Astor vuela. No vuelos largos o vuelos cortos: vuelos imposibles. En días de lluvia se eleva un poco menos, al perder visibilidad su corazón; y en invierno va más rápido, mas nunca sabe por qué.
A veces sale de noche y ver tantas estrellas extendiéndose a límites imposibles lo hace temblar. Pero lo impactante allí es la pasión del silencio, el logro del abismo. Miedo enjaulado.
Le gusta sentarse junto a algún lago y contemplar su rostro en sombras. Claroscuro. Entonces toma su guitarra, y canta serenatas para los peces que no pueden dormir por amor.
Astor vuela y sabe que hay un más allá de las cosas, y su corazón se hincha tanto que siente que va a explotar, su cuerpo planeando abrazado a nubes formadas por los sueños de la humanidad. Cada tanto piensa en traspasar las fronteras de lo conocido. Lo piensa, y lo sigue pensando. Algún día lo hará, cuando sienta que está listo para no volver.
Ama el olor de la lluvia en el campo. En las tormentas de verano desciende y abraza la tierra, de manera de quedar con la mejilla sobre las hierbas húmedas, un organismo que intenta hacerse parte del todo, futilidad bajo el signo de lo complejo.
Escribe poemas, rima colores con formas, graduándose la intensidad de luz de sus versos dependiendo de cuán enamorado se sienta. Vive en una austera cueva en la montaña, entre cuadernos, luciérnagas y corazones. Desde allí tiene un mirador infinito, con vista a todos los pueblos y mares. Los ve como pentagramas y tararea las imágenes con melodías que se forman en sus nervios.
Pero, de todos los paisajes, hay uno que lo convoca noche a noche. Desciende suave hacia una aldea particular, un jardín particular, un árbol particular. Desde la rama más cercana a su cuarto, observa la ventana de Vale con un amor infinito, sus ojos tibios por la humedad de sus sentimientos.
La joven se peina frente al espejo antes de ir a la cama, y Astor se imagina allí con ella, tomando sus manos y llevándolas a su corazón. Pero sabe que eso no puede pasar, que eso no tiene que pasar, y así deja fluir su espíritu hacia el vidrio, eterno observador de lo imposible.
Se levanta desde las sombras y, antes de partir, produce un intencional chasquido en la madera seca. Vale es arrancada de su ensoñación y corre hacia el cristal. Pero ya no hay nadie.
Nunca lo hubo.
Mira hacia las estrellas, y con una sonrisa infantil, y el corazón expandiéndose de pasión, ruega porque algún día él venga.
Entonces Astor vuela, dando trompos en el aire, rodeado del polvo del amor eterno.
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Juan Martín Serantes Peña