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El péndulo Y aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo Calderón de la Barca
Era una de esas ciudades en que un mero esbozo de recova o la opacidad de los vidrios de la puerta de un bar, bastaban para advertir que se llegaba a un territorio del que convenía desconfiar. No es simplemente un fantaseo decir que esos dos habían planeado hacerse la rabona y por eso venían al puerto o al muelle de pescadores, a esa franja de la costa donde el horizonte es más que en cualquier otra parte un visible espejismo y donde las identificaciones son más arduas. En la costanera vieron a un tipo casi calvo, junto a un marinero que parecía contarle algo divertido. Los chicos, compraron a medias un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos en un kiosko próximo al parapeto. Después, se fueron a sentar a la playa húmeda, sobre los portafolios, no fuera que por torpeza los pantalones los delataran al regresar a la casa. Uno jugaba a crear figuras con el humo del cigarrillo que fumaba, el otro se sacaba los zapatos y las medias, se alzaba las botamangas y se iba a chapotear descalzo en el agua sucia y helada. Luego se pusieron a observar un buen rato a los pescadores que inútilmente trataban de capturar algún bagre. Se cansaron, decidieron volver al centro. Atravesado el puente levadizo sobre el dique, ahora fastidiados por el aburrimiento, empezaron a arrojarse algunas semillas secas de las que caen de los árboles en una de esas plazas que no se limpian nunca. En el frenesí del juego sustituyeron las semillas por piedras desprendidas de algún banco o bebedero vandalizados. Una herida inoportuna en la frente del amigo, causada por la certera puntería del otro amigo, acabó con la camaradería y la complicidad. Se putearon y se dieron puñetazos hasta que intervino un transeúnte enérgico y cada uno se marchó por un camino distinto. El que había herido, cuando ya estuvo seguro de que el amigo no andaba por las inmediaciones, se detuvo para calmar su agitación y remordimiento. Se recuperó pronto, convencido de que eran injustos los reproches, porque después de todo la cosa había empezado en joda. Cuanto más se alejaba del puerto, la ciudad se exhibía en la barranca con menos pudor. Lo estremeció la sirena de una ambulancia y miró obstinado a ambos lados antes de cruzar la avenida. Al poner el pie en el pavimento, una voz muy cercana le dijo "qué tal", con el tono de un personaje familiar, pero a ese tipo, podía jurarlo, nunca lo había visto antes. Hombre alto, bien vestido, de esos de porte aristocrático, una calva incipiente, resistida por cabellos canos, bien peinados, quizás engominados; alguien que podía pasar por uno de los profesores del colegio. Él se sentía cohibido, pero también enganchado por la conversación de quien, en plena vía pública, le hablaba sin rodeos de lo masculino y de lo femenino, y de que él ya era un muchacho desarrollado y de que, me imagino, no se avergüenza de que le cuenten cosas de grandes. Él contestaba con una ambigua sonrisa aprobatoria, al tiempo que sentía como un peso en el pecho. Se preguntó por qué siempre se las tomaban con él, por qué no era infrecuente que lo abordaran para proponerle algo turbio. Se acordó de aquel que se le sentó al lado en la oscuridad del cine y le tocó la rodilla y fue subiendo con la mano hasta el muslo y entonces él se levantó y fue a sentarse adelante en una butaca libre, custodiada por dos que estaban ya ocupadas, y cuando se encendieron las luces no dejó de suponer que lo seguían acechando y por eso caminó con paso indeciso hasta la salida de la sala, y fue en el espacio angosto entre las cortinas descorridas y la puerta, donde confirmó lo que había imaginado, pero ahora lo veía con claridad. Se trataba de un tipo de sobretodo gris, sombrero viejo y ojos emboscados detrás de unos lentes ahumados. Apuró el paso y en la calle echó a correr hasta la boca del subte. En cambio, ahora, este tipo que le estaba hablando, no parecía mirarlo con la insistencia enfermiza de los anteriores y él podía atreverse a observar su perfil rosado, cuidadosamente afeitado, allí, un poco por encima de su cabeza de adolescente. El cuerpo iba casi pegado al suyo, pero sin que se tocaran. Le seguía hablando de órganos sexuales y de la virilidad y de cosas por el estilo y él escuchaba sin defensa, como si lo hubieran arrojado sobre un montón de palabras que ahora lo iban a envolver como para regalo. El tipo le preguntó si tenía tiempo y él le dijo estúpidamente que sí, tragando saliva, sin establecer distancia, precisamente cuando lo que quería era salir disparado. En una vidriera un reloj de péndulo estaba marcando las dos de la tarde. Doblaron por una calle de menos tránsito y, de repente, el hombre le hizo una