Ojos hundidos

 

Jugaba en un equipo de la Primera Regional asturiana, categoría marcada por la crónica negra de la distancia: buenos bandidos futbolistas, de una y otra parte, de cualquier color, habilidades y distinciones, se emborrachan duramente antes y después de los partidos.

Mucho barro.

Muchas veces han llamado puta a mi madre y otras tantas he tenido que levantarme forzosamente del suelo, para seguir el juego, sufriendo por una mala patada o un balonazo en la vasta plataforma de mis testículos. Así es este deporte en la intrincada red de los barrios bajos, donde robamos el cuero, si podemos, después del pitido final.

En la ducha, si un compañero está enjabonado hasta las cejas, nos acercamos y le meamos el culo –no  suele darse cuenta: los líquidos conectan en el mismo punto de calor– o apoyamos suavemente nuestro pene en su cadera, sólo por ver cómo reacciona ante un movimiento homosexual. En el vestuario todos somos muy machos. Nos podemos permitir esos lujos sin menoscabo de nuestra virilidad.

Al inicio de la segunda vuelta estábamos en la zona templada de la tabla, donde conseguir los tres puntos se nos antojaba tarea difícil cada domingo. Pero un día, con una gran mochila a la espalda, llegó Pepín “Ojos Hundidos” al equipo. Un tipo flaco, de pocas palabras y con unas ojeras tremendas. Algo escondía el cavernoso hueco de sus ojos –muy atrás, casi pegando con la nuca– para que el portero suplente, entretenido siempre en el defecto, le pusiera el apodo que le dio la fama.

En su debut como delantero jugábamos contra el Treviense C.F y, antes de saltar al terreno de juego, observé cómo se alejaba del grupo, directo al baño, y se encerraba a cal y canto en el fétido retrete de las instalaciones deportivas de Trevías: un pueblo montaraz, alejado del entorno urbano, donde sus habitantes desayunaban costillas, bollos preñaos y unos culines de sidra que parecían garrafones de zumo.

—¿Estás bien? –le pregunté, desde el otro lado de la puerta, pegando la oreja a la madera gelatinosa.

También el pobre bobo que tiene un ojo destrozado, sanguinolento, guiñándome el otro, rememora su sueño –susurró, recitando para sí, lo que parecían, luego fueron (él me lo confesaría), unos versos de Pavese.

Esa tarde metió tres goles. Por supuesto, ganamos el partido y lo celebramos, ya en Oviedo, con los licores reglamentarios, oficiales y rumiados en nuestros estatutos personales. Fue aquella noche cuando, los dos solos, delante de nuestras cervezas, me explicó sus manías, sus odios y sus tentaciones.

—Eran unos versos de Pavese.

—Ojos, no me jodas. ¿Es que lo hacés cada partido?

—De otra forma no podría ni ponerme las botas.

Tenía razón. Ganamos los siguientes partidos sólo con sus goles. Y, por un vínculo supersticioso supe, entre otros, quién era Neruda, cómo era Cernuda y memoricé, después de mucho esfuerzo, los heterónimos de Pessoa. También me di cuenta del infinito poder de un verso y comencé a llevarle libros de poemas cada domingo. Por aquel entonces ya ocupábamos los primeros puestos de la tabla clasificatoria.

El siguiente fin de semana nos batíamos en Avilés, contra el Histórico Carbayedo. Un partido complicado en el que nos jugábamos gran parte de nuestras aspiraciones para conseguir el ansiado ascenso a Regional Preferente.

—Hoy te traigo algo de un tal Rimbó.

Sus ojos, desde aquel lugar sombrío y lejano, se posaron en mi rostro con una mueca de agradecimiento.

—Acompáñame hoy.

Nos metimos en el baño, simulando un vendaje de última hora, mientras los demás compañeros calentaban. Echamos el pestillo y comenzó a recitar:

Yo soy el peón del camino real entre bosques enanos. El rumor de las esclusas ahoga mis pasos. Miro largamente la melancólica lejía dorada del poniente.

Me pasó el libro.

Yo sería con gusto el niño abandonado sobre la escollera rumbo a alta mar, el paje que recorre la alameda y cuya frente toca el cielo.

Ganamos 5—1: dos goles de mi amigo Ojos y mi primer tanto en toda la temporada. Un magnífico cabezazo que se coló entre el palo y el defensa. Un partido más y el ascenso sería nuestro.

Al día siguiente, Ojos me pidió que lo acompañara a casa. Quería mostrarme su biblioteca y algunos trofeos de sus tiempos de cadete. Había unos dos mil volúmenes, todos ellos de poesía, pues ésta es el camino –me dijo– y las novelas sólo la palabra sin aditamentos.  Recitamos, entre otros, algunos versos de Celso Emilio y de Kavafis.

En medio del terror y de la sopecha, con la mente agitada y los ojos asustados, buscamos soluciones y planeamos qué hacer para escapar de la segura amenaza que tan espantosamente nos acecha.

Y yo, sin disimular mi recién estrenado entusiasmo por la lírica eyaculación, repliqué:

Hace poco tuve un sueño que más bien fue un recordar, pues los sueños muchas veces vienen de la realidad.

Le prometí que en el siguiente partido yo llevaría los versos que nos darían la gloria.

Nunca vi llover como aquella tarde de agosto de 1986. Nuestro campo, en la cumbre del Naranco, estaba completamente embarrado. El balón rodaba con dificultad pero el árbitro no consideró oportuno suspender aquel partido en el que la esperanza de hacer algo digno, después de tantos años, se mostraba con un fuerte y cadencioso pálpito en el rumor de la plantilla.

Cuando el equipo salió a calentar abrí el bolsillo lateral de la mochila para coger el Romancero de Lorca. Pero allí, entre el champú, los condones –algo con lo que todos debíamos contar para la eventual celebración–, las pastas de dientes y el cepillo, no logré dar con nada que se pareciese a un libro de poemas.

—¡Mierda!

Y no sé por qué, comencé a llorar.

—Tranquilo –me dijo comprensivo–. Algún día tenía que pasar. Son sólo manías que la necesidad mata, que el tiempo destruye.

Salimos al campo. Ojos sonreía. El agua caía sobre nosotros con ferocidad y oblicua mordiente.

Bien entrada la segunda parte todavía no se había movido el marcador. No por falta de ocasiones: habíamos hecho cuatro palos y fallado un penalti. A cinco minutos del final Ojos corría hacia el centro del campo cuando se desplomó en el suelo. Sujetando su cabeza, arrodillado en el barrizal, pensé que sus ojos eran los ojos de Lorca. Creí –lo hubiera defendido con mi vida– que el terreno de juego era el barranco de Víznar y que habían fusilado a mi amigo, de nuevo, cincuenta años después.

Pero Pepín “Ojos Hundidos” murió sin hacer ruido, súbitamente –no dijo nada, ni siquiera aquello de no me maten, que creo que la Virgen–, víctima de una insuficiencia respiratoria. Eso nos dijeron poco después.

Pero yo sé que murió por un verso que nunca llegó a recitar. 

© Jorge Salvador Galindo
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° Mención en el II Certamen Literario Revista Axolotl