Una misión

 

Yo estaba encantado: los quería muchísimo a papá y a Elenita, y la idea de pasar el día en casa los tres, sin nada especial para hacer —y, sobre todo, sin mi madre—, me convencía mucho más que ir a aprender a jugar al bowling con el estúpido de mi primo. Por lo que recuerdo, aquella era la primera vez que mi hermana y yo nos quedábamos solos con papá. Mi madre, según nos dijo él durante el desayuno, se había ido a jugar a la canasta con las tías de La Lucila.

Creo que habrá sido un sábado o a lo mejor un domingo, porque papá —cirujano dentista, como decía la chapa de bronce en la puerta—, no atendió ese día a ningún paciente. Además llovía como nunca, sin parar, y seguramente por eso no habíamos ido los cuatro al Tiro Federal de Lomas, como hacíamos los fines de semana.

—Y por qué se fue sin darnos un beso —dije, llevándome a los labios la taza de café con leche, y aquí debo aclarar que a mí me importaba un rábano que la maldita de mi madre se hubiese ido sin darnos un beso. Por mí que no volviese en su vida, sin darnos un beso ni nada. Lo pregunté sólo para echarle tierra, para hacerla quedar mal.

Papá dejó de untar manteca en la tostada de Elena y me miró.

—¿Qué decís?

—Que por qué mami se fue sin saludarnos —dijo Elena.

—Y sin un beso, digo.

—Es que se fue bien temprano —nos explicó papá, sonriente, levantando la voz para hacerse oír por sobre el ruido de la lluvia, que caía a chorros contra la protección metálica del extractor de la cocina—. Encima salió apurada, y es por eso que ustedes ni siquiera la vieron, ¿entienden?

En aquel tiempo nos tragábamos cualquier cosa, éramos muy chicos. Además, como ya dije, estaba contentísimo: por fin se me cumplía el sueño de quedarnos en casa con Elenita y papá, que era un genio.

Cuando terminamos la leche, Elena —mi madre la había adiestrado como a un perrito— empezó a levantar la mesa. Yo quise darle una mano, pero papá nos detuvo con un gesto. Y dijo:

—Dejen, chicos, dejen. Hoy nadie barre ni plancha ni nada.

—Yo no pensaba ni barrer ni planchar —dijo Elena—. Aparte, todavía no sé.

—¿Qué cosa no sabés, mi dulzura?

—Eso: ni barrer ni planchar. Solamente sé lavar platos yo.

Papá se rió.

—Ya lo sé, mi amorcito —dijo—. Quise decir que hoy en esta casa nadie trabaja.

—Y cuando vuelva mamá se arma —dije.

A papá se le fue la sonrisa. Y se quedó muy serio y callado, como si estuviese pensándolo mejor.

—Vayan pasándome las cosas —dijo—. Lavo yo.

—Podríamos los tres llevar todo al patio —dijo Elena enseguida—, así las tazas se lavan solas. Con tanta lluvia, se puede —y se quedó quieta, como a la espera de un aplauso por su idea genial—. Una vez… lo vi hacer en lo de la prima Vicky —insistió, pero con voz de mentir.

Papá, sin responderle, abrió la canilla y agarró la esponja.

Y yo me puse a mirarlo.

Papá. Papá de entrecasa, con la chomba agujereada y el jean gastado que usaba los días de limpieza. Me dio pena, como me pasaba a veces. Fui por atrás y lo abracé.

—¿Qué hacés, loco? —me dijo sin sacar las manos del chorro de la canilla—. Soltame.

Pero no le hice caso: en lugar de soltarlo lo apreté más fuerte y aspiré hondo el Old Spice, una de las cosas que más me gustaban de papá. Me gustaba ese perfume tan suyo, esa mezcla con el aroma de su tabaco, como a cuero.

Elena vino hacia nosotros, y también lo abrazó. Entonces él cerró la canilla y se dio vuelta y se secó las manos en el repasador y nos dio un beso a cada uno.

