Esquelosis
Hay enfermedades típicas de senectud como la sordera, pero la tía Julia- aunque es vieja- no tiene ni sordera, ni vista cansada, ni demencia, simplemente esquelosis. Se la detectaron cuando cumplió los ochenta y tres, y como no es una enfermedad mortal, ahí llevamos los sobrinos más de diez años padeciéndola.
Su casa es grande y su patrimonio aún mayor, por lo que la tía Julia acoge a mis dos hermanos con sus familias, al primo Tirso que siempre fue un golfo y un haragán y a mí, que no siendo ninguna de las dos cosas, nunca encontré mi sitio en el mundo. Lo malo es que vivir con la tía Julia tiene servidumbres, unas gravosas y otras insoportables. La peor de todas es su manía de desayunar a las ocho y media, todos juntos, en la mesa del comedor y servidos por la fiel Brígida. Después de las oraciones de la mañana, a las que respondemos murmurando, escuchamos la lectura de las esquelas. La tía Julia las lee con voz de ultratumba, disfrutando como una niña. De pronto baja el tono, lo sube hasta el ridículo para resaltar algún aspecto y vuelve a su voz más macabra haciéndonos reparar que se trata de muertos. Guardamos un silencio respetuoso mientras nos pasamos la mantequilla, nos servimos el café o, con un gesto, nos pedimos unos a otros el azucarero. Tras la lectura llega la sesión de comentarios y el descansen en paz que coreamos con un amén compungido y atragantado, que nos permite abandonar la mesa e iniciar nuestras actividades diarias.
Si el muerto es alguien conocido, el desayuno se eterniza, y es que la tía Julia es experta en parentelas y en anécdotas escabrosas. En un silencio resignado los sobrinos tomamos la segunda, la tercera y la cuarta taza de café y comenzamos la jornada con los nervios de punta.
El problema es que los conocidos de la tía Julia, llevan meses muriendo en serie por lo que aparte de sobrepeso, los sobrinos estamos empezando a tener problemas laborales, judiciales por incomparecencia, problemas con amigos a los que dejamos plantados y hasta problemas con Hacienda por no presentar la declaración en tiempo. Los niños llevan meses sin asistir a la escuela y apenas nos levantamos del desayuno para cenar. Todo no es negativo, mi primo Tirso ha abandonado la vida golfa y aunque gordo, parece que está sentando cabeza y los niños le van tomando el gusto a las vacaciones y se divierten tirándose miguitas.
Pero desde el 12 de diciembre, la enfermedad de la tía Julia se ha agravado. Sus amigos mueren por cientos y los más débiles de la familia han comenzado a dar cabezadas sobre los croissants. A pesar de las subidas y bajadas del tono de voz de la tía, hemos comenzado a desfallecer. Ella es la única que empalma los muertos de un día con los del siguiente sin muestras de agotamiento. Mis hermanos y yo llevamos barba de semanas, Tirso tiene pinta de apestado y a los niños los hemos tenido que atar a las sillas porque ya no se entretienen lo bastante tirándose trozos de magdalenas. La situación está haciendo crisis, de hecho ya hemos establecido turnos para cabecear. Los que están de guardia responden el amén y siguen desayunando, pero la tía Julia no desfallece. Todos sabemos que está muy grave pero nadie puede ausentarse para llamar con urgencia al médico; sólo podemos levantar la mano para ir al servicio y, cualquier ausencia superior a la lectura de dos esquelas, sería considerada deserción. Como respetamos tanto a la tía Julia, ninguno querría ofenderla con semejante vileza. Mientras, seguimos comiendo croissant y magdalenas y bebiendo café cargado.
No hemos podido celebrar la Nochebuena porque hoy han muerto 24 conocidos de largas y azarosas vidas. Yo acabo de despertar, la situación empeora por momentos. Uno de los niños ha cogido el sarampión atado a la silla y no puede rascarse. Tirso ha vomitado varias veces sobre el plato y ahora cabecea sobre el vómito. Observo que a mi derecha, mis hermanos yacen, muertos de empacho, sobre el café. Una de mis cuñadas está expirando por culpa de la taquicardia que le provocó la cafeína y la otra se ahorca en silencio con el collar de perlas; ya está morada. El niño con sarampión delira de fiebre, eso sí, bajito, para no interrumpir la lectura. Tirso, con la cara de vómito marrón se toma veinte pastillas seguidas. Los otros niños hace tiempo que dejaron de respirar pero permanecen tiesos gracias a las cuerdas. Sin embargo, la lectura no cesa. Los amigos de la tía siguen muriendo, Brígida sigue sirviendo el desayuno y sobre los platos descansan en paz los sobrinos.
© Aranzazu de Isusi
7° Mención en el II Certamen Literario Revista Axolotl