Aún arropado en mi infelicidad, me siento a observarlo. El hombre emana, la tierra lo va expulsando con gemidos inaudibles. Tanto deseé el fin de los tiempos, que, ahora que llega, parece un evento más de mi vida apagada. La única complicación de este proceso es resurrección de los muertos. Qué haría ese hombre enterrado allí. Cuántos más saldrían.
No me acerco a ayudarlo. Tal vez el miedo, o más bien el simple y puro desgano. Me jacto de que mi depresión es perfecta. Perfecta. Una sensación ubicua que me sigue empujando a la vida. Soy un suicida con vida. Por lo menos, en eso no he fracasado. El hombre ensaya una incorporación, un movimiento de piernas. Está desnudo, está sucio. Me mira, y le señalo la canilla, la manguera con la que riego el jardín. Mueve la cabeza. Se nota que no sabe qué hacer. Por lo pronto se sienta. Con una mano acaricia el copete anaranjado. Mi perro sale de algún lado y va a olfatearlo. Le ronda las piernas, le apoya las patas en el hombro para olfatear su larga cabellera. El hombre permanece inmóvil, y, en ese gesto que es un no gesto definitorio, nos hermanamos.
Comienzan a escucharse gritos tras las medianeras. Noto que el barrio se ha revolucionado. De los balcones de las infinitas torres cuelgan las gentes aterradas. Todos miran hacia abajo, hacia la calle, que imagino poblada de seres desnudos. Algunos señalan hacia allá, otros toman fotografías. Maldito este calor, por lo menos podría reírme de mis congéneres cubierto por mi pullover violeta. Nunca he querido abandonar mi jardín, mi casa. En la ciudad ya no hay casas, pronto ya no habrá nada.
Me levanto. Camino hacia la calle. El perro viene tras de mí. Y luego el hombre desnudo. Me apoyo en el tronco de mi árbol, el único que queda en esta vereda. Porque el progreso no ha querido árboles, los ha canjeado por las torres. Desde allí siento la brisa caliente, y veo cómo todo se va apagando. Hay un zumbido en nuestro cerebro, tomo conciencia de él a medida que la electricidad va desapareciendo. Los cables se vacían de energía y quedan como los meros cabellos de una ciudad condenada. El hombre camina hacia la esquina. Se acerca a un brazo que lucha. Un resucitado ha quedado atrapado en el asfalto.
Regreso a mi jardín con paso lento. Observo las plantas. Los rosales se están secando, los caracoles se están comiendo las azaleas. Arranco el copete anaranjado que el hombre ha acariciado. Me percato de que hay más ojos observándome. En mi propia casa. Niños, mujeres, hombres, han salido de la tierra. Y lo siguen haciendo. Abro la canilla, algo de agua le da vida a la manguera. Algunos se acercan a beber, otros se frotan sus cuerpos.
Pronto, todos seremos juzgados. Es el momento justo para irme. Dejo la flor en el suelo. Paso delante de los resucitados. Ni siquiera cargan en sus ojos la sorpresa. Camino hacia el baño. Cierro la tapa, y me siento sobre el inodoro. Observo los azulejos blancos, que tantas veces conté. Conozco cada una de sus imperfecciones. Saco la navaja del bolsillo del pantalón, me abro las muñecas en canal. Antes de cerrar los ojos, me doy cuenta de que no sale mucha sangre. No importa. Sólo busco el frío.
Un brazo me rodea la espalda. Hace fuerza para levantarme. El hombre, aún sucio y desnudo, ha regresado a mi jardín, ha entrado a mi casa. Me apoyo en él para caminar. No se ve a nadie en la casa, tampoco en la calle. Otra vez los balcones se presentan vacíos. Más allá, en la avenida, multitudes caminan. Un mar de cabezas, una ondulante pampa de seres. Al fondo, sobre una tarima brutal, el estrado. Los juicios ya han comenzado. Nos están separando. Una voz sombría y portentosa repite su letanía: “Desde hoy, queda abolida la muerte”. La suma de todos mis fracasos termina por causarme risa. Pero no tanta como para morirme.
© Leandro Montaña
Segundo Premio en el II
Certamen Literario Revista Axolotl