—¿Saben? —dijo—. Los quiero como nunca quise a nadie, los quiero con locura. Yo sé que los padres quieren mucho a los hijos y todo eso —nos revolvía el pelo, nos acariciaba—. Pero necesitaba decírselo y que lo entiendan bien. ¿Lo entienden?

—Sí, papi —dijo Elena, y yo asentí moviendo la cabeza.

Me pareció que papá tenía lágrimas en los ojos. Pero no se lo hubiera preguntado por nada del mundo.

—Nunca, nunca… —dijo, con una voz borrosa que yo jamás le había oído—. Nunca se olviden de cuánto los quise, de cuánto los quiero.

Y cuesta creerlo, pero así fue: en ese momento la cocina se iluminó de relámpagos y afuera estalló un trueno formidable, como cuando alguien dice algo importante en las películas de terror.

Muy pocas horas después yo aprendería que la vida real se parece bastante a las películas de terror. Se parece demasiado.

 

 

Pasamos la mañana riendo y jugando con el Scalextric. Papá se dejaba ganar: volcaba sus autos en cada curva. Hasta Elenita se daba cuenta y lo retaba en broma.

Afuera era prácticamente de noche, de tanta lluvia y nubarrones, así que habíamos prendido todas las luces. Nuestra casa quedaba al final de un larguísimo pasillo, bien pegada a la fábrica de calzado de mi abuelo, que se había muerto hacía poco. Embutidos en medio de la manzana y rodeados de muros, siempre debíamos prender las luces aunque hubiese sol. Y cuando dejábamos encendidas más de las necesarias, mi madre iba atrás de nosotros apagándolas una por una. Pero ese día ni nos cuidábamos. Las únicas luces que papá dejó apagadas fueron las del frente y el corredor.

Después del almuerzo, cosa rarísima un fin de semana, sonó el teléfono. Yo dejé lo que estaba haciendo —algo en el piso, con dados o soldaditos— para ir a atender. Pero al pensar que seguro era mi madre llamando desde La Lucila me quedé bien quieto.

Cuando Elena fue a levantar el tubo, papá la frenó.

—Dejalo que suene —dijo desde su sofá, con la pipa en una mano y un libro en la otra—. Hoy hacemos de cuenta que en casa no hay nadie.

—¡Ni el timbre atendemos! —dijo Elena, aplaudiendo de alegría, mientras el teléfono seguía sonando. Y sonó un buen rato.

Papá no dijo nada. Volvió a su libro y a su pipa.

Palpándome el pecho me aseguré de que tenía mi birome en el bolsillo de la camisa. Fui a mis cajones a buscar la lupa y el álbum de estampillas, dispuesto a ingresar todas las nuevas que había conseguido en el mes.

 

 

Como a la hora y pico, el timbre me hizo saltar por el aire.

Papá cerró el libro y dejó su pipa sobre la mesa ratona, junto a los fósforos. Se levantó del sofá y se acercó a la puerta de casa. Aplicó el ojo a la mirilla y espió el corredor. Por supuesto, desde allí no podía ver quién tocaba: había que recorrer los casi treinta metros de pasillo para abrirle a quien fuese.

Elena fue hacia papá y le tiró del jean. El timbre sonó de nuevo.

—¿No era que hoy no atendíamos? —dijo Elena, mirándolo a papá desde abajo.

—Tenés razón, mi vidita. Debe ser algún hinchapelotas, algún paciente que nos quiere interrumpir esta linda tarde.

El timbre sonó de nuevo un par de veces. Y nada más.

Papá se apartó de la mirilla, y yo me imaginé al pobre tipo bajo la tormenta, empapado en la calle y con un descomunal dolor de muelas.

—Vení, papi —dijo Elena de repente—, vení que los voy a hipnozar a vos y a Marce.

—¿Hipnozar? —dije con tono de burla—. ¿No será hipnotizar, nena?

—Es lo mismo, nene. Vengan que yo los hipnozo.

Papá se echó a reír y se dejó llevar de la mano hasta el living.