seña para que entraran juntos a un edificio que parecía consagrado a oficinas - una pizarra en el vestíbulo, exponía nombres de abogados, escribanos, o algo así. Frente a los ascensores había una mesa de información, pero nadie atendía detrás de ella. El tipo le ordenó que aguardara y desapareció por una puerta lateral, tal vez la que conducía a las escaleras. Había que aprovechar la ocasión para huir. Nadie ni nada le impedían avanzar hacia la salida y liberarse de esa atadura interna, difícilmente explicable y fácilmente consentida. El ascensor bajó y emergió de él alguien que seguramente era uno de los tantos empleados que trabajaban allí. Ése, sí, salió a la calle. Él, por el contrario seguía quedándose, aunque sabía que el tipo podía volver en cualquier momento. Y reapareció por la misma puerta lateral. Él, sencillamente, se había rendido. El tipo se cercioró de que no los veían. Le hizo un gesto desde la puerta, curvando reiteradamente el dedo índice. Subieron por una escalera de mármol carcomido, sucio de polvo. En uno de los rellanos, el tipo le indicó, esta vez cruzándose los labios con el índice, que lo esperara en silencio. Entreabrió la puerta, se asomó y, todavía de espaldas, con un nuevo ademán le avisó que lo siguiera. Era un corredor largo, alfombrado, como de hotel. En una puerta que no tenía número ni placa de profesional, el tipo introdujo una llave que sacó del bolsillo del saco, y lo invitó a pasar a un saloncito iluminado por una ventana que daba a un patio interior. Lo hizo sentar sobre un sofá de cuero gris, que parecía hundirse como si no tuviera fondo. "Querés un licor o una cervecita". Era la primera vez que lo tuteaba. Hasta entonces lo había tratado de usted. Él le contestó "no, gracias, no tengo sed". El tipo se sacó el saco, lucía una camisa blanca, impecablemente planchada, y una corbata a rayas negras y grises. Había bien aprendido la importancia que tienen el orden y la pulcritud. Se lo habían inculcado a bofetadas y penitencias. Su padre lo agarraba del pescuezo y lo obligaba a examinarse en la luna del espejo, como si el cuerpo pudiera ser trasunto de los pecados. El padre, vestido con pantalón piyama, el torso desnudo, la cara reluciente, afeitada, los escasos pelos de la cabeza prolijamente cepillados, tenía el porte de una estatua maligna. Atrás, fijando un límite a la escena, la mujer de turno, en batón, fumando sentada en la cama, sin mirarlos, atenta al trazado de las volutas de humo. Con el tiempo, iba a compartir el reflejo del espejo no con el padre, sino con los porteros, los criados y las imaginaciones. Prendió la lámpara del velador y bajó la persiana. Se sentó en una silla, enfrente del muchachito, lo miró con la mirada perdida del que no alcanza su objeto, y se desabrochó la bragueta. Apagó la luz . Sintió un miedo que se exteriorizaba en un temblor de las piernas y una transpiración que le humedecía la cara y las manos. Luego sintió la paz hipnótica. Fue incontable el tiempo de la oscuridad. Su respiración parecía ser lo único que fatigaba el silencio de la salita. No prendió la luz del velador. Se levantó y alzó la persiana. Hubiérase podido dudar de que alguien hubiera estado sentado sobre el sofá. Se vistió. Tomó la llave abandonada sobre la mesa. Cerró con precaución la puerta del apartamento. Apretó el botón para llamar al ascensor. Salió a la calle, dobló en la esquina. Quiso consultar la hora , pero recordó que no llevaba reloj. La vio a través de la vidriera de la tienda, en el cuadrante del reloj de péndulo. Antes de cruzar la avenida se dio cuenta que estaba hablando solo, pero era un murmullo, que posiblemente nadie había escuchado. Lo sobresaltó la sirena de una ambulancia. Apuró el paso en la bajada de la barranca, aunque no fuera necesario,¿ qué lo urgía? Se divisaban las chimeneas y mástiles de los barcos. Se protegió un instante del sol violento de la mañana bajo la sombra de la recova. Al atravesar la plaza casi resbaló al suelo cubierto de semillas de árboles y piedras dispersas. El puente levadizo sobre el dique estaba abierto a los vehículos y a los caminantes. Ahora estaba en la costanera se topó con aquel marinero amigo que vendía clandestinamente los licores. El marinero le había contado un chiste que lo hizo sonreír. Pasaron a su lado los dos adolescentes que se hacen la rabona y vienen a vagar por la costanera. Los vio comprar cigarrillos en el kiosco. Imaginó que bajaban a la playa y que uno se sacaba los zapatos y las medias, se arremangaba los pantalones y se iba a mojar los pies en el agua sucia y helada, mientras que el otro, sentado sobre un portafolio, encendía un cigarrillo y fumándolo, intentaba componer figuras con el humo. © Adam Gai Adam Gai en Revista Axolotl #13 |
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