala, llevátelo, no en importa. Lleváte lo que quieras pero no me golpiés mas, por favor. Tomá lo que quieras y andáte, por favor.

Continuó gimiendo en el piso como el viejo patético que era mientras yo fui al living a quitar el cuadro de la pared. El reencuentro fue glorioso. Aunque recordaba todos sus detalles hasta último centímetro cuadrado, nada se comparaba con verlo con mis propios ojos otra vez. Sentí como nuevas esperanzas afloraban en mi interior, nuevamente tenia una oportunidad para volver a empezar una nueva vida donde vería este cuadro cada mañana. Había empezado a descolgarlo cuando escuche la voz del viejo.

Dejé el cuadro cuidadosamente en el piso, busqué al viejo y lo encontré en otra habitación, acurrucado en el piso mientras hablaba por teléfono. Le disparé dos veces por la espalda. Me acerqué y aún respiraba. Me miro con ojos vidriosos, aún sosteniendo el teléfono en la mano. Sinceramente no parecía creer lo que le estaba sucediendo. Le disparé dos veces más en el pecho y dejo de respirar. Ese viejo puto realmente se lo merecía. Una voz gritaba algo del otro lado de la línea, tome el tubo y colgué. En un cuarto cerca del lavadero encontré unas lonas con las que cubrí el cuadro y me fui. Esa misa noche lo colgué en el taller y me dormí admirándolo.

 

Al día siguiente mi esposa me despertó diciendo algo sobre que mi agente estaba muy nervioso al teléfono. Le dije que no quería atender el llamado y que se fuera.

 —¿Qué hace este cuadro acá? ¿No dijiste que lo habías vendido?

 —Se vendió y fue un gran error que por suerte pude solucionar a tiempo. Lo recuperé.

 —¿Cómo que lo recuperaste? ¿Y la plata?

 —¿Lo único que te importa a vos es la plata? ¿Pero no ves que sos un estúpida? Todo esto es culpa tuya y seguís pensando en la plata. Andáte.

Me miró sorprendida, haciéndose la ofendida como siempre y se fue. No se qué le habrá dicho el idiota de mi agente porque unas horas mas tarde volvió mientras yo pintaba.

 —Tenemos que hablar.

 —No hay nada que hablar.

 —Tenemos que hablar sobre lo que pasó anoche. —le dediqué una mirada de desprecio y me quito la vista de encima— Y por favor quitate ese sobretodo mojado de encima. Te vas a enfermar.

 —Voy en un rato, cuando termine esto —dije refiriéndome a un boceto para una nueva pintura sobre la mosca.

Y ésa es la ultima conversación que recuerdo con certeza, luego todo se vuelve confuso. Me recuerdo a mi mismo tomando de una botella, ella diciendo algo sobre la oficina de mi agente, que yo ya no era el mismo, que no estaba con mi familia, que tomaba mucho, que necesitaba ayuda, que solo hablaba de una mosca. Creo haber respondido algo sobre que la mosca era la única que me entendía y ella se largó a llorar, me levante y volví al taller, pero no pude pintar, la mosca no se quedaba quieta.

Estuve unas horas en el taller desechando un boceto tras otro, la mosca estaba histérica otra vez y yo no podía dibujar nada que no fuera basura. Aunque esa ultima vez fue mucho peor que la anterior, la mosca volaba totalmente desquiciada, atravesando el taller, zumbándome de un oído al otro como si estuviera dentro de mi cabeza taladrándome los tímpanos. Yo intentaba mantener la calma pero me desesperaba continuamente, me daban ganas de chillar, golpearme la frente contra la pared o arrancarme los pelos. Comencé a tirarle todo lo que tenia a mano como un loco con un ataque psicótico; le tiré tazas, pinceles, témperas y hasta lienzos pero nada parecía alcanzarla, ella siempre lograba estar un poco más adelante, un poco al costado, un poco mas arriba... Sea como sea la mosca no pareció asustarse en lo más mínimo y volvía molestarme una y otra vez.

Le puse comida con veneno y ni se acercó. Se limitó a mirarme desde las alturas de mi taller y a disfrutar y reírse en silencio al verme agotado en mi silla y a punto de desfallecer. Necesitaba superar mi obra anterior, necesitaba demostrarme a mi mismo que la Musa no había sido algo único sino solo un comienzo. Necesitaba esperanza. Desde la venta del cuadro lo poco que había terminado eran malogrados cuadros mediocres, y ahora que tenía mi gran pintura de vuelta continuaba con los mismos problemas. ¿Cómo podía ser? La inspiración tenía que volver, esta era mi última oportunidad y yo lo sabía. “No lo es”, me contestó la mosca con una claridad increíble. La miré boquiabierto. Estaba nuevamente posada en la esquina superior del taller como en los mejores tiempos y me indicó lo que tenia que hacer para poder pintar la mejor obra de mi vida.

Era bastante simple de hecho: sólo tenia que matar a mis hijos y a mi esposa. Lo de mis hijos me dio un poco de pena, pero mi esposa se lo tenía bien merecido. Me encargué de los niños mientras estaban durmiendo, ahogándolos con una almohada. Luego fui por mi esposa seguro de encontrarla dormida, pero no, la muy perra estaba bien despierta. Se levanto de la cama de golpe y sacó un cuchillo de abajo de mi almohada, desocupada desde hacia meses. Con solo una mirarla supo lo que yo acababa de hacer y se largó a llorar. Nunca la había visto tan decadente como en ese momento. Saqué el revólver del sobretodo y le disparé sosteniendo una almohada de por medio. Creo que fueron dos disparos. Casi ni se movió, las lagrimas siguieron brotando y una pequeña mancha roja apareció en su camisón desde la que rebalsó una sola gota de sangre. No dijo nada, se limitó a mirarme fijamente hasta volverme loco.

Tiré la almohada y apreté el gatillo varias veces mas pero no hubo ningún disparo. Y esos ojos no dejaban de mirarme. Creo que esa fue la primera vez que me sentí engañado. Volví la cabeza hacia la esquina de la habitación y allí estaba la mosca, observándolo todo. Ella era la responsable, a partir de ese momento lo supe. Le apunte el arma descargada y le dispare inútilmente. Le arrojé el arma con furia y se corrió antes de que la golpeara, con esa gracia y agilidad que solo ella podía tener. Luego me acosté junto a mi mujer agonizante y lloré con ella hasta que dejo de respirar.

 

Tenía que valer la pena después de todo lo que había hecho. Esa mañana me encontraba inspirado y cautivado por mi trabajo. La mosca estaba quieta en una esquina y yo la estaba retratando de manera majestuosa; la mejor obra de mi vida se estaba gestando. No escuché cuando la tía de mi mujer entró a la casa ni cuando gritó al encontrar los cuerpos de mis hijos y mi mujer tal cual como habían muerto. No me enteré de nada hasta que ya me tenían rodeado y el primer policía entró por la puerta ordenándome que levantara las manos. No escuché nada y la mosca no me advirtió. Me traicionó, dejó que me atrapasen después de todo lo que había hecho por ella, y se fue mientras el primer policía me agarraba por los brazos y el segundo me tiraba al suelo. Se fue volando a través de la misma ventana que probablemente usó para entrar la primera vez.

 

© Ernesto C. Orellano