—Vos sentate ahí —le dijo mi hermana indicándole el sofá—. Y no prendás la pipa. Y vos mirás —me ordenó—. ¡Ah, me falta algo, esperen! —y salió directo a nuestro cuarto.

La seguimos con la mirada hasta que desapareció al doblar en el pasillo.

Noté que papá apretaba los labios: una sonrisa rara.

—Está cada día más linda, está preciosa —dijo de pronto, sin mirarme—. Cuidala bien —hizo un silencio, apenas segundos—. Cuidala, Marcelo.

Cuando estaba por contestarle, Elena volvió.

Traía algo plateado y oscilante que le asomaba del puño, como una cadenita corta.

—¿Qué es? —le preguntó papá, encorvándose hacia ella.

Elena se detuvo, aún fuera de su alcance. Puso una de sus caritas misteriosas y abrió la mano. Ahora muy bien no recuerdo qué representaba ese llavero de lata —en algunos sueños distingo la cabeza puntiaguda de un duende, en otros adivino una bruja—, pero sí que a mi hermana le había venido como premio dentro del envoltorio del Topolín, una especie de antecesor del huevo Kinder.

—Vos —dijo, dirigiéndose a papá— tenés que escuchar mi voz, ¿entendés?

—Entiendo. ¿Y qué hago, además de escuchar tu voz tan linda?

Estaba claro que papá se había dispuesto a seguirle la corriente. Yo pensé que todo eso eran pavadas, quería dedicarme tranquilo a mis estampillas.

—Primero mirá esto, bien pero bien fijo —Elena empezó a hacer que el llavero pendulara, justo delante de los ojos de papá.

Con los años, leí que el movimiento pendular favorece el proceso hipnótico —es por esa razón que las personas sensibles pueden perder la noción del tiempo, contemplando en éxtasis el ir y venir de las olas o las ondulaciones del fuego—. Pero en ese momento me quise mandar a mudar a nuestro cuarto.

—Así, así mirá… —seguía diciendo Elena—. Mirá el brillo. Eso… Así… Fijo, fijo… Mirá fijo… Mirá el brillo…

Y sí: papá miraba el brillo, lo miraba fijo.

—Mirá el brillo. Miralo fijo… Mirá el brillo.

Era la primera vez que yo presenciaba un acto semejante. A lo sumo había visto a un hipnotizador en una historieta, un tipo con una capa y un turbante que desde arriba del escenario le hacía hacer porquerías al público, como rascarse y maullar y todo eso.

—Ahora escuchame, papi … —dijo Elena—. Escuchame bien… Escuchame solamente a mí… ¿Me escuchás a mí?

No quería verlo a papá rascándose y maullando. Y al mismo tiempo no creía para nada en lo que estaba viendo. Pensé —quería pensar— que los dos se habían puesto de acuerdo para hacerme una broma.

Pero entonces, cuando yo estaba por salir del living, una especie de silbido ronco, un ssssiií rasposo, como articulado entre los dientes y la punta de la lengua, salió de los labios de papá.

Cuando me di vuelta y le vi la cara, cuando le vi los perdidos ojos como de vidrio, mirando sin ver, me quedé paralizado.

Papá no era papá.

Elena retrocedió un paso.

—Vos no te vayas —me dijo en un susurro. Y yo, mudo, negué con la cabeza.

La verdad, no me hubiera ido ni por nada del mundo. Es más: me acerqué. Y al avanzar hacia ellos choqué sin darme cuenta contra la mesita del teléfono. Se me ocurrió descolgarlo: me daría un ataque si llegaba a sonar.

Bajo las órdenes de mi hermana, papá cerraba los párpados. La respiración era la de un hombre dormido.

Elena hacía pausas con la voz, usaba un tono monocorde, un tono acompasado y neutro. ¿De dónde habría sacado todo eso? En aquella época había muy pocas familias con televisor, y la nuestra no era una de ellas. La prima Vicky sí tenía. Pero, de haber visto a un hipnotizador en la tele de la prima Vicky, Elena me lo hubiera contado. La cuestión era que aquello, vaya a saber por qué, funcionaba. Elena estaba chocha de la vida. Y, también, un poco asustada ante su propio éxito. ¿Papá se estaría haciendo el hipnotizado?

