Escuela de amazonas

 

En Andalucía, cerca de Cádiz, hay una escuela de amazonas en la que pasa sus mañanas la marquesa de Guadalassuar. Desde hace milénios esta escuela entrena mujeres guerreras.

Lo que ha cambiado, a lo largo de tanto tiempo, es su sede. Parece ser que antaño esta academia se encontraba en algún lugar de Grecia; allí las amazonas tenían un matriarcado, un reino prohibido a los hombres. Cuando necesitaban reproducirse raptaban a los varones de los poblados más próximos, y una vez que hubieran cumpido su función los devolvían a sus pueblos. Tras varias noches de sexo salvaje, hasta los muchachos regresaban viejos.

Al llegar el ocaso del mundo griego las guerreras se hicieron a la mar, en busca de otras tierras donde asentarse que estuviera lo más lejos posible del Mediterráneo. Los conquistadores las descubrieron por casualidad, en plenas selvas de América del Sur (de ahí el nombre de Amazonia).

De hecho, el navegante extremeño Francisco de Orellana trajo algunas de ellas a España cuando volvió de su gran viaje por el “infierno verde”. El rey Carlos V se quedó tan sorprendido por estas mujeres, que dispuso que se establecieran en Cádiz: un lugar mirando al Poniente, porque no olvidaran el Nuevo Mundo del que venían.

Y allí su tradición permanece viva, en la famosa escuela donde se enseña a las mujeres a cabalgar y a combatir.

 

 

Fábula antropofágica

 

Había una vez un país muy lejano, más lejos de los Pirineos y de los Alpes, más allá incluso de los montes de pan y de azúcar. Ahí, al lado de un bosque vivía, en una casita chiquitita y aislada, una abuela. La gente del pueblo cercano sabía que aquella era una vieja solitaria; de hecho nadie nunca parecía haberla visto en persona.

El rey Pandulce®, señor de aquellas tierras, un día decidió cobrar los impuestos y quiso encomendar esta tarea a los siete enanitos. Los pequeños hombres pasaron por todas las casas del pueblo, llegaron a la de la abuela, pero nunca salieron de ahí. Esa misma noche los habitantes vieron un hilo de humo salir de la chimenea de su casa.

Al ver que los enanos no regresaban, el soberano se preocupó mucho. Quiso enviar a Caperucita Roja, quien hasta entonces había sido el mejor espía de su reino, para que investigara en el asunto. Acompañaba a la niña un gran lobo negro como guardaespaldas.

Cuando llegaron a la casa, los dos se presentaron como viajeros en busca de un lugar donde pasar la noche. La abuela fue muy amable con ellos y les ofreció una buena cena. Tal vez fue el vino que les confundió los sentidos: el caso es que no se dieron cuenta de que el asado recordaba inquietantemente los brazos, las piernas y las costillas de unos hombrecicos.

Así pues ambos siguieron disfrutando de las viandas, pero tan pronto como se adormecieron apareció Pulgarcito que partió la cabeza al lobo con una porra. Caperucita Roja se quedó pasmada, mientras una sonrisa perversa se dibujó en la cara de la yaya. «¿Qué te has creído, chavala?», le dijo, «¿De verdad pensabas engañarme? Nadie de los que han entrado aquí han salido con vida. Yo los he quemado en mi chimenea o me los he comido enteros. Es por eso que nadie me ha visto jamás». Mientras terminaba de hablar dio un empujón a Caperucita Roja, arrojándola al fuego.

Aquella misma tarde la viejecita y Pulgarcito cenaron lobo asado y se calentaron gracias al cuerpecillo de una niña rubia.

 

 

El Quijote para psicópatas

 

Todo empezó cuando aparecieron destruídos los rotores de un parque eólico: las aspas habían sido derribadas y hechas pedazos con algún objeto metálico. El misterioso individuo dio rienda suelta a su fiera crueldad en una finca privada, convirtiendo la mansedumbre de un rebaño de ovejas en un baño de sangre.

Siguieron desórdenes en varias gasolineras de la región manchega. En una de ellas, el dependiente y algunos clientes observaron los ataques del perturbado contra unos camiones cisternas, que acabaron agujereados y con miles de litros de gasolina perdidos.

Lo último ocurrió en un pub de Barcelona, donde, tras intentar ligar con algunas chicas, el caballero hizo matanza de un grupo de jovenes que había acudido para protegerlas. Los muchachos fueron muertos a lanzazos delante del camarero aterrado, que pudo más tarde llamar a la policía. A los agentes que le detuvieron declaró que había actuado según el código de los caballeros errantes.

Ya lo han cogido. Al fin se han acabado las proezas del sangriento hidalgo cuya epopeya tenía aterrorizada a toda Castilla-La Mancha. Los médicos lo han declarado enfermo mental, por lo que se encuentra actualmente ingresado en el psiquiátrico de Toledo.

 © Jorge Serra