—Ahora vas a levantar la mano… —siguió diciendo Elena—. Vas a levantar la mano… la mano derecha…

Papá ni se movió.

—Se quedó dormido —dije.

—Levantás la mano, papi —insistió mi hermana sin llevarme el mínimo apunte—. Levantás la mano derecha… La mano derecha…

Sentí un nudo en la garganta: lento, muy lento, papá levantaba la mano derecha. La mano derecha de papá subía y subía, de manera casi imperceptible. Y quedó floja, ahí, como flotando en el aire al final del antebrazo oblicuo. Y no estoy seguro de si esto lo fui inventando con el tiempo o si se me ocurrió de verdad: proyectada en la pared, la sombra de mano y antebrazo me hizo pensar en la cabeza y el largo cuerpo de una serpiente erguida en posición de ataque.

Elena sonrió: era obvio que al día siguiente saldría a contárselo a medio mundo.

—¿Dónde aprendiste? —le pregunté, y enseguida me tapé la boca, arrepentido de haber hablado en voz alta.

Elena se habrá dado cuenta de mi miedo de despertar a papá:

—No te hagás problemas —dijo—. Igual a vos no te oye. Solamente a mí me oye papá.

—¿En serio? Mentira.

—¿Ah, no? Probá y decile algo.

Yo no podía sacar los ojos de papá: seguía inmóvil, con la mano izquierda palma abajo en el apoyabrazos del sofá. La derecha, laxa, relajada, le colgaba de la muñeca como la tronchada copa de un árbol en miniatura.

—Dale, decile —insistió Elena—. Decile que se despierte y que baje la mano.

Así lo hice, intentando una voz como la de mi hermana al hablar con él. Pero me sentí ridículo, no pasó nada: papá ni se despertó ni bajó la mano. Había inclinado la cabeza, la pera le tocaba el pecho. Una buena parte de la cara quedaba oculta en sombras. Eso lo hacía parecerse mucho a mi abuelo el último día en que lo vi antes de que se muriera, cuando ya estaba muy enfermo. Ahora el ruido de la lluvia acribillando el toldo del patio me impedía percibir la respiración de papá, pero no quise poner la oreja cerca de su boca.

—¿Por qué? —le pregunté a Elena, sin darme vuelta.

—¿Por qué, qué?

—Por qué a mí no me oye.

—Qué sé yo, lo leí en el libro.

—¿Qué libro?

—El libro que me enseñó.

Ahí la miré.

—¿Papá te enseñó un libro?

—No, nene. El libro me enseñó a hacer esto —señaló con el índice a papá, derrumbado en el sofá con la mano derecha en alto—. Tiene fotos y viene con las palabras que hay que decir.

—Y vos te las leíste y te las aprendiste de memoria —dije, incrédulo.

Elena, muy sonriente, hizo que sí con la cabeza.

—Si querés —dijo—, lo dejamos así un rato, que trabaja tanto. ¿Querés?

Pensé en mi madre abriendo la puerta en cualquier momento y encontrándose con nosotros tres en el living, en semejante situación.

—Lo que no quiero —dije— es que llegue aquélla y lo vea tan… tan cansado, como sin poder defenderse. Mejor lo despertamos.

—Es que todavía no terminó —y sin darme tiempo a preguntarle qué cosa todavía no había terminado, cambió la voz y se dirigió a papá—. Ahora vos vas a tratar de bajar la mano por tu cuenta, papi… Pero no vas a poder… No vas a poder… no vas a poder bajar la mano. Solamente vas a poder bajar la mano si te lo digo… si te lo pido yo. Dale… Tratá de bajar la mano por tu cuenta. Ahora tratá de bajar la mano y no vas a poder…

Inmediatamente la mano derecha de papá vibró, los colgantes dedos temblaron como patas de araña. Pero la mano no bajaba, le era imposible. Sólo pudo hacerlo cuando se lo ordenó mi hermana Elena.

Con las dos manos descansando en los gastados rodillos de los apoyabrazos, papá se quedó quieto, la cabeza inclinada.

—Ahora viene lo bueno —me dijo Elena—. Papá, ¿me escuchás? Contestame, papi.

Nada.

—No contesta —dije, alarmado.

—Pero yo sé que me escucha, en el libro lo dice. Papi, ¿me escuchás?

De nuevo nos llegó ese estertor afirmativo. Sentí que se me erizaba la piel.

—Despertalo —dije—. Ya está bien así.

—Ahora vos… —le dijo Elena a papá—. Vos tenés en la mano izquierda un guante… un guante de cuero… Un guante de cuero bien pero bien gordo. Ese guante… te la tapa toda a la mano izquierda. Te la cuida, ¿sabés?

—Ya está bien, nena. Despertalo y basta.

—Si yo te la pincho… si yo te pincho la mano con algo, no te va a doler porque el guante te cuida.

Me interpuse entre ella y papá.

—¿Qué estás diciendo, nena? ¿Pincharlo?

Sin darme tiempo a reaccionar, estiró la mano hacia mí y me robó la birome del bolsillo y me esquivó y volvió a ponerse delante de papá. Tiró el capuchón, y cuando estaba a punto de pincharlo en la mano con la punta de la birome conseguí arrebatársela. Entonces volvió a la carga y le dio a papá un pellizcón fenomenal por encima de los nudillos. Vi perfectamente cómo la uña del pulgar de mi hermana se hincaba en la piel del dorso. Papá ni siquiera apartó la mano. Elena hundía la uña, y nada: era como si papá realmente tuviese la mano protegida por un guante de cuero.

—¡Pará! —dije, y al agarrarla a Elena del cuello logré que lo soltara—. ¡No ves que lo vas a lastimar, pobre papá!

Y eso no era totalmente cierto, porque ya lo había lastimado: en el dorso de la mano derecha se destacaban, bien nítidos, los pequeños arcos rojos que le había dejado mi hermana con la uña.

¿En la mano derecha?

¿No era que Elena le había sugerido a papá que el guante le cubría la izquierda?

En medio de la confusión le había pellizcado la mano derecha, la mano “desprotegida”.

Empecé a sospechar.

—¿Sabés que te equivocaste? —le dije a Elena, que en ese momento se pasaba la mano por el cuello con gesto de dolor.

Me miró interrogante, parecía sincera. Pensé que yo estaba frente a la mejor actriz del mundo.

—Vos le dijiste que el guante lo tenía en la ma… —y no alcancé a terminar la frase: de un salto papá se levantó del sillón y se arrojó hacia nosotros y nos abrazó y nos cubrió de besos.

¡Papaaaaaá! —chilló Elena, deshaciéndose del abrazo.

Asustado como nunca, yo no entendía ni medio. Si mi hermana era la mejor actriz del mundo, papá no se le había quedado atrás con su papel de hipnotizado: los dos eran cómplices y se habían confabulado para hacerme una broma verdaderamente pesada. Pensé que se iban a matar de risa en mis narices, que me tendrían loco durante años contándoles a los parientes y a mis amigos cómo me habían engañado entre los dos. Pero me equivocaba: el único que se reía era papá. Elena lo miraba como sin poder creerlo.

—¿Cómo es que te despertaste, papi? —le preguntó, pura vocecita triste y ojos como de pájaro abandonado.

—Es que nunca estuve dormido, mi amor —dijo papá, y había una leve burla en su sonrisa—. Nunca estuve hipnozado.

Tomé conciencia de que yo estaba en medio de los dos, de que los miraba moviendo la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha alternativamente, mecánicamente. También me di cuenta de que tenía la boca seca. ¿Cómo le había hecho papá semejante cosa a Elenita? A cada palabra de él, yo vivía como propia la decepción, la inmensa frustración de mi hermana. Sentí que el corazón se me partía por el desencanto, por la desilusión.

—Ese libro que leíste —dijo mi padre— era mío de la facultad. Yo también me lo sé de memoria, Elenita. Tengo otros en la gaveta del consultorio, si querés te los presto. En la facultad nos enseñaron a usar hipnosis.

—¡Mentira, malo! —dijo Elena, y papá hizo una risita mostrando bien los dientes.

—Más de una vez yo mismo tuve que hipnozar a alguna paciente muerta de miedo. Y no faltó el imbécil que se creyera que le encajaba anestesia, cuando en realidad era agua de la canilla lo que le estaba inyectando en la boca. Después, ni sienten el torno. De memoria me sé el libro.

—¿Y por qué lo hiciste, papá? —le pregunté, cerrando los puños y mirando a mi hermana—. ¿Y cómo hiciste para que no te doliera la mano?

Papá no respondió. Levantó la caja de fósforos de la mesa ratona, encendió uno y se lo aplicó al brazo y lo aplastó bien contra la piel como quien apaga un cigarrillo en el cenicero. No sé si lo imaginé, pero juro que a través de la lluvia  oí el siseo de la carne quemándose y todo.

Elena pegó un grito, dijo que odiaba a papá como nunca había odiado a nadie y se fue corriendo a nuestro cuarto y cerró de un portazo. Por primera vez en años deseé que mamá estuviese con nosotros. Qué inocente fui, qué ingenuo.

—¿Quién dijo que no duele? —me preguntó papá—. El asunto, Marcelo, está en no mostrar el dolor. La gente a la que uno quiere empieza por despreciarte. A la larga empiezan por despreciarte. Te dicen que no tenés huevos, por ejemplo. Como tu madre, por ejemplo. No tenés huevos, no tenés huevos. Y después terminan por engañarte. Y eso duele, duele mucho. Y el dolor quema acá adentro —se señaló el pecho con el pulgar—. Pero uno no lo muestra, no debe mostrarlo —caminó hacia el pasillo, como enfilando para su dormitorio—. ¿Sabés? —dijo, dándose vuelta y volviendo a mí—. Cuando tu hermana me decía todas esas pavadas de que mirara el brillo y esto y que lo otro  —me puso una mano en el hombro, yo me aparté y retrocedí—, recordé un sueño que tuve hace unos meses.

De repente unos golpes tremendos cruzaron los treinta metros de corredor: era como si estuviesen echando la puerta abajo. No muchos minutos después yo supe que, efectivamente, habían estado echando la puerta abajo.

Papá se rascó la cabeza, sonrió. Un chico travieso repasando hazañas.

—Yo estaba por afeitarme —siguió diciendo—. Hacía espuma con la brocha en el pote del jabón. Un jabón rojo. Entonces levanto la vista y… ¿qué veo en el espejo, eh? Veo en el espejo que la boca se me convirtió en un hocico repleto de dientes, de colmillos largos que ni me caben, todos echando como una baba brillosa. Entonces el espejo se quiebra y ya no estoy en el baño. Ahora estoy en este mismo living, Marcelo. Y estás vos mirándome con la misma cara de estúpido de siempre, y está la pendeja de tu hermana y está la hija de mil putas de tu madre. Están sentados ahí —señaló el sillón grande—. Y yo me les acerco y les digo: “Por fin voy a terminar con ustedes tres, que ya me tienen harto, que ya me tienen podrido”. Y entonces abro la boca así, ¿ves? Y ahí me desperté. Pero me desperté contento, con la sensación de una misión a cumplir. Esta misma mañana, antes de que vos y tu hermana se despertaran, empecé a cumplirla.

Ahora sí, lentamente, papá desaparecía en el pasillo, se encerraba en su habitación.

En cuanto a mí, yo veía, yo descubría todo lo que me rodeaba como si la pesadilla de mi padre se prolongase en la realidad. Invadía con su espuma roja el living, el estrépito de los truenos y la lluvia, el llanto desconsolado de mi hermana, el teléfono descolgado en su mesita, los gritos y los pasos de los policías que ya ganaban el corredor, el pistoletazo con que mi padre se voló los sesos.

 

© Marcelo di